Camila Pasaron los primeros días como si todo fuera un limbo silencioso, donde el ruido de la ciudad era el único testigo de mi inercia. No salía mucho. Apenas caminaba por el barrio, siempre al lado de Max, siempre con una capucha puesta, como si ocultarme del mundo fuera suficiente para evitar que los recuerdos me encontraran. Cada rincón de este nuevo apartamento parecía hablarme. El sillón junto a la ventana, donde me sentaba a ver llover. La cocina, donde Max me preparaba café aunque yo apenas lo probara. La cama, donde a veces despertaba jadeando, soñando con una mano que no era la suya. Una mano que jamás debería extrañar. —¿Vas a quedarte así todo el día? —preguntó Max una tarde, dejándose caer junto a mí en el sofá. Tenía una bolsa de papas en la mano y el ceño fruncido—. Ya ni

