Ivy Harrison
El silencio que siguió al estrépito del agua y los jadeos en el baño era casi doloroso. Me quedé allí, sentada en el suelo de mármol frío, sintiendo cómo las gotas tibias resbalaban por mi espalda, mezclándose con el rastro de ellos que aún sentía en mi interior. Mis manos temblaban tanto que tuve que entrelazarlas sobre mis rodillas para que no chocaran entre sí. No sabía qué hacer. No sabía quién era la mujer que me devolvía la mirada desde el reflejo empañado de los cristales.
Hace apenas unas horas, yo era una estudiante de derecho con un futuro previsible y aburrido. Ahora, era una mancha de piel estremecida en el suelo de un santuario que no me pertenecía.
Sentí una suavidad repentina sobre mis hombros. Stephany, ya envuelta en una bata de seda nueva, me rodeaba con una toalla de algodón egipcio, tan blanca y esponjosa que se sentía irreal. Sus manos, las mismas que hace un momento me exploraban con una curiosidad eléctrica, ahora eran gentiles, casi protectoras.
—Vamos, Ivy. No queremos que te resfríes —susurró ella, ayudándome a ponerme en pie.
Mis piernas se sentían como gelatina. Me aferré a la toalla, cubriéndome el pecho, sintiendo una repentina oleada de timidez que llegaba demasiado tarde. La sangre que Maximiliano había limpiado con tanta parsimonia ya no estaba, pero el recuerdo del desgarro y del placer posterior ardía en mi memoria como una marca de hierro.
—Debo... debo irme a casa —balbuceé, buscando con la mirada mi ropa, ese traje n***o y barato que ahora me parecía el disfraz de una desconocida—. Tengo que recoger mis cosas, mañana hay trabajo y...
Maximiliano, que se ajustaba un pantalón de dormir de seda oscura sin molestarse en cubrir su torso tatuado, me dirigió una mirada que me detuvo en seco. Sus ojos negros no tenían rastro de la furia animal de hace un momento; ahora eran dos pozos de una autoridad gélida y absoluta.
—No. Por ahora, esta es su casa —sentenció. Su voz no admitía réplicas, era la misma voz con la que ganaba litigios millonarios en la corte.
—Pero mis cosas... mi apartamento...
—Todo eso se gestionará a su debido tiempo —continuó él, acercándose para depositar un beso breve y posesivo en mi frente—. Por esta noche, su lugar está aquí. Bajo mi techo. Bajo nuestra protección.
Stephany me tomó de la mano y me guio fuera del baño, atravesando la habitación principal donde las sábanas negras aún guardaban el caos de nuestra unión. Caminamos por un pasillo iluminado por luces tenues que resaltaban las obras de arte en las paredes, hasta que se detuvo frente a una puerta doble de madera tallada.
Al abrirla, me quedé sin aliento. Era una habitación contigua a la de ellos, pero con una personalidad propia. Era grande, linda, decorada en tonos crema y oro, con una cama que parecía una nube y ventanales que ofrecían una vista privilegiada de la ciudad durmiente.
—Esta será tu habitación, Ivy —dijo Stephany, girándose hacia mí. Se acercó tanto que pude oler de nuevo ese perfume a jazmín que ahora asociaba con el pecado—. Gracias por aceptar. Gracias por confiar en nosotros.
Se inclinó y me besó en los labios. Fue un beso lento, cargado de una gratitud que me confundió aún más. ¿Por qué me daba las gracias? Yo era la que estaba recibiendo una fortuna, la que estaba siendo "educada" por ellos. Pero en sus ojos vi algo más: una especie de alivio, como si yo fuera la pieza que finalmente había completado un rompecabezas roto.
Maximiliano entró en la habitación poco después, cerrando la puerta tras de él. Se apoyó contra el marco, cruzando sus brazos potentes sobre el pecho. La atmósfera cambió de inmediato; la suavidad de Stephany fue sustituida por una tensión profesional y dominante.
—Es hora de establecer las reglas—dijo él—. Tres meses. Ese es el trato. Y en esos tres meses, hay líneas que no se pueden cruzar.
