03. Entre banqueros y bestias

2228 Words
TIEMPO ACTUAL: LUEGO DEL ENCUENTRO DE DRAGO Y LIZZY CRAWFORD La figura de Drago permaneció inmóvil en la acera empedrada y resbaladiza por la lluvia, con sus ojos fijos en el punto donde el Rolls-Royce Silver Ghost que transportaba a aquella misteriosa mujer cuervo había desaparecido entre la bruma londinense. El aguacero golpeaba sin piedad su abrigo ya empapado, mientras la neblina característica de Londres se amontonaba en sus pies. Su mente, aún agitada por los eventos sangrientos de la noche anterior en los muelles y el macabro descubrimiento de los restos de Milos, trabajaba a toda velocidad. Como líder de su manada, conocía cada rostro, cada aroma, cada alianza en la intrincada red del mundo sobrenatural que se ocultaba tras las fachadas de la gris ciudad. Él conocía a todos, desde los cuervos que servían a los vampiros que controlaban las finanzas dentro de sus elegantes oficinas en la ciudad, hasta los Fae y los brujos que manejaban el mercado negr0 de la magia en los sórdidos callejones de Whitechapel. Sin embargo, esta mujer cuervo de rasgos asiáticos que acababa de encontrar no la asociaba con nadie, no reconoció su aroma, no la conocía y Drago, «conocía» a todos. Por eso, al comprenderlo, le inquietó bastante. «Demasiada coincidencia», pensó Drago, mientras las gotas de lluvia se deslizaban por su rostro todavía tenso por la rabia. «Ella se mostró confundida cuando mencioné su origen y lo que era... ¿Una cuervo de China, japón? Qué sé yo. Lo único que sé es que aparece justo después de que asesinan a Milos, mi amigo a quien ni me permitieron darle un funeral digno». La furia y el dolor se mezclaban en su interior mientras recordaba las pruebas macabras que había recibido la noche anterior: el ojo y el trozo de piel pertenecían sin duda a Milos. Las marcas de los cuervos eran únicas, como huellas dactilares grabadas en su esencia misma. Sus ojos, incluso en forma humana, poseían un brillo distintivo que cualquier criatura del bajo mundo podía reconocer, hasta después de la muerte. Sumando que el aroma de Milos aún persistía en aquellos restos, como un último testimonio de su existencia truncada. Es por eso que, impulsado por instinto y sed de venganza, Drago se lanzó a la persecución por las calles mojadas. Aunque el lujoso automóvil ya no era visible, el aroma de la mujer dejaba un rastro tan claro como las farolas de gas que estaban apagadas a esas horas. Sus músculos, aún algo adoloridos por la batalla de la noche anterior, respondían con la precisión de un depredador mientras esquivaba carruajes, uno que otro automóvil y transeúntes que se apresuraban bajo sus paraguas. Mientras corría, la mente de Drago solo estaba enfocada en alcanzar a quien ahora consideraba una posible pieza clave en este sangriento rompecabezas. Por otra parte, dentro del lujoso Rolls-Royce Silver Ghost, ajena a la cacería que se desarrollaba tras ella, Lizzy Crawford viajaba sentada al lado de su sirvienta, que mantenía una postura rígida propia de su posición mientras intentaba secar discretamente el agua de lluvia de su uniforme. Al volante iba su padre, Bradley Crawford, uno de los banqueros más respetados de Londres. Como siempre, había insistido en conducir él mismo, a pesar de contar con varios choferes uniformados a su servicio. "Este Rolls-Royce es demasiado fino para que lo conduzcan los sirvientes", solía decir cuando compraba un auto nuevo, con el mismo entusiasmo que mostraba por sus nuevos emprendimientos. Porque Bradley Crawford no era un hombre que se conformara con el éxito en un solo campo. Hacía cuatro años, aprovechando su agudo instinto para los negocios y sus conexiones en la banca, había comenzado a incursionar en la industria naviera de placer, diseñando y construyendo embarcaciones lujosas para la alta sociedad londinense o de cualquier parte de Europa. El negocio había prosperado más allá de sus expectativas iniciales, pero últimamente una sombra de preocupación oscurecía su semblante. La tragedia del Titanic había sacudido la confianza del público en los viajes marítimos, y ahora los rumores de guerra en el continente amenazaban con paralizar el comercio naval en general. Crawford se preguntaba si su arriesgada inversión en los astilleros sobreviviría a esta tormenta que se avecinaba, aunque por ahora, prefería distraer sus preocupaciones con pequeños placeres, como conducir su amado Rolls-Royce por las calles de Londres, incluso en días lluviosos como este. Por su parte, Lizzy secaba distraídamente su vestido de tarde con un pañuelo, intentando eliminar las gotas de lluvia que lo habían humedecido, mientras observaba de reojo a su padre. Bradley silbaba alegremente al volante, muy absorto en la conducción de su preciado automóvil. Verlo así, le hizo recordar como la pasión de su padre por los vehículos motorizados, esos brillantes símbolos del progreso moderno, parecía a veces eclipsar su amor por la familia. Su madre Brenda lo había aceptado con resignación años atrás, mientras que su hermano Leonard —Leo, como ella lo llamaba con cariño— parecía cortado por el mismo patrón que su padre Bradley. A sus veintiséis años, cuatro más que Lizzy, Leo no solo había heredado el aspecto físico del señor Crawford, sino también su obsesión por los automóviles y su inmutable dedicación a los negocios familiares. Era como si padre e hijo compitieran por ver quién pasaba menos tiempo en la elegante residencia familiar de Mayfair, convirtiendo las cenas en las que se reunían todos en acontecimientos tan escasos como memorables. —¿Por qué te alejaste así, Lizzy? —la voz de su padre rompió el silencio, con sus ojos fijos en la carretera mojada mientras sus dedos enguantados tamborileaban sobre el volante de madera pulida—. Nos tuviste muy preocupados. —Solo me alejé un poco para leer los carteles informativos, padre —respondió Lizzy, jugueteando nerviosamente con sus dedos el encaje húmedo de sus guantes—. ¿Sabían que continúan hablando sobre el hundimiento del Titanic? Además, los carteles de reclutamiento militar... están apareciendo por toda la ciudad. Bradley Crawford puso los ojos en blanco siendo ese un gesto que reflejaba su creciente irritación. —La guerra no es lugar para mujeres, hija. Mejor enfócate en tus estudios —declaró con un tono que dejaba entrever su molestia porque no quería volver a tocar ese tema que Lizzy siempre que podía sacaba a relucir. —Si…—fue lo que único que dijo Lizzy, guardando silencio y empuñando disimuladamente sus manos. A sus 22 años, cursaba economía en la prestigiosa Universidad de Oxford, una carrera elegida por su familia adoptiva. El pensamiento le provocaba una punzada de culpabilidad: como hija adoptada, sentía la constante necesidad de complacerlos, de demostrar su gratitud, aunque en secreto detestara cada minuto que pasaba estudiando números y teorías económicas. En las aulas de Oxford, era simplemente "la china" —ni siquiera se molestaban en usar su nombre— y la única mujer en todas sus clases. En 1914, que una mujer estudiara economía era algo prácticamente inaudito, pero ahí estaba ella, desafiando las convenciones sociales, aunque no por elección propia. Entonces bien, minutos más tarde, el automóvil se detuvo frente al imponente edificio del banco central. Bradley tenía programada una reunión con alguien importante, aunque Lizzy desconocía los detalles. No era el banco donde su padre normalmente trabajaba, por lo que supuso que tendría relación con su negocio naviero. En el instante que se bajaron del auto, el grupo se apresuró a entrar, escapando de la persistente lluvia londinense: primero Bradley, seguido por Lizzy y Margot, la sirvienta que actuaba más como su chaperona que como personal de servicio. Una vez en el vestíbulo del banco, con el sonido de la lluvia amortiguado por los gruesos muros de piedra, Bradley se dirigió a la sirvienta: —Margot —llamó con voz autoritaria mientras sacudía las gotas de agua de su abrigo. —¿Sí, señor? —respondió ella diligentemente mientras cerraba el paraguas azul oscuro que había usado para proteger a Lizzy de la lluvia. —Acompáñame a la reunión —pidió Bradley mientras se ajustaba su elegante corbata—. Necesitaré tu ayuda con unas cajas a mi regreso. —Luego de decir eso, se giró hacia su hija, con ese tono protector que siempre empleaba—. Lizzy, quédate en la sala de espera, ¿de acuerdo? No tardaremos mucho, y por favor, esta vez no te alejes. Está justo en esta área —añadió, señalando los lujosos sofás de terciopelo verde con sus marcos dorados. Lizzy observó a su padre con afecto y frustración. A la edad que ella tenía, ese tono paternal que la trataba como a una niña pequeña le provocaba una ligera irritación, aunque entendía que nacía de su natural curiosidad por explorar cada rincón que encontraba. —No te preocupes, padre —respondió con una sonrisa tranquilizadora, alisando los pliegues de su vestido húmedo—. Me sentaré en esos sofás de allá y los esperaré. Tómense el tiempo que quieran. Al oír esa respuesta, Bradley le devolvió la sonrisa, más relajado, antes de desaparecer con Margot tras las pesadas puertas que conducían al área VIP del banco. Obediente por una vez, Lizzy se dirigió hacia la zona de espera, con un andar tranquilo. El área estaba agradablemente vacía, con solo el eco distante de conversaciones y el tamborileo constante de la lluvia contra los cristales. Sobre una mesa cercana de caoba brillante, varios periódicos esperaban ser leídos. Tomó uno al azar y se acomodó en el sofá, pero cuando estaba ahí, sola en ese espacio cálido, su mente pronto se desvió hacia el extraño encuentro de hacía unos momentos del sujetó que se chocó con ella. «Tenía un aire aristocrático», reflexionó, recordando los penetrantes ojos verdeazulados del desconocido, «pero después de armar semejante escándalo por un simple cigarrillo... Definitivamente debe ser uno de esos viciosos de los que tanto habla mi padre, un adicto a las apuestas, quizá». Y entonces, en ese preciso instante, como si sus pensamientos lo hubieran invocado, Drago irrumpió en el banco. Su figura imponente chorreaba agua sobre el inmaculado suelo con ciertas partes alfombradas, mientras su respiración agitada delataba que había corrido bajo la lluvia varias cuadras sin detenerse. Ahí dentro, los ojos del hombre lobo escudriñaron el espacio con la cautela de un depredador en territorio hostil. «Que mierda, estoy dentro de un banco mixto», pensó con amarga ironía, consciente del peligro que corría. Para Drago, ese banco no era simplemente una institución financiera: era territorio enemigo. Los vampiros, que controlaban el sistema bancario con mano de hierro desde sus posiciones de poder, habían convertido estos establecimientos en zonas prohibidas para los hombres lobo. La antigua enemistad entre ambas especies se manifestaba incluso en algo tan mundano como las finanzas, y los vampiros, siempre precavidos, habían instalado sistemas para detectar la presencia de cualquier licántropo que osara cruzar sus puertas. Drago lo sabía bien: cada segundo que pasaba dentro de esas paredes lo ponía en mayor peligro. El tiempo no estaba de su lado. Es por esa razón que, debido a esa separación entre especies había empujado a los hombres lobo hacia el submundo londinense, forzándolos a buscar fortuna por otros medios menos respetables. Los bancos, controlados casi en su totalidad por sus enemigos de piel palida, les negaban cualquier servicio financiero. Aunque existían lobos adinerados que guardaban sus fortunas en cajas fuertes privadas —algo perfectamente legal en 1914— la mayoría recurría a negocios aparentemente legítimos para blanquear sus ganancias del mercado negr0. Algo que Drago conocía muy bien, porque eso era justamente lo que él hacía. Entonces, con la agilidad propia de su naturaleza, el Alfa se movió entre la multitud hasta localizar a su presa más próxima: un caballero con un elegante sombrero al que pretendía robárselo, y eso fue lo que hizo cuando, con rapidez y ligereza, se lo arrebató. —¡Hey! —protestó el hombre, pero bastó una mirada amenazadora de Drago para que el pobre individuo decidiera continuar su camino, prefiriendo perder el sombrero a enfrentarse a semejante tipo de mirada rara. Y así, colocándose el sombrero recién adquirido, Drago escaneó el vestíbulo en busca de los guardias vampiros. El sombrero, impregnado con el aroma humano de su anterior dueño, ocultaría temporalmente su "hedor" lupino —como los vampiros describían despectivamente el olor de los hombres lobo—. No tenía mucho tiempo, pero ya sin mucho esfuerzo había encontrado a su objetivo principal: la misteriosa mujer cuervo asiática. Sin perder un segundo, Drago caminó por el vestíbulo como una sombra y, sin ceremonias, se dejó caer en el sofá junto a Lizzy, invadiendo deliberadamente su espacio personal. Con un movimiento brusco, le arrebató el periódico, fingiendo leerlo mientras el ala del sombrero ocultaba estratégicamente sus rasgos. Lizzy se sobresaltó ante la intrusión, observando con desagrado cómo el desconocido empapado por la lluvia, arruinaba la fina tapicería de sofá, y además, de forma abusiva le había quitado el periódico. —¿Disculpe, señor, ocurre algo? —preguntó ella, apartándose discretamente hacia el extremo del sofá. Fue entonces cuando Drago abandonó su farsa y, ocultando el movimiento tras el periódico, extrajo un revólver que llevaba por precaución siempre que salía. —Acompáñame, “cuervita”... y será mejor que no hagas escándalo —susurró Drago con voz gélida, presionando ligeramente el cañón del revólver contra el costado de Lizzy.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD