«No quiero ganarme el cielo.»
―Jennifer
Hay cosas con las que uno tiene que aprender a convivir por más que no le gusten. Yo, durante mi adolescencia, lo aprendí. La única misión que tenía como adolescente, además de aprobar las materias, era soportar a mis compañeros.
Aunque al principio no me pareció difícil, luego fui dándome cuenta de que el mayor obstáculo eran ellos, mis pares (y no los profesores, quienes yo había supuesto que serían una pesadilla).
―Miren, ahí va nuestra Princesa de Hielo ―oí decir a alguien por encima de los cuchicheos que me rodeaban.
Caminar por el pasillo de la preparatoria y fingir no escuchar a mis compañeros era un desafío en sí mismo, uno que tenía que superar cada mañana. Claro que escuchaba cada uno de sus comentarios, pero yo alzaba el mentón y les dedicaba una sonrisa que, esperaba, se viera altanera.
Si creían que era una perra, yo se los confirmaba una y otra vez. Al menos, seguían molestándome a mí y no buscaban arruinarle la vida a alguien más.
Todo había comenzado cuatro años atrás, cuando después de haber vivido toda la infancia en Belmonte junto a mi padre, este había decidido que nos mudáramos a Castacana donde vivían mis abuelos. En ese entonces, y con apenas trece años, yo había pensado que sería genial hacer más amistades y rodearme de gente nueva. Ingenua como era, no había contado con que mi repentina llegada a la preparatoria, sumado a mi acento de la capital y vaya a saber qué más, haría que todos me mirasen como si yo fuera un bicho raro.
Sí, al principio había sido el bicho raro.
Y de alguna forma, seguía siéndolo.
Pero a los trece años, cuando uno recién está comenzado a formar su identidad, es duro. Lo fue para mí. Había empezado a entender que sin importar a quien me acercara me rehuirían como a la peste. Después de todo, había probado saludar con la mano alzada y una sonrisa afable, pero no había funcionado. Incluso cuando solo los había mirado, ellos se habían susurrado entre sí antes de caminar en dirección contraria a donde yo estaba.
Entonces me había cansado de ser ignorada y, dos años y medio después, había decidido tomar cartas en el asunto.
Aquel día fue cuando todo cambió.
Tras haber planeado cada paso que daría, había entrado a la cafetería sintiéndome segura de mí misma. Con el mismo entusiasmo, había mirado alrededor en busca de rostros familiares, y nada más ver a un par de compañeros en una mesa donde aún quedaba un lugar vacío, había caminado hacia ellos.
―Soy Jennifer, ¿ustedes? ―había repetido en voz baja mientras me acercaba.
Solo debía decir eso. Con suerte, al menos haría un amigo, ¿no?
Deteniéndome junto a su mesa, había dejado mi bandeja con el almuerzo en el lugar vacío, y había aprovechado su atención para mostrarle la sonrisa más grande de mi repertorio.
―Soy...
―¿Qué haces ahí? ―me había interrumpido una chillona pero prepotente voz femenina desde atrás―. Quita tus cosas de mi lugar.
Recuerdo que luego de haber mirado hacia mi costado, donde estaba la dueña de la voz, había tratado de mantener mi sonrisa mientras me disculpaba.
―Lo siento, no sabía que...
―Vete de una vez. No perteneces aquí ―me había cortado sin más.
Mis manos, entonces, habían comenzado a temblar a la vez que un nudo se formaba en mi garganta. Darme prisa en quitar mis cosas de allí había sido mi única meta. Lamentablemente, mientras más prisa nos damos peor hacemos las cosas. Y la prueba de ello la tuve justo enfrente.
En mi desesperación por huir, siendo cautiva de un estúpido temblor, había hecho que el puré y la bebida de mi bandeja se volcaran. ¿Dónde? Justo encima de la chica, de su hermosa ropa, y en parte de su rubio cabello.
―¡¿Qué hiciste?! ¡Lo has hecho adrede! ¡Eres una perra! ―había chillado.
―Y-yo...
No lo había hecho adrede, quería jurárselo.
Todavía con mi cuerpo tembloroso, había intentado juntar los restos de mi comida.
―Apártate de una vez, ¿quieres? Ya has hecho suficiente ―me había pedido ella.
Yo, incapaz de dejar las cosas de esa manera, había continuado limpiando el desastre.
