Se mordió el labio. Ese gesto suyo que conozco tan bien que podría dibujarlo a oscuras. —No sé si puedo quedarme —dijo—. Aquí, en esta casa, en esta ciudad, en esta… versión de mí. No sé si puedo con el peso de mi papá mirándome como si hubiera cruzado una línea imperdonable. No sé si puedo con mi mamá preguntándome por qué no brillo más. No sé si puedo con verte todos los días y fingir que respiramos normal. —Podemos ir más lento —ofrecí—. Podemos hablar con quien haya que hablar. Podemos ponernos reglas. Podemos… no sé, salir a caminar a la misma hora y regresar a la misma hora y fingir que solo corremos. Podemos escribirnos cartas y quemarlas después. Podemos inventar un idioma, si quieres. Lo que sea. Menos que te vayas. Me miró como si le hubiera puesto un mapa en las manos, uno

