Arturo se retiró muy enojado, y sentí un vacío inmenso en mi corazón que me impedía tomar aire para respirar con normalidad. Coloqué la mano en mi pecho e intentando controlar la respiración, un fuerte suspiro me ahogó, y el llanto se apoderó de toda mi razón. Arturo quiere llevarse a las niñas y eso me duele. No me dijo que quiere llevárselas para siempre, pero este podría ser solo el inicio de todo.
Intenté alejar los pensamientos tristes de mi mente, y limpié como pude las lágrimas que mojaban mi camisa. Me limpié un poco la cara y salí de casa. Necesitaba caminar, pensar en otra cosa, despejar mi mente. Caminé algunas cuadras, y fue inevitable no pensar en las muchas veces que había hecho ese mismo recorrido para ir a la universidad, salir de paseo con las niñas y mamá, o para ir a la tienda a comprar algo de comer. Sin darme cuenta, ese breve recorrido por las calles de Stowe, eran mi despedida. Nueva York esperaba por mí en los próximos días.
Caminé un poco más y llegué al parque donde las niñas normalmente juegan, estaba repleto de niños y me sentí mal por no traerlas por última vez. Necesitaba estar sola. En el fondo sabía que debía volver y enfrentar que era el momento de empacar cada recuerdo, y caminé a la librería para preguntar si tenían cajas vacías.
Llegué a la librería y el sonido de la campanita al abrir la puerta me trajo muchos recuerdos. A las niñas les encanta leer, y mamá todos los meses les regalaba un libro de este lugar. El olor de los libros y las estanterías coloridas eran especiales para nosotras.
Me acerqué al mostrador, y saludé al dueño; le pregunté por algunas cajas y me señaló el fondo. Caminé despacio y, mientras sentía que una tibia lágrima recorría mi mejilla, recogí las que pude, y me retiré sin siquiera dar las gracias.
Volví a la casa y mis hermanas estaban jugando en la sala con sus muñecas. Les sonreí y sin decirles nada, dejé las cajas en el piso y corrí a mi habitación. Sentía mucho miedo, estaba aterrada con toda la situación; por alejarme de las niñas, por guardar todo, por ver a mi abuela Martina, por el nuevo empleo. Definitivamente mi vida era muy diferente ahora. Me observé en el espejo, peiné un poco mi cabello n***o, sonreí, aunque no tengo ganas y bajé de nuevo. Necesitaba empezar a recoger todo en ese mismo instante.
Bajé y mis hermanas seguían jugando. Llamé a mi abuela y me sentí aliviada al contar con su ayuda. Claro que sí me daba miedo enfrentarme a ese pasado que creí que no era parte de mí, pero, aunque sabía que podía ser doloroso ver a mi abuela, no tenía otra opción.
―Busqué unas cajas en la librería― Le dije a mi tía que estaba sentada en la cocina.
―¿Estás bien?
―Claro que no…
―Todo saldrá bien… ―se puso de pie y extendió su mano―. Toma… es para tu viaje.
―Tía―Era una bolsita con dinero― Yo…
―Acéptalo, por favor ―dijo sonriendo y dejando que las lágrimas se apoderaran de ella.
―Gracias ―Le respondí con un nudo en mi garganta, la abracé y lloré.
―No lloremos más ¿Sí? ―dijo ella limpiando su rostro―. ¿Por dónde empezamos a recoger? ―Ambas observamos a nuestro alrededor.
Por varias horas estuvimos recogiendo, guardando lo más importante y desechando lo menos. No podía conservar prácticamente nada. Mi tía se iba a llevar lo que pudiera a su casa.
Llegó la noche y había olvidado hacer el equipaje de las niñas. Ellas aún no sabían nada.
―¿Samy? ― me dijo Lucía al observar todas las cajas y el desorden―. ¿Cuándo te vas?
La observé con mis ojos cristalizados, la tomé de la mano y me senté con ella en el piso. Lucí se acercó.
―Mañana viene su papá―Ambas brincaron emocionadas― .Se van a ir con él unos días ¿Quieren?
―¡Sí! ―gritaron ambas emocionadas.
―¿Y tú? ―Me preguntó Luci
―Yo voy al nuevo trabajo y muy pronto vendré por ustedes.
―¿Papá nos dejará tener un perrito? ―Añadió Lucí y sonreí.
Verlas tan felices me daba un poco de paz. No era fácil alejarme de ellas, pero en el fondo debía aceptar que tenían que estar con su papá, yo no figuraba en esa familia. Ellas solo eran mis hermanitas.