Ivy Harrison
El despertar en la mansión Vance fue como emerger de un sueño febril a una realidad bañada en oro y terciopelo. La luz del sol se filtraba por los ventanales de mi nueva habitación, dibujando patrones geométricos sobre las sábanas de seda que se sentían como una segunda piel. Me senté en la cama, sintiendo un leve tirón en mis muslos y un escozor persistente entre mis piernas que me recordó, con una sacudida de adrenalina, que ya no era virgen. Que ahora le pertenecía a un matrimonio de lobos.
Me levanté y caminé hacia el baño. Al ducharme, el agua caliente golpeando mi piel me hizo soltar un quejido; mi cuerpo estaba despertando a sensaciones que antes me eran ajenas. Al salir, me dirigí al enorme vestidor. Ayer estaba vacío, pero hoy, como por arte de magia, las perchas estaban llenas. Trajes de sastre de lana fría, blusas de seda italiana, faldas de tubo que gritaban poder. Todos tenían etiquetas de diseñadores que solo había visto en revistas de salas de espera.
Tomé un conjunto de color gris marengo. Al ponérmelo, me quedé sin aliento. No era como mi ropa vieja, holgada y aburrida; este traje se ajustaba a mi cuerpo de una forma impresionante, marcando mi cintura y la curva de mis caderas con una precisión quirúrgica. Me puse mis lentes, esos que solían ser mi escudo de invisibilidad, pero ahora, frente al espejo, solo añadían un toque de erotismo intelectual a la mujer que me devolvía la mirada. Me veía extraña. Me veía... poderosa.
Bajé las escaleras con el corazón martilleando contra mis costillas. Al llegar al comedor, los vi. Maximiliano y Stephany desayunaban en una mesa de cristal, rodeados de flores frescas y el aroma a café recién tostado. Ambos levantaron la vista al mismo tiempo, con esa sincronía inquietante que compartían.
—Buenos días, Ivy —dijo Stephany con una sonrisa radiante.
—Buenos días... —respondí, quedándome de pie en el umbral, tensa, sin saber exactamente cómo actuar. ¿Debía ser la pupila? ¿La amante? ¿La intrusa?
—Siéntate, querida. Desayuna con nosotros —insistió ella, señalando el lugar frente a ellos.
Me senté y una empleada apareció de la nada para servirme. La conversación fluía entre ellos sobre eventos sociales y casos legales, mientras yo trataba de concentrarme en mi tostada, sintiendo la mirada de Maximiliano quemándome la piel cada vez que levantaba su taza de café.
—En la tarde iremos a ver tu nuevo apartamento, Ivy —mencionó Stephany, rompiendo mi ensimismamiento—. Te va a encantar. Por cierto, ese traje te queda impresionante. Resalta exactamente lo que queríamos.
Me ruboricé de inmediato, bajando la vista hacia mi plato.
—Gracias, señora... Stephany —corregí rápidamente.
—De nada, cielo —respondió ella con un brillo de picardía en los ojos.
Maximiliano dejó su taza sobre el plato con un sonido seco. Su mirada era profesional, pero el aura de posesión que emanaba era casi tangible.
—He pedido un taxi para ti, Harrison. No es prudente que llegue juntos a la firma —sentenció, volviendo a su tono de jefe impecable—. No queremos levantar sospechas innecesarias en tu primer día oficial como mi mano derecha.
—si, señor —dije, tratando de recuperar mi compostura.
Terminé de desayunar bajo su escrutinio. Al levantarme, Stephany se acercó a mí. Antes de que pudiera reaccionar, me tomó por la nuca y me plantó un beso persistente en los labios, dejando el rastro de su labial y de su aroma a jazmín en mí. Me fui de allí sonrojada, sintiendo la mirada de Maximiliano en mi espalda mientras caminaba hacia la salida.
El taxi me dejó frente al imponente edificio de la firma. Al bajar, sentí de inmediato el cambio. Las miradas ya no pasaban de largo sobre mí. Los guardias de seguridad me saludaron con una inclinación de cabeza; los abogados que fumaban en la entrada detuvieron sus conversaciones para seguirme con la vista. Me sentía intimidada, expuesta. Ya no era invisible; ahora era una presa potencial, o quizás, una amenaza.
En el ascensor, un hombre de unos treinta años, vestido con un traje de tres piezas, se colocó a mi lado.
—Ese color le queda exquisito, señorita... —dejó la frase en el aire, buscándome la mirada.
—Harrison —respondí secamente, ajustándome los lentes.
—Señorita Harrison. Un gusto. Soy del departamento de litigios civiles. No parece usted la misma pasante de hace unos duas
Me bajé del ascensor antes de responder, sintiendo un escalofrío. El juego de los Vance estaba funcionando; me habían transformado en algo que la gente deseaba tocar.
Fui directo a mi oficina. Revisé el informe que había terminado ayer, ese que Maximiliano me pidió antes de la locura en la mansión. Caminé hacia su despacho, agradeciendo que él aún no hubiera llegado. Dejé los documentos sobre su escritorio de roble macizo, ese mismo escritorio donde ayer me había besado por primera vez. Salí de allí nerviosa, regresando a mi cubículo para sumergirme en el trabajo. Necesitaba estar al día, ser la mejor, demostrar que no solo estaba allí por mi cuerpo, sino por mi cerebro.
Pasaron dos horas de silencio absoluto hasta que el intercomunicador de mi escritorio cobró vida.
—Harrison, a mi oficina. Ahora.
Suspiré, cerré los ojos por un segundo para recuperar el aliento y caminé hacia la boca del lobo. Entré y lo saludé con la mayor profesionalidad de la que fui capaz.
—Buenos días, señor Vance. Ahí tiene el informe sobre el caso de los activos extranjeros.
Él lo tomó sin mirarme, leyéndolo con una velocidad asombrosa mientras yo permanecía de pie, con las manos entrelazadas a la espalda. Tras unos minutos que parecieron siglos, cerró el fólder.
—Está impecable, Harrison. Su capacidad de análisis es lo único que supera a su... apariencia —dijo, levantando finalmente la vista. Su mirada era oscura, cargada de una intención que hizo que mis rodillas flaquearan—. Cierra la puerta. Ambas con seguro.
Hice lo que me pidió sin cuestionarlo. El sonido del clic del seguro resonó como un disparo en la habitación. Al girarme, él ya se había levantado. Se apoyó en el borde de su escritorio, con las piernas abiertas.—Arrodíllate frente a mí —ordenó.
Dudé por un segundo. El miedo y el decoro profesional lucharon en mi mente contra el deseo salvaje que él despertaba en mí. Pero su mirada no me dio opción. Obedecí, dejando que mis rodillas tocaran la alfombra de lujo.
Maximiliano se desabrochó el botón del pantalón y bajó la bragueta con una parsimonia insultante. Su m*****o, ya erecto y enorme, saltó de su ropa interior, imponente en medio de la oficina bañada por la luz del sol.
Temblé de ansiedad. No necesité que dijera nada más. Me lancé hacia él, rodeando su base con mis manos y probándolo con la punta de la lengua. Recordé cada movimiento que Stephany me había enseñado anoche bajo el agua de la ducha. Lo lamí, lo chupé, sintiendo su sabor metálico y masculino, metiéndomelo en la boca lo más profundo que pude.
Maximiliano soltó un gruñido gutural, enterrando sus dedos en mi cabello azabache.—Lo haces bien, pequeña estudiante —susurró, su voz vibrando en mi cráneo—. Sigue.
Sus elogios me dieron una energía nueva. Me esmeré en cada succión, en cada movimiento de mi lengua, queriendo demostrarle que podía ser su mejor pupila en todos los sentidos. De repente, me tomó por los hombros y me obligó a levantarme. Me giró con brusquedad, subiéndome la falda de tubo gris. Sentí el azote de su mano contra mis nalgas, un impacto seco que me hizo morder el labio inferior para no soltar un gemido que se escuchara en todo el piso.
Me puso sobre el escritorio, dándole la espalda. Mis manos se aferraron al borde del roble mientras sentía cómo se posicionaba detrás de mí. Estaba tan húmeda que cuando me penetró de un solo empuje, mi cuerpo lo recibió con un jadeo de alivio.
—Dios... —susurré, cerrando los ojos. ¿Por qué había perdido tanto tiempo ignorando este placer? ¿Por qué la Ivy de antes se conformaba con libros cuando existía esta sensación de plenitud absoluta?
Maximiliano me embestía una y otra vez con una fuerza ruda, posesiva. Cada golpe de su cuerpo contra el mío hacía vibrar el escritorio, moviendo los papeles y las plumas de lujo.
—Eres una maldita tentación, Harrison —gruñó él en mi oído, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Eres mi perdición y lo sabes.
Me levantó, girándome para que quedara acostada sobre el escritorio, entre los expedientes de casos multimillonarios. Me abrió las piernas de par en par y bajó la cabeza. Sentí su lengua pasar por mi clítoris con una precisión que me hizo derretir. Arqueé la espalda, gritando en silencio, mis dedos enterrándose en su camisa blanca de mil dólares. Cuando volvió a entrar en mí, el ritmo fue frenético, una carrera hacia el abismo que compartíamos.
Ambos llegamos al mismo tiempo. Mi cuerpo se tensó en un espasmo violento, mis músculos vaginales apretándolo con una fuerza que le arrancó un grito de triunfo. Me quedé allí, jadeando, con la vista nublada, sintiendo el calor de su semilla dentro de mí.
Maximiliano se separó de mí, recuperando su compostura con una rapidez aterradora. Se ajustó el pantalón y se abrochó la camisa, mientras yo trataba de recomponerme, sintiéndome desarmada sobre el mueble de madera.—Límpiate y arréglate, Harrison —dijo, volviendo a su tono de voz ejecutivo, como si nada hubiera pasado—. Tenemos una reunión con el equipo de trabajo en diez minutos. No quiero un solo cabello fuera de lugar.
Me levanté, sintiendo el líquido resbalar por mis muslos. Corrí hacia su baño privado para limpiarme y retocarme el maquillaje. Mi corazón seguía latiendo a mil por hora. Me miré al espejo: mis ojos brillaban, mis mejillas estaban encendidas. Me ajusté el traje gris, ese que ahora sabía que él podía arrancar en cualquier momento.
Salí del baño y lo vi allí, revisando unos papeles como si hace cinco minutos no me hubiera tenido gimiendo sobre su escritorio.
—Lista, señor Vance —dije, mi voz temblando ligeramente por los nervios.
—Bien. Vamos. Es hora de que vean quién es la nueva Ivy Harrison.
Caminé tras él hacia la sala de juntas, sintiendo el peso del secreto que nos unía. Era su pupila, su amante y su posesión secreta, y mientras entrábamos en la sala llena de abogados veteranos, supe que este juego de poder apenas estaba comenzando a devorarme.