Cuando Stella le mostró la puerta de la
habitación del diablo, Juno se imaginó un sin fin de cosas malas detrás de esa puerta, sin embargo, estaba equivocada, el diablo era tan normal como cualquier hombre o chico que hubiera conocido.
En su alcoba había una inmensa cama
excepcionalmente tendida, un clóset gigante, unos cuadros con retratos abstractos y una mesa de noche con una lámpara. Todo olía a él, a su perfume tan exquisito que le estaba gustando. Su boca descendió al cuello mientras se despojaba del vestido amarillo dejándola en ropa interior.
El capitán se le quedó mirando de una
manera extraña, sus ojos azules no eran fríos más bien cálidos. Comenzó a desabotonar su uniforme quedando desnudo frente a Juno.
Ella lo miró como si nunca hubiese visto a un
hombre completamente desnudo, y era cierto, ver la desnudez era algo muy íntimo.
—¡Mírame!—le tomó las mejillas con suavidad atacando sus labios—.Soy el primero en todo en tu vida. El primero que te besé, el primero en tomar tu virginidad, y el primero en hacerte el amor.
Juno no podía pensar, cerraba los ojos con
fuerza, un poco insegura, con su mente en blanco en lo que pudiera pasar con el miedo de que le doliera como la primera vez.
Sin embargo, el capitán la besó por todos
lados, marcando su cuerpo, acariciando sus
muslos, su abdomen, masajeando como un bebé sus pechos pequeños hasta chuparlos,
succionarlos, y hundir su rostro en ellos. Su pene estaba duro, listo para probar los colores de esa flor. Se introdujo a ella con suavidad, no quería ser violento como la primera vez.
La atrapó con los ojos teniendola bajo de él,
aunque parecía una tabla, sin moverse sin hacer nada, lo entendía, las vírgenes eran así. El diablo devoró sus labios mientras se movía con rapidez entre sus piernas, sujetando sus caderas con fuerzas. Oh, era deliciosa, toda ella era un mar de ricura. Sentirla dentro de él era tan embriagador como un perfume exquisito. Su cuerpo caliente como una antorcha que lo
quemaba lentamente, la fascinación de hacerle el amor era más emocionante que cualquier cosa que hubiera hecho.
Jadeó.
A Juno se le escapó un gemido y eso le agradó. Hasta venirse dentro de ella. Reposando en el pecho desnudo de la judía.
Silencio... Juno no sabia que hacer, si
acariciarlo, o decirle algo, sin embargo, decidió mantenerse callada hasta que este se levantó para vestirse.
Piensa en ti Juno, sobrevive
Quería llorar, se sentía mal. Se había
entregado a un monstruo, había dejado que este la acariciara, la besara, le hiciera el amor. Las lágrimas empezaron a salir, y el capitán se le quedó mirando con rabia y melancolía a la vez.
Sin su camisa caminó hacia el clóset para sacar un cigarrillo que lo encendió enseguida.
Juno observó sus brazos fuertes, su pecho
tonificado, sus piernas estaban igual,
definitivamente el diablo era muy hermoso,
bueno, ante de caer del cielo era el Ángel más espléndido.
—Debemos aclarar unas cosas—dijo,
soltando el humo.
La chica que se cubría con las sábanas la
desnudez de su cuerpo lo miró con tristeza.
—Este trato tiene sus deberes y derechos. Uno de tus derechos es comer lo que quieras, protección, un techo, todo lo que antes te mencione en el puto calabozo. Pero uno de tus deberes es complacerme siempre, cuando quiera, y a la hora que quiera ¿esta claro?
Juno no dijo nada.
—¿Esta claro?
Asintió.
—Además, si vas a salir afuera, usa un
uniforme igual que los demás, es para evitar...diríamos evitar problemas. ¿Esta claro?
Asintió.
—¡Vistete, comamos!
Con dolor en su corazón se puso su vestido
mientras el capitán la veía a la distancia con su cigarrillo. Despué que él se terminó de acomodar, Juno le siguió como un perrito a la cocina. Miriam que servía se le quedó mirando a Juno un poco extraña.
La chica bajo la cabeza, sintió vergüenza con lo que acaba de hacer con el capitán. Se sentó a la mesa y tomó la comida en silencio, con las lágrimas a flor de piel.
—Te acostumbrarás—dijo, levantándose para marcharse.