―¡Ya basta! Detente de una vez.
―Solo quiero... ―había empezado a justificarme, sintiendo mis ojos llorosos.
―Sé lo que haces, no intentes hacerte la mosquita muerta. ―¿Qué? Retroceder un paso había sido inevitable ante sus palabras―. He visto cómo nos miras. Deseas lo que tengo, pero ¿sabes qué? No lo tendrás. Puede que vengas de la capital del país, pero no eres mejor que nosotros. Que te quede claro que aquí no eres nadie.
La humillación que sentí había sido tanta que mi boca ni se había abierto para poder responder. Solo había atinado a mirarlas. A ella y a su fiel amiga, que me miraba recelosa.
―¡Ya vete! ―había gritado esta última.
―¿O además de arruinar mi ropa también me quitarás a mi novio? ―había urgido la chica a la que sin querer había embadurnado con puré.
Sintiendo mi estómago apretado, había decidido mirar hacia su costado; un chico alto y rubio, de ojos claros, y con una sonrisa muy bonita se había quedado mirándome. Él, al darse cuenta de que tenía mi atención, había sonreído más grande.
―¡Aaron! ―le había reprochado inmediatamente la chica―. ¡Eres mi novio!
Creyendo que el chico se disculparía con ella por lo que sea que le hubiera molestado, yo había pasado la vista a mis pies; me había sorprendido que él se pusiera de pie y tomara la bandeja de mis manos.
―Terminamos, Kate ―le había dicho a la chica, dándole la espalda al instante.
―¡Aaron!
El grito agudo de la chica había quedado haciendo eco en la cafetería.
―Ven, vamos a buscar otra mesa ―me había invitado él, sacándome de allí.
No obstante, a mitad de camino hacia la mesa donde suponía que nos sentaríamos, él se había detenido. Entonces, sonriéndome más grande que antes, aunque ahora con una pizca de algo que no supe advertir en sus ojos, se había acercado a mí. Y sin ninguna advertencia, se había inclinado y dado un beso en los labios.
Aaron me había dado mi primer beso frente a un montón de personas desconocidas.
―Gracias por darme una excusa para terminar con Kate ―había susurrado al apartarse―. Al menos las perras como tú sirven para algo.
Y dejándome sola en medio de la cafetería, se había ido.
Supongo que ese día fue cuando, sin esforzarme, quedé catalogada como la perra de la preparatoria. Después de todo, y probablemente a los ojos de cualquiera que hubiese visto ambas escenas desde lejos, yo lo había sido.
¿Se han preguntado alguna vez qué es lo más embarazoso que les ha pasado?
Cuando tienes una vida feliz, cuando aprendes a reírte de ti mismo, cuando no te importa la opinión de los demás, es difícil responder a la pregunta. No obstante, a pesar de sentirme feliz con mi vida, de haber aprendido a reírme de mí misma y mis torpezas, y sobre todo haber superado que la gente me criticase, se me hizo fácil responderla dos semanas después de haber hecho llorar al sensible y tonto Josh.
Lo más vergonzoso que me ha pasado en la vida es haber sido proclamada la Reina de la Insensibilidad.
¿Cómo pude yo, Jennifer Amarilis Whitney, pasar de «perra» a «súper perra»? Muy fácil, créanme. Solo tuve que quitarle los libros a mi compañero nerd y decirle sabelotodo frente a toda la clase.
Lo peor, sin embargo, no era ser llamada Princesa de Hielo, Villana Antisocial o Señorita Sin Corazón. Podía soportarlo, incluso me dolía menos que ser llamada perra. Lo que me incomodaba era el sentimiento de culpa que me carcomía todos los días al llegar al salón y ver a Josh en su escritorio, cabizbajo, e incapaz de alzar la mirada al pizarrón siquiera. ¿O era que siempre había sido así y yo no lo había advertido?
Me molestaba que, a pesar de haber sido semanas atrás aquel hecho, mis compañeros siguieran recordándomelo a cada minuto con acusaciones en voz alta, susurros malignos o anotaciones en el pizarrón donde se leía con frecuencia alguno de mis nuevos apodos.
¿Es que acaso nadie se olvidaría de que le había dicho sabelotodo a Josh y él se había largado a llorar? En serio, no podía creérmelo.