Me senté en el borde de la cama, envolviéndome más fuerte en la toalla, sintiéndome como una acusada frente a un juez.—Regla número uno —empezó Maximiliano, caminando hacia mí—. No va a haber nadie más que nosotros dos en su vida. Durante la vigencia de este contrato, su atención, su deseo y su lealtad nos pertenecen exclusivamente a Stephany y a mí. No hay amigos, no hay citas, no hay distracciones externas. Usted es nuestra.
Tragué saliva, asintiendo casi imperceptiblemente. La idea de estar aislada en su mundo me aterraba, pero el recuerdo de su cuerpo sobre el mío silenciaba cualquier protesta.
—Regla número dos —continuó Stephany, sentándose a mi lado y acariciando mi cabello—. Mañana te conseguiremos un apartamento propio en el centro, cerca de la oficina. Será tu espacio para cuando necesites retirarte del mundo, un lugar que estará a tu nombre. Sin embargo... —hizo una pausa, mirando a su esposo—, tu verdadero espacio, Ivy, es en nuestra cama. Pasará la mayoría de las noches con nosotros. El apartamento es una cortesía, la mansión es la realidad.
—Y en esa cama —intervino Maximiliano, deteniéndose frente a nosotras—, el sexo puede ser de a dos. No siempre es necesario que seamos los tres. Si yo la deseo a solas, vendrá conmigo. Si Stephany la desea, irá con ella. Somos una unidad, pero nuestras interacciones pueden variar según nuestra voluntad. ¿Entendido?
—Sí, señor Vance —susurré, sintiendo un escalofrío. La idea de estar a solas con cualquiera de los dos, sin el contrapeso del otro, se sentía como un desafío nuevo y abrumador.
—Y la más importante, la regla de oro —dijo él, bajando la voz hasta que fue casi un susurro peligroso—. Nadie debe enterarse. Ni en la oficina, ni en su vida pasada, ni en la nuestra. Ante el mundo, usted es la pupila brillante de Maximiliano Vance. Detrás de estas puertas, es nuestra posesión. Si una sola palabra sale de su boca, el contrato se rescinde, las protecciones desaparecen y yo me encargaré de que no vuelva a encontrar trabajo ni como bibliotecaria en este país.
El peso de la amenaza era real. Sabía que él tenía el poder para hacerlo. Asentí de nuevo, sintiendo cómo el miedo y el poder se entrelazaban en mi pecho, creando un nudo imposible de desatar.—Bien —dijo Maximiliano, suavizando su expresión. Se inclinó y me dio un beso casto en la comisura de los labios—. Descansa. Mañana el trabajo empieza temprano.
Stephany me dio un último beso en la mejilla, una caricia suave que contrastaba con la dureza de las reglas.
—Dulces sueños, pequeña —murmuró.
Ambos salieron de la habitación, cerrando la puerta con un clic metálico que resonó en el silencio. Me quedé sola en la inmensidad de esa cama perfecta, rodeada de un lujo que nunca pedí pero que ahora me rodeaba como una jaula de oro.
Me dejé caer hacia atrás sobre las almohadas, mirando el techo artesonado. Mi cuerpo me dolía; era un dolor sordo en mis muslos, un escozor en mis senos y una pulsación constante en mi centro que me recordaba cada embestida, cada lamida, cada palabra sucia que me habían susurrado. Me sentía poderosa por haber capturado la atención de semejantes titanes, pero al mismo tiempo, sentía un miedo cerval.
Era su juguete. Su experimento. Su adición.
Me toqué los labios, todavía sintiendo el sabor de ambos. No sabía si era capaz de cumplir esas reglas. No sabía si podía vivir una doble vida sin desmoronarme. Pero mientras cerraba los ojos y el cansancio finalmente me vencía, me di cuenta de una verdad aterradora: no quería volver atrás. La Ivy Harrison que se vestía con ropa ancha y leía libros en soledad había muerto en el mármol de ese baño. Y la mujer que estaba naciendo en esta cama estaba ansiosa por ver qué otras reglas estaban dispuestos a romper los Vance conmigo.
El silencio de la mansión me envolvió, una calma inquietante que precedía a la tormenta que, sabía, estallaría mañana en la oficina bajo la mirada de todos. Yo era su secreto mejor guardado, y por primera vez en mi vida, el peligro me hacía sentir más viva que la seguridad.