Capitulo 06

1346 Words
Maximiliano Vance ​El silencio que siguió al primer asalto en la cama fue espeso, cargado de un magnetismo que casi podía morderse. Observé a Ivy, encogida sobre las sábanas negras, con sus ojos azules dilatados por la sorpresa y el rastro de una inocencia que acababa de ser reclamada. Mi esposa, Stephany, respiraba con dificultad a mi lado, su piel brillando con una fina capa de sudor. La mecha estaba encendida, y el incendio que Ivy había provocado en nuestro matrimonio no tenía intenciones de extinguirse pronto. ​—Vamos —dije, mi voz sonando como un trueno en la penumbra de la habitación—. Necesitan lavarse. ​Las tomé a las dos. Ivy se dejó guiar como una muñeca de porcelana, todavía procesando la tormenta que acababa de atravesar su cuerpo virgen. Caminamos hacia el baño principal, un santuario de mármol blanco y cristales que reflejaban nuestras siluetas desnudas bajo la luz cenital. El contraste era devastador: la madurez escultural de Stephany frente a la lozanía pecaminosa de Ivy, cuyas pecas parecían pequeñas brasas sobre su piel pálida. ​Abrí la regadera de lluvia y el agua caliente empezó a caer, envolviéndonos en una nube de vapor que pronto se impregnó del aroma a sándalo y al rastro metálico de la entrega de Ivy. La ayudé a colocarse bajo el chorro, viendo cómo el agua lavaba la sangre de sus muslos. Me dolió ver su fragilidad, pero me excitó aún más saber que yo había sido el arquitecto de ese cambio. ​—Mírame, pequeña —le ordené, tomando su mentón. ​Ella levantó la vista, sus labios hinchados temblando. La besé con una ferocidad que buscaba reafirmar mi dominio, pero también darle la atención que su cuerpo vibrante reclamaba. Ivy se aferró a mis hombros, respondiendo con un hambre que me sorprendió; no era solo una estudiante brillante, era una mujer con una capacidad de deseo que apenas estaba despertando. ​Stephany se acercó por detrás, pasando sus manos jabonosas por el vientre de Ivy, y el vapor pareció volverse más denso. La tensión s****l en ese espacio cerrado era asfixiante. No me hizo falta decir una palabra. Tomé a Ivy por la cintura y, con un movimiento firme, la subí al lavabo de mármol frío. Ella soltó un jadeo ante el contacto del material contra su piel caliente, abriendo las piernas por puro instinto. ​Miré a mi esposa. Stephany entendió la orden silenciosa en mis ojos. Se inclinó sobre el lavabo, justo entre las piernas de Ivy, dejando sus glúteos elevados hacia mí. Antes de que nuestra pupila pudiera procesar el cambio de posición, Stephany ya estaba enterrando su rostro entre sus muslos, lamiéndola con una devoción que hizo que Ivy soltara un grito de placer que rebotó en las paredes de cristal. Verla así, sola en su éxtasis, con la cabeza echada hacia atrás y las manos aferradas al borde del mármol, me calentó la sangre de una forma que no experimentaba en años. Estaba deseosa, dispuesta y, por primera vez, entregada al puro disfrute sin las trabas de su intelecto. ​No pude contenerme más. Mi m*****o, erecto y más firme que nunca, reclamaba su lugar. Me posicionó detrás de Stephany. Con una mano sujeté su cadera y con la otra le propiné un azote sonoro que dejó una marca roja instantánea en su nalga derecha. Ella gimió de placer, ofreciéndose más. La penetré con un empuje rudo, llenándola mientras mantenía la mirada fija en Ivy. ​Ivy nos miraba con una fascinación aterrada. Se aferraba al lavabo mientras veía cómo yo embestía a su "mentora", cómo Stephany se deshacía bajo mi peso mientras seguía adorando su centro. Mi esposa estaba haciendo un trabajo magnífico, alimentando el fuego de Ivy mientras yo marcaba el ritmo de la posesión. ​Salí de Stephany con un quejido de frustración contenida. Ivy se alertó, sus ojos azules buscándome con una mezcla de súplica y miedo. No la hice esperar. La tomé por las piernas y la penetré de un solo golpe. El grito de Ivy fue música para mis oídos. La tomé como si fuera una muñeca, moviéndola de arriba a abajo contra mi cuerpo, sintiendo cómo se aferraba a mi cuello con una fuerza desesperada. ​—¡Maximiliano! —gemía, su voz quebrándose. ​La embestí cada vez más fuerte, ignorando la delicadeza. Necesitaba que sintiera cada centímetro de mí, que entendiera que ahora pertenecía a este mundo de excesos. Le bajé una pierna para que colgara del lavabo mientras sostenía la otra contra mi costado; ella era demasiado baja para tocar el suelo, así que quedaba suspendida, a merced de mis movimientos. Me besó con una pasión que sabía a rendición total, su cuerