5

1032 Words
— Ven — susurré, mi madre me mataría si me viera metiendo un chico desconocido a mi habitación a estas hora de la noche. Corrí escaleras arriba esperando que él me siguiera a la vez que hacía malabares para que no se me cayera ni el celular ni el sándwich que llevaba en las manos. — Pasa — ordené apenas llegamos a mi puerta. — Para ser una adolescente depresiva esta habitación está lo bastante ordenada — era una maniaca del orden por lo que no me preocupaba que mi habitación estuviese desordenada, eso nunca pasaría —. Convertida en un museo diría yo — sí, si que lo estaba y esa era una de las grandes muestras de mi afición por el arte. Mi habitación estaba mayormente llena de cuadros o alguna que otra miniestatuas que reflejaba mi pasión. — ¿Siempre eres así de grosero o es un lujo VIP reservado solo para mí? — Solo para ti nena — ¿Ahora estaba coqueteando conmigo o era impresión mía? ¿Qué carajos le pasaba a este chico? —. ¿Tienes un perro? Me acerqué a él y retiré de sus manos la fotografía de mi difunto perro Tobi. Mi madre me lo habían regalado para mi decimotercer cumpleaños pero lastimosamente había fallecido dos años después. — No — oculté la fotografía y me senté en mi cama. No me gustaba hablar de Tobi, había sido la única mascota que había tenido en toda mi vida a pesar de mi pasión por los perros. — ¿Se puede saber que haces aquí a las diez de la noche ? — intenté ocultar la incomodidad que me causaba ese tema y lo ansiosa que me ponía verlo husmear en mi escritorio. — No se puede saber, pero podría mentirte diciendo que vengo a explicarte el trabajo —¿Está jugando conmigo de nuevo? Claro que estaba jugando conmigo. ¿Hoy en día quién no lo hacía? — ¿Tomaste algun medicamento? Lo más probable es que amanezcas mañana con una gripe insufrible — no sé qué me asombraba más si su preocupación o su interés por mi vida. No respondí y ni tiempo me dio cuando empezó a quitarse la camisa sin reparos. —¿Qué haces chico? — ok mi parte racional me regañaba por dejarlo hacer eso pero mi parte irracional solo podía pensar lo sexy que era su cuerpo. El recuerdo de mi mano tocando su abdomen llegó a mi y sentí el rubor besando mis mejillas. —¿Que sucede? ¿Nunca has visto a un chico sin camisa Shiloh?¿Es demasiado para ti? - no podía levantar la mirada, sentía tanta vergüenza y ni siquiera había echo nada malo, aunque vamos, tenerlo en mi habitación era algo realmente malo. — Que modesto eres. — Siempre. El tema murió ahí y lo siguiente que hizo fue coger un cuaderno mío y sentarse a mi lado en la cama poniéndome más nerviosa de lo que estaba. — No es nada interesante... — comenzó a explicar. Pasamos alrededor de una hora haciendo la jodida tarea y al terminar me sentía más que exahusta. A pesar de las groserias y los desaires Damián me hizo entender con lujos y detalles todo lo que tenía que saber. — Se te da muy bien eso de las matemáticas — mencioné al tirar mi cuerpo hacia la cama, me dolía absolutamente todo y sentía un cansancio mayor a cada segundo. — Y a ti se te da extremadamente horrible — creí ver una sonrisa en sus constantes labios fruncidos pero rápido lo disimuló, fue la primera vez que lo vi relajado. — Se necesitan 42 músculos fáciles para fruncirse y solo 17 para sonreír, podrías hacerlo más seguido — él me miró pero no dijo nada haciendo que me sintiera como una tonta por decir semejante chalada —. ¿Cuál es tu historia? — pregunté sin más, no podía ocultar mi curiosidad, así que era mejor soltarla que tragársela —. Nadie se muda a este aburrido pueblo por placer, a menos que seas un narcotraficante huyendo de la justicia. — ¿Qué te hace pensar que te voy a contestar eso? — Dicen que es mejor comer y perder que nunca haber comido — contesté. — Nadie nunca ha dicho eso — sonreí en respuesta —. Me mudé con mi tía, fue decisión de ella — no dijo nada más y aunque me dejó con millones de preguntas no lo presioné —. Es hora de irme. — Si, si — asentí, lo que menos deseaba era que mi madre me encontrase en esta situación. Caminé con él hasta la puerta y agradecí que no hubo momento de despedida. — Oye — lo llamé cuando ya me daba la espalda —. Gracias, por lo de la moto y por la ayuda con las matemáticas. — él ni siquiera se giró pero pude ver un ligero asentimiento y una sonrisa sincera nació de mi. Cerré la puerta y corrí hacia mí habitación. Tenía un sentimiento dentro de mí raro, muy raro. ??? Eran las dos de la mañana y seguía sin poder dormirme. Había abierto f*******: e i********: más de tres veces y seguía igual. Un mensaje de Amaia me llegó al w******p y me alegró ver una foto de nosotras cuando teníamos siete años disfrazadas. Shiloh: La voy a poner en mi estado. Subí la foto a mi historia y sin esperar su respuesta. Apagué el móvil para tratar de dormir pero otra notificación llegó justo cuando iba a cerrar los ojos. Damián: Piglet. « ¿Qué? ¿Qué es Piglet? — inquirí. Shiloh: ¿Qué? Damián: Piglet, que eres idéntica a Piglet. ¿Quién carajos era Piglet? Volví a mirar la fotografía y entonces me di cuenta de lo que decía y no pude evitar la carcajada que brotó de mi. Estaba disfrazada de un hada o lo que se podía decir. Mi madre había consigo las alas y el traje rosa, pero mi padre había insistido en ponerme un cintillo de orejas completamente rosadas y espantosas. Damián: Ahora te llamaras Piglet. « ¡Ooh mierda! »
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD