Capítulo cuatro - Una reunión inoportuna

1202 Words
Estoy sentada en uno de los sillones frente a la enorme ventana de la oficina de Ethan, observando cómo la ciudad se extiende hasta el horizonte. No puedo negar que la vista es impresionante. Además, todo el lugar es tan impecable y ordenado, como si cada cosa tuviera su propósito. Yo, por otro lado, apenas sé cuál es el mío aquí. La puerta de la oficina se abre de golpe, interrumpiendo mis pensamientos. Una mujer entra apresurada, con tacones que resuenan contra el suelo de mármol. Su porte elegante y la carpeta de documentos que lleva bajo el brazo me hacen pensar que no está acostumbrada a que le digan que no. Apenas me mira antes de dirigirse directamente a Ethan, que está revisando algo en su escritorio. —Señor Crawford, necesito que firme estos documentos antes de la reunión con el consejo. —Su voz es firme, pero dulce, como si estuviera acostumbrada a modularla para impresionar. Ethan levanta la vista un momento y asiente sin decir nada. Toma los papeles y comienza a revisarlos, con una concentración absoluta que parece crear un campo magnético alrededor de él. La mujer permanece de pie, con las manos entrelazadas y una sonrisa fija, esperando pacientemente. Por un momento, me siento como una espectadora en su mundo. Ethan parece moverse en su elemento, una mezcla de autoridad tranquila y eficacia calculada. Aprovecho para estudiar a la mujer, preguntándome si está aquí solo por trabajo o si hay algo más detrás de su mirada. Parece un poco demasiado... interesada en él. Cuando finalmente se da cuenta de mi presencia, frunce levemente el ceño, como si acabara de notar algo fuera de lugar. Me mira de arriba abajo y, aunque intenta disimularlo, puedo sentir su juicio. —¿Quién es ella? —pregunta con una sonrisa forzada, dirigiéndose a Ethan. Él ni siquiera levanta la vista mientras responde: —Sofía estará trabajando conmigo durante las tardes. La mujer parpadea, visiblemente sorprendida. Por un segundo parece que va a decir algo más, pero se detiene y fuerza una sonrisa. —Entiendo... —murmura, aunque claramente no entiende nada. Yo no puedo evitar devolverle la mirada con un toque de desafío. Si algo he aprendido en mi vida es que no tengo que justificar mi existencia para nadie, especialmente en un lugar donde ni siquiera quiero estar. Cuando la mujer finalmente se va, dejando los papeles sobre el escritorio, Ethan me lanza una mirada rápida. —¿Ya estás causando problemas? Me encojo de hombros con un aire despreocupado. —No hice nada, supongo que a algunas personas no les gusta que alguien nuevo interrumpa su rutina. Ethan suspira con leve exasperación. —Este lugar no tiene espacio para distracciones, incluyéndote. Pero, por ahora, tú estás aquí, así que trata de no complicar las cosas. La frialdad en su tono me molesta más de lo que quiero admitir, pero me quedo callada un momento. Antes de que pueda responder algo sarcástico, Ethan mira el reloj en su escritorio y se levanta. —Ven conmigo, tenemos una reunión. —Creí que yo me quedaría aquí— digo al ponerme de pie y arreglar mi falda de tablones que me llega a mitad del muslo. —No pienso arriesgar mi oficina dejándote aquí sin supervisión— responde, lo miro con la boca abierta mientras él me ignora al tomar sus cosas de su escritorio. Lo sigo en silencio hasta una sala de juntas impecable, iluminada por enormes ventanales que dejan entrar la luz de la tarde. Los asistentes ya están ahí, organizando papeles y conversando en voz baja. Ethan camina directo a la cabecera de la mesa con esa confianza que parece parte de su ADN. —Siéntate aquí —me dice, señalando la silla a su derecha, mientras los demás observan con curiosidad nuestra interacción. Me entrega una tableta con un post-it que dice: toma nota de todo, luego harás un resumen de la junta. La reunión comienza con Ethan liderando la conversación. Su tono es firme, seguro, y en poco tiempo todos están atentos a cada palabra que dice. Habla con una autoridad tan natural que me cuesta no admirarlo, aunque nunca lo admitiría en voz alta. De reojo, noto que algunos asistentes me miran. No es algo descarado, pero suficiente para ponerme incómoda. Algunas miradas son curiosas, otras cargadas de una ligera sonrisa, como si se divirtieran con mi presencia. Uno de ellos, un hombre alto y elegante, incluso se inclina hacia mí cuando la reunión termina. —Es un placer verte aquí. Si necesitas algo, no dudes en pedírmelo —dice con una sonrisa que parece más de coqueteo que de cortesía. Ethan, que está a unos pasos de distancia, lo observa de reojo. Su mandíbula se tensa, pero no dice nada. Cuando todos se han ido, él se acerca a mí con el ceño fruncido. —Escucha, Sofía, no quiero verte hablando con nadie de esta oficina —dice, su voz baja pero firme. Lo miro, sorprendida por su comentario. —¿Qué? ¿Por qué? —Porque no es necesario. Estás aquí para aprender y para trabajar, no para hacer conexiones —responde con frialdad, dando por cerrada la conversación. Mientras salimos de la sala de juntas, el ambiente entre nosotros se siente pesado. Ethan camina un paso adelante, su figura impecable y controlada contrastando con mi torbellino interno. Aunque no lo diga, parece más tenso de lo habitual. Entramos a su oficina, y lo primero que hace Ethan es cerrar la puerta detrás de mí con un movimiento rápido, casi brusco. Sin decir una palabra, camina hacia su escritorio, dejando sus cosas en orden perfecto antes de sentarse y concentrarse en los papeles que tiene enfrente. Me quedo de pie, esperando que diga algo. Pero el único sonido en la habitación es el leve rasgueo de su pluma sobre el papel y el murmullo distante del tráfico de Nueva York. El silencio es tan opresivo que siento la necesidad de llenarlo. —¿Siempre es así contigo todo? —pregunto finalmente, incapaz de contenerme más. Ethan levanta la vista, su mirada fría pero calculadora. Es imposible descifrar lo que está pensando. —¿A qué te refieres? —responde con un tono que no muestra ni irritación ni curiosidad, solo neutralidad. —Dices algo y esperas que todos te obedezcan sin cuestionar —respondo, cruzándome de brazos en un intento de mostrar firmeza, aunque me siento pequeña bajo su mirada. —Te acostumbrarás pronto a eso —dice con un tono bajo, casi susurrante. Su atención regresa a los documentos frente a él, como si la conversación nunca hubiera sucedido. La habitación queda en silencio nuevamente, pero el peso de sus palabras permanece. Hay algo en Ethan que no puedo descifrar, algo que le impide abrirse por completo pero que, al mismo tiempo, parece empujarme más cerca de su esfera de control. Cuando finalmente salimos de la oficina, mi mente sigue revolviendo sus palabras. ¿Qué quiso decir? ¿Cómo puede ser tan hermético y, al mismo tiempo, tan intrigante? Sé que Ethan guarda secretos detrás de su fachada impecable, pero también sé que, si quiero descubrirlos, tendré que esperar el momento adecuado.
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