POV AURORA
Me siento agotada, frustrada. No he podido memorizar nada de lo que quieren enseñarme. Siento que la hechicería no es lo mío, que no nací para esto. Aunque mi madre sea una poderosa hechicera, yo desearía ser una chica ordinaria, llevar una vida normal, lejos de los peligros y responsabilidades que parecen caer sobre mí sin cesar.
—Basta, Ester. No quiero continuar más con esto. Por más que te esfuerces, no puedo. No quiero seguir con esto —digo, dejando caer el libro de hechizos sobre la mesa, como si con ese gesto pudiera liberarme del peso que siento en el pecho.
Ester me mira con una mezcla de preocupación y firmeza. Sus ojos, que suelen ser cálidos, ahora reflejan una cierta dureza que no había visto antes.
—No digas eso, Aurora. Debes aprender para protegerte del peligro. Cada vez estás más sola, tus padres adoptivos ya se han ido lejos. Lo hicieron para despistar a quienes te buscan. No puedes tirar su sacrificio a la basura —me responde Ester, con un tono que deja entrever su frustración conmigo.
Sus palabras me golpean, y sé que tiene razón. Pero hay algo en todo esto que me asusta, algo que no puedo explicar. No es solo el miedo a lo que podría pasarme, sino el temor a convertirme en alguien que no quiero ser.
—No lo entienden. Me estoy esforzando, pero todos esos hechizos me parecen oscuros, malos. Yo no quiero ser como Morgana.
El nombre de mi madre biológica sale de mis labios con un sabor amargo, como si pronunciarlo fuera una ofensa. Siento un nudo en el estómago cada vez que pienso en ella, en lo que significa ser su hija.
—Nadie quiere que seas como ella, Aurora. Pero justamente por ella debes aprender a protegerte. Morgana es tu principal enemiga —Ester da un paso hacia mí, su voz se suaviza ligeramente, pero la urgencia sigue presente—. Tu madre es peligrosa, y lo sabes. Su poder es inmenso, y si no aprendes a defenderte, ella te encontrará. No podemos permitir que eso suceda.
Me abrazo a mí misma, tratando de encontrar consuelo en mis propios brazos. Me siento atrapada entre dos mundos: el de la magia, que parece absorberme en su oscuridad, y el de los mortales, que anhelo con desesperación. Quiero ser como las chicas normales que viven sin saber que hay fuerzas ocultas que pueden destruir todo lo que aman.
—Eso lo tengo claro, pero... ¿y si no soy como ella? ¿Y si soy más como mi padre? Si él fue un ángel, era bueno. Yo no quiero ser hechicera. Ya no quiero —digo en medio de lágrimas, la frustración desbordándose de mí.
Las palabras se deshacen en el aire, llenas de un anhelo que ni siquiera puedo expresar completamente. No quiero este destino. No quiero esta vida de sombras y secretos. Solo quiero ser como mi padre, vivir en la luz, lejos de la oscuridad que parece envolver todo lo relacionado con Morgana.
Ester suspira y su expresión se suaviza, pero no pierde la firmeza.
—Aurora, no se trata de ser como Morgana o como tu padre. Se trata de ser tú misma, pero sin ignorar lo que eres. Tienes un poder dentro de ti que puede ser usado para el bien, pero necesitas aprender a controlarlo.
Me aparto de ella, incapaz de soportar más la conversación. Voy a mi habitación, cerrando la puerta tras de mí con un golpe suave, pero decidido. Veo y escucho sonar el teléfono que me regaló Giulia, lo tomo en mis manos y contesto, esperando distraerme un poco de la tormenta que se arremolina en mi interior.
Giulia suena preocupada. Me pide que nos veamos, que es muy urgente. Acepto sin dudar, deseando salir de la casa y del peso de todo lo que me rodea.
—En media hora estaré en tu casa —le digo rápidamente, para que no insista en venir a buscarme o en averiguar dónde vivo. No quiero que se involucre más de lo necesario.
Cuelgo y me miro en el espejo, tratando de encontrar a la chica que solía ser antes de que todo esto comenzara. Pero esa chica parece haberse desvanecido, dejando en su lugar a alguien que apenas reconozco. Respiro hondo, me limpio las lágrimas y me preparo para enfrentar a Giulia, aunque por dentro me sienta como si estuviera hecha pedazos.
El camino a la casa de Giulia parece más largo de lo habitual. A medida que avanzo, no puedo evitar pensar en lo que podría estar ocurriendo. ¿Por qué Giulia estaba tan urgida? Su tono de voz me deja intranquila, como si hubiera descubierto algo importante, algo que no podía esperar. La preocupación me invade. Giulia es una persona directa, pero esta vez parecía más apurada de lo normal.
Las preguntas no dejan de rondar mi mente mientras camino por las calles empedradas del pueblo. La brisa fresca de la tarde acaricia mi rostro, pero no logra calmar la tormenta de pensamientos que me asaltan. ¿Habrá descubierto algo sobre mi origen? ¿Sabe algo más de lo que me ha dicho? Aunque intento alejar esas ideas, no puedo evitar que se cuelen en mi cabeza, alimentando la ansiedad que ya siento.
Finalmente, llego a la casa de Giulia. Ella me espera en la puerta, su expresión es seria, pero al verme, su rostro se ilumina con una sonrisa que intenta disipar la tensión.
—Aurora, qué bueno que llegaste —dice, con un tono más relajado, aunque noto una ligera preocupación en sus ojos—. Quiero mostrarte algo, pasa.
La sigo hacia su habitación, donde ha dispuesto varias prendas sobre la cama.
—Quiero regalarte esta ropa. Creo que te quedará perfecta, pero me gustaría que te la midieras primero —dice, con un tono que intenta ser casual, pero algo en su voz me dice que hay más de lo que parece.
Me sorprende el gesto, pero acepto. Comienzo a probarme la ropa, una prenda tras otra. Giulia me observa con atención, y aunque trato de concentrarme en los vestidos y blusas que me ofrece, no puedo evitar sentir que su interés está en algo más.
Finalmente, me doy cuenta de que su mirada se fija en mi espalda cada vez que me cambio. Entonces recuerdo el tatuaje... o más bien, el lunar. Giulia parece estar buscando algo, pero no dice nada, se mantiene en silencio, como si estuviera debatiéndose internamente.
—Giulia, ¿pasa algo? —pregunto, tratando de sonar despreocupada, pero mi voz tiembla ligeramente.
—No, nada —responde rápidamente, aunque su mirada traiciona la duda que siente—. Es solo que... te queda muy bien todo, Aurora.
Asiento, aunque sé que no me ha dicho todo. ¿Será que sospecha algo? ¿Qué sabrá realmente? Termino de vestirme y me acerco a ella.
—Gracias por la ropa, Giulia. De verdad, me encanta —le digo, intentando aliviar la tensión en el ambiente.
—De nada, Aurora. Te queda hermosa —dice, finalmente con una sonrisa más genuina.
Pero ambos sabemos que hay algo más. Algo que Giulia ha preferido callar, al menos por ahora.
Giulia me observa por un momento más, su mirada se vuelve seria, como si estuviera debatiéndose internamente sobre algo importante. Finalmente, se arma de valor y rompe el silencio.
—Aurora… —comienza a decir, su tono es suave, casi como si estuviera pisando terreno desconocido—. Ese tatuaje que tienes en la espalda… ¿Dónde te lo hiciste? ¿Qué significa?
La pregunta me toma por sorpresa, aunque en el fondo sabía que eventualmente surgiría. Giulia ha sido una amiga muy cercana, alguien con quien he compartido risas y confidencias, pero también sé que ella tiene una curiosidad insaciable. Y ahora, esa curiosidad parece estar enfocada en mí.
Me siento incómoda, insegura de cómo responder. No quiero mentirle, pero tampoco puedo decirle la verdad. No aún. Bajo la mirada, evitando el escrutinio en sus ojos.
—Es solo un tatuaje, Giulia. No significa nada especial —miento, aunque mi voz suena apagada incluso para mí.
Giulia no parece convencida, pero tampoco insiste. Puedo ver la lucha interna en su expresión, como si estuviera decidiendo entre seguir presionando o dejarlo pasar. Sé que, en el fondo, ella realmente quiere ser mi amiga, que su preocupación es genuina. Pero también sé que la verdad podría cambiar todo entre nosotras.
—Bueno, ya sabes que puedes confiar en mí para lo que sea —dice finalmente, con un suspiro, como si hubiera decidido que presionar no era el camino correcto.
—Lo sé, Giulia. Y te agradezco mucho por todo. De verdad —respondo, tratando de sonar sincera, aunque siento que la distancia entre nosotras ha crecido un poco más con este intercambio.
Me despido rápidamente, sin darle oportunidad de preguntar más. Salgo de su casa con una sensación de alivio mezclada con culpa. No quiero mentirle, pero la verdad es un peso que no estoy lista para compartir. Mientras camino de regreso, no puedo dejar de pensar en lo que esto significa para nuestra amistad. ¿Podrá Giulia aceptar la verdad cuando la descubra? ¿O acabará alejándola de mí, como a tantos otros?
El camino de vuelta a casa se siente más largo, con cada paso, la tensión que había tratado de dejar atrás vuelve a atraparme. No puedo evitar pensar en lo que podría suceder si Giulia descubre más de lo que debería. Su amistad significa mucho para mí, pero el miedo a perderla, o peor aún, a exponerla a los peligros que me rodean, es algo que no puedo ignorar.
Al llegar a mi casa, cierro la puerta detrás de mí y me dejo caer en una silla. El silencio de la casa me envuelve, dándome un respiro, pero también dejándome sola con mis pensamientos. Estoy atrapada entre dos mundos, entre la verdad y la mentira, y no sé cuánto tiempo más podré mantener este equilibrio.