—Desde hace año y medio —respondió con voz baja, áspera—. Japón, Noruega, Corea, Londres... todas completas. Mecatrónica, ingeniería aplicada, automatización. Eran sueños. Pero… no podía irme. Victoria aún lloraba en la cocina a escondidas. Elías gritaba dormido por las noches. Alejandro presionaba con la maldita custodia. Y yo… yo no podía abandonarlos. Me acerqué hasta quedar a su lado, rozando su brazo. Sentía su calor, su tensión. —¿Lo de Alejandro es verdad? ¿Lo golpeaste? Zayn soltó una risa seca, amarga, como una herida que se reabre. —Sí. A los dieciséis. Estaba borracho. Lo escuché gritarle a mamá, insultarla porque su camisa tenía una arruga. Le decía inútil, pendeja. La hacía planchar todo de nuevo. Y luego salía con sus putas de lujo mientras mamá limpiaba la casa con las