De todos los rumores que se habían creado en torno a mí, cada uno había desaparecido a los días; ninguno había perdurado tanto como este último. Y aunque no era un rumor, no era tan grave ni comprometedor. Es decir, si escuchas a alguien decir que se acostó con un guitarrista de la banda más conocida de Castacana, y escuchas a otra persona decir que hizo llorar a un nerd, ¿qué es más llamativo? Lo primero, seguro.
¡¿Entonces por qué todo el mundo seguía acordándose de las malditas lágrimas de Joshua Feehan?!
Posiblemente era lo más incoherente con lo que había lidiado.
Muy incoherente.
Demasiado para mi gusto, pensé.
―Ve y pídele disculpas al maldito chico, deja de torturarte.
Eso es lo que me diría una amiga. Si tuviera una amiga, claro. Pero como yo era la chica más odiada de la preparatoria, ni siquiera tenía clones que repitiesen mis palabras. En ese caso, creo que muchos podrían clasificarme como fracasada social. Porque ¡vamos!, mi gato Cleo no contaba como amigo y... ¿quién no tiene siquiera un amigo? Estaba segura que hasta Josh, con sus vulgares anteojos y su hablar sabedor, tenía al menos uno.
―Pídele perdón, ¿quieres? ―me dije a mí misma.
Estábamos en receso y, aunque muchos inventarían que había ido al baño para hacer algo inapropiado, quizá para vomitar mi desayuno (porque sí, también me acusaban de bulímica), yo estaba quejándome de mí misma, mirando mi expresión fastidiada reflejada a través de un sucio espejo.
Respiré profundamente y lamí mis labios indecisa. Tenía que hacer algo, pero no sabía qué. ¿Hablar con Josh? ¿Dejarle una nota en su casillero pidiéndole disculpas? ¿Buscarlo en la biblioteca y explicarle que no fui yo quien robó sus libros semanas atrás? Pensándolo bien, no tenía por qué sentirme culpable. ¿Entonces por qué mi estómago seguía revolviéndose cada vez que pensaba en él?
―Está bien, lo buscaré y... le diré que... ¿qué le diré? ―mascullé frustrada.
Bufé y salí del tocador.
Fue cuando di la vuelta al final del corredor que sucedió la típica escena cliché de toda película norteamericana. Específicamente, la escena invertida: me atropellé con alguien y adivinen con quién.
¡Diablos, sí! Con Joshua Feehan y su enorme pila de libros.
Su sobresalto fue tal que libros y hojas salieron disparadas en el aire, hacia arriba, hacia abajo y también hacia los costados. Quiso maniobrar para recuperar todo antes de que llegasen al piso. Créanme, falló torpemente.
Consciente de la muchedumbre alrededor, riéndose y apuntándonos con el dedo índice, me acuclillé a su lado para ayudarlo a recoger todo. ¿Podía esa acción quitarme el rótulo de insensible? Rogué porque así fuera.
Con la mirada baja, Josh terminó de rejuntar las hojas en el suelo y se puso de pie ignorándome por completo.
―Es tuyo ―musité cuando estaba dándose la vuelta y casi corriendo en dirección opuesta a mí―. ¡Josh! ―exclamé siguiéndole el paso, haciendo que la gente cayera en un silencio denso.
Siempre había pensado que la gente exageraba al decir que una persona puede enrojecer hasta parecer un tomate, pero sin duda, era cierto. Cuando se giró para mirarme, en el rostro de Josh no cabía otro color que no fuese el rojo.
―Aquí tienes ―murmuré extendiendo las hojas que tenía en mano, esperando que al menos se dignase a recibirlas y no me menospreciara.
―No te ganarás el cielo con esta acción ―masculló en voz baja.
Por un momento creí que había imaginado su tono molesto, casi destructor, pero no lo había imaginado; era su boca la que se movía al hablar y era su voz la que se teñía de enfado a medida que pasaban los segundos.
―No quiero ganarme el cielo ―contesté; entonces me giré en mi lugar sabiendo que era el centro de atención del resto de los estudiantes y lo dejé atrás.
Y a medida que caminaba, me repetí varias veces que quizá ser una perra era lo mejor.
―¿Para qué querer el cielo si ya tengo el infierno a mi disposición? ―susurré intentando convencerme a mí misma.
Al fin y al cabo, dudaba que alguna vez las cosas fueran a salirme bien.