Capítulo 4

1254 Words
«Díganme raro, imbécil y cursi.» ―Josh ¿En serio no se quería ganar el cielo? Claro que sí lo quería. Ella no me había ayudado porque era buena, porque yo le interesase o porque se había sentido presionada. Lo había hecho porque quería recuperar su status. O lo que sea que tuviera antes de haberme llamado sabelotodo. ¿Ser perra era mejor que ser súper perra? Sinceramente, no lo entendía. Durante dos semanas había oído cómo todos se burlaban de ella, criticándola, usándola como centro de sus bromas y chistes con doble sentido. En clases ya no interesaba el nerd que lloró; ahora solo les importaba arruinarle la vida a la chica que hizo que este llorara. Raramente alguien mencionaba algo acerca de mí. Y cuando lo hacían, yo simplemente me hundía entre las páginas de mis libros, me colocaba mis auriculares con música celta sonando suavemente, y simulaba vivir en otra dimensión. Díganme raro, pero eso me evitaba dolor. Dolor mío, claro, porque seguía sintiendo pena por Jennifer. Díganme imbécil también, pero aunque lo quisiera negar, ella seguía gustándome. ¡Maldita sea! Ignorarla durante clases y pretender no verla todas las mañanas cuando entraba al salón me estaba matando. Me sorprendía que la mayoría de mis compañeros pensara que yo estudiaba en clases, cuando en realidad lo único que hacía era pensar en ella. Díganme cursi si quieren, incluso, no lo negaré. ―¿Necesitas ayuda? ―oí que preguntó alguien a mi lado. Volteé para saber de quién era esa voz sumamente aguda y aniñada, y me encontré con una chica pelirroja, más baja que yo por bastantes centímetros y con una sonrisa extremadamente tirante―. Soy Bella. ¿Tú eres...? ―dudó sosteniendo un par de libros por mí y recogiendo una hoja que se había soltado de mis manos. Aturdido por su interrupción, y seguida presentación, boqueé un par de veces. Mientras, la gente alrededor comenzó a disiparse, probablemente dándose cuenta de que el espectáculo de Jennifer había concluido con su huida. Inseguro, volví a contemplar a Bella. ―Josh ―musité retrocediendo un paso. Definitivamente, las presentaciones no eran lo mío. ―Junior ―titubeó en un simplificado modo de presentarse―. ¿Senior? ―me preguntó. Su voz sonó tan frágil e insegura esta vez que, supuse, ella acababa de darse cuenta con qué tipo de persona estaba tratando. Aunque se viese mucho más pequeña que yo, y su voz enfatizara ese detalle, no parecía en absoluto una chica que pudiera llegar a juntarse conmigo. ―Sí ―apenas dije. Entonces, como si finalmente algo en el universo se hubiera movido para poner las cosas a mi favor, el timbre de la finalización del receso sonó. Ella sonrió tímidamente antes de ladear la cabeza. ―De acuerdo, aquí tienes tus cosas. Camina con cuidado por los corredores, siempre hay gente apresurada que no nos ve ―se señaló a sí misma con vergüenza―, la gente suele pensar que me puede atravesar como si fuese un fantasma ―cuchicheó entre risas, y sacudiendo la mano hacia mí, se fue rápidamente. Por un instante, me quedé mirando cómo se alejaba, mezclándose con el resto del alumnado. Jamás la había visto en los corredores, pero parecía conocerlos mejor que yo por cómo se movía por estos. Bella tenía un aspecto fresco, como si en vez de haber estado dentro de la escuela por tres horas continuas hubiera estado disfrutando de unas vacaciones en las playas de Belmonte. Fruncí el ceño ante mis pensamientos y luego recordé el acento arrastrado en el hablar de Bella. Quizá no fuera de Belmonte, pero de otro Estado seguramente era. Sin duda, no es de Castacana, pensé. Y sí, esa era la única razón por la cual alguien hablaría conmigo, porque no tenía a nadie más con quien relacionarse en este agobiante lugar. ―¿Feehan? ―escuché que llamaron a mi apellido. Alcé la vista de mi cuaderno de matemáticas y supe que el señor Mendler esperaba algún tipo de respuesta de mí. Me atraganté. ¿Desde cuándo yo no prestaba atención a las clases? Sentí mi rostro cobrar temperatura. ―Es conocimiento básico de primaria. ¿No lo sabe? ―prosiguió él curvando una ceja con disgusto. Estaba por sacudir mi cabeza, aunque supiera que con eso mi calificación se vería afectada, cuando algo voló hasta mi escritorio. Un pequeño papel, con muchos dobleces, quedó al alcance de mis temblorosas manos. Lo desdoblé, intentando ser disimulado, y lo que leí me dejó aturdido. ―Base por altura dividido dos ―dije, leyendo la letra redondeada y en color azul que abarcaba la mitad del papel. ¿Acaso era una broma? Eso, por poco, no lo había aprendido en kínder. ¿Y a prestar atención no lo aprendiste en kínder, Josh? ―Exactamente ―confirmó el señor Mendler, asintiendo con entusiasmo y satisfacción, probablemente pensando que yo no había estado desconcentrado después de todo―. Como les decía, son estos conocimientos adquiridos a lo largo de la escuela primaria los que... ―continuó, pero perdí el hilo de su monólogo al girar mi cabeza hacia los lados. ¿Quién me había tirado el papelito? Aparté mis ojos de Jennifer en cuanto la vi. Había sido ella. Estuve seguro. Pero otra vez, ¿por qué lo había hecho? Si no quería ganarse el cielo... ―¿Qué quieres? ―le pregunté cuando sonó el timbre para ir a la cafetería. Todos habían comenzado a salir del salón y yo sabía por propio conocimiento que ella era la última en salir. Así que la detuve junto a la puerta, justo donde tantas otras veces yo había bajado la mirada para que nuestros ojos no se encontrasen, y el mismo lugar donde por mucho tiempo nuestros cuerpos se habían rozado al entrar o salir. Mi mirada, esta vez incapaz de rehuirle, viajó desde su cabello revuelto hacia sus menudos hombros. ¡No la mires a los ojos!, me dije repetidamente. ―Un simple «gracias» me es suficiente ―susurró volviéndose hacia mí y sonriendo con regodeo. ¿Eso era lo que ella quería? ¿Seguir humillándome? Al parecer, yo me había equivocado al pensar que quería ganarse el cielo. Quizá lo que deseaba era entrar al infierno. ―Gracias ―mascullé entonces, odiando que ella estuviera poniéndose a la altura de todos los rumores que corrían sobre su persona. Más allá de haber sido despreciado y también ayudado por ella, había algo que seguía intacto en mí porque, de muchas formas, mis padres me lo habían inculcado desde niño: el respeto y la gratitud. Excepto que esta vez agradecer se sintió como una derrota. ―De nada ―se jactó ella, y jugando con su mirada arrogante, me dejó solo en el salón. Y esa era la versión de Jennifer que había visto todos los días desde aquella vez, en la cafetería, cuando intentó arrimarse a Kate y su pandilla de amigos odiosos. Mientras veía cómo se iba, dejándome bajo el umbral con un nudo en la garganta por no poder responder, recordé la escena en la que Jennifer había sido protagonista cuatro años atrás. Aquel día Aaron la había besado y yo, como imbécil, no había hecho nada al verla huir con sus ojos llenos de lágrimas, sabiendo que había sido humillada solo por intentar hacer amigos en el lugar incorrecto. Después de aquel día, Jennifer cambió. Me di cuenta de que no volvió a acercarse a nadie más, ni intentó entablar conversación con alguien, ni siquiera durante los almuerzos cuando se iba al patio, se sentaba en algún banco o en el suelo si era primavera o verano, y sacaba su lonchera con la comida que probablemente alguien en su casa le había preparado y que yo jamás sabría qué era exactamente. Porque yo la miraba desde lo lejos y… no, no tenía binoculares. Actualmente, tampoco los tenía, ni me quedaba mirándola por minutos como el acosador que yo era a los trece años, pero puedo decir que seguía detestando la distancia que había entre ambos. Pero, como fuera, tendría que vivir con eso. Jennifer solo sabía actuar como perra y acababa de demostrármelo.
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