Con Lizzy inconsciente entre sus brazos y el eco de los pasos de Margot escuchándose cada vez más cerca por el pasillo, Drago se encontró atrapado en un dilema que exigía acción inmediata. Su instinto de Alfa se agitaba dentro de él como una tormenta, dividido entre la prudencia de escapar o el impulso de confrontar a la bruja que se aproximaba. Por otro lado, Li Wei yacía inmóvil contra su pecho, con su rostro pálido y vulnerable, mientras ese ser sin esencia —esa anomalía que desafiaba todas las leyes naturales que él conocía— se acercaba a ellos con cada segundo que pasaba. «Tengo que largarme de aquí» pensó Drago, sintiendo cómo su corazón golpeaba contra su caja torácica. Era lo más lógico: huir, desaparecer. Se suponía que no debía cometer imprudencias. Los lobos siempre atacaban en

