Sus ojos se suavizaron. —Hecho —susurró. Dejé caer la mano, por fin, sobre la colcha. Ella deslizó los dedos y rozó los míos. Fue un contacto mínimo, eléctrico. Un “estoy” que no necesitó más sílabas. —Tengo otro miedo —dijo, con la mirada fija en nuestras manos—. Que mañana despertemos y todo esto se sienta otra vez enorme. Que tu mamá, mi papá, la escuela, las peleas… y que el peso regrese. —Va a regresar —admití—. El peso siempre regresa. Por eso se llama peso. Pero mañana, si pesa, hacemos café muy cargado y nos sentamos a repartirlo: dos piedras para ti, una para mí; si te toca el examen, te quedas con una y yo agarro dos. Y si algún día nos caemos, pues nos quedamos tirados tantito, viendo el techo, y ya luego nos levantamos. No te prometo que no dolerá. Te prometo que no te de