Finalmente Juno pudo respirar estallando en
llanto.
Miriam se acercó para consolarla.
—¡Lo siento!, ¡lo siento!
—Chii, tranquila, no te culpo, no te juzgo
Juno.
—Le estoy dando placer a ese monstruo.
—No Juno, estas sobreviviendo. Esto es
sobrevivir. Aquí en este lugar se hace cosas para vivir, incluso, acostarse con ellos. Lo he visto, muchas mujeres lo hacen.
Las palabras de Miriam no la consolaba para nada.
—Vendí mi cuerpo al diablo.
—Pero un día seremos libre, tú lo dijiste, los
estadounidenses se aliaron con los soviéticos, eso quiere decir que en cualquier momento la guerra llegará a su fin.
Juno asintió.
Después de comer se dió un baño recordando las caricias del capitán, sus besos, la sensación de sentirlo dentro de ella. Mientras el agua caía por su pelo lloró con amargura. Sus padres estarían
avergonzados, Kai la despreciaria por completo. Estaba sobreviviendo, esa era la única forma.
Al salir de la ducha se vistió con un vestido
hasta las rodillas vinotinto, su cabello mojado se le pegaba a la cara. Por todo el resto de la tarde evitó hablar con Miriam y Stella, no se sentía bien para hacerlo. Se quedó mirando la ventana que mostraba el patio donde los hombres cautivos se formaban para pasar asistencia.
—¿Que miras?—formuló el diablo con
curiosidad.
Ella prestó toda su atención en él.
—Están haciendo formación.
—Si, es hora. Vamos a comer—la mujer
polaca sirvió la cena, y en silencio efectuaron la última comida del día.
Después de terminar el diablo se le quedó mirando mientras se mordía los labios.
—¡Vamos!
—¿A donde?
El bufó.
—A mi habitación... quiero sexo, y espero que
me lo des.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, con el
corazón tan palpitante cerró los ojos y fingió estar bien aunque no lo estaba.
Al entrar a la alcoba del diablo, ya sabía lo
que pasaría en su cama ordenada. La volverían un desastre.
Él soltó una risita acercándose a Juno,
pegando su cuerpo con el suyo. Sintiendo lo duro que estaba su pene.
—Me gustas demasiado—hundió sus nariz en su cuello para besarlo lentamente. La chica sintió como un cosquilleo que le gustaba.
—Relajate, 23990, relájate—no podía
relajarse, la culpabilidad la consumía.
—Quiero que esta noche duermas conmigo—
susurró quitándole el vestido, haciendo suyo ese cuerpo inexperto. Besando con desesperación aquellos labios que ante anheló tanto. Envolviendola en los tentáculos de sus manos con
caricias cargada de posesión. Juno era suya, su mujer, y se complacía de que fuera así. De seguro su padre debe estar retorciéndose en la urna al enterarse que su hija adorada se entregaba a un soldado para sobrevivir, porque si de algo el capitán estaba consciente era que durante él se manifestaba dentro de ella, eyaculando,
acariciando, moviéndose como un animal, no había una conexión, ni nada parecido a eso.
La cama los invitaba a hacer el amor sin
sentimiento, sin palabras, sin afecto. Y quizás era mejor así, porque el hecho de sentir volvían a los hombres débil, compasivos. El diablo no podía ser
así, aunque echar un polvo con la judía lo dejaba más que satisfecho, y con algo que no encontraba explicación en su corazón.
Al terminar se alejaba de ella mientras
desnuda Juno permanecia a su lado. Aunque no la abrazaba, el capitán sabía que ella se
encontraba allí, a su lado, desnuda, y disponible solo para él.
Lo que no sabe el capitán que el tiempo que
dedicas así sea a un objeto puede hacer que surga, hasta los sentimientos más desagradables, y que quizás lo extraño que sentía en su corazón al hacer el amor con Juno era algo parecido al amor.
Por más distancia que habría entre ambos,
era imposible hacer el amor sin mezclar otros sentimientos que van ligado al placer, las ganas, el deseo.
Entre el amor y el odio solo había un paso. Entre el depredador y su presa una corta
distancia. Entre el sexo y los sentimientos una línea muy fina.
El capitán se volteó para mirarla en su cama,
durmiendo, con sus pestañas largas.
Ella es judía Ax, no puedes sentir nada por ella.
☆☆☆
Los leo...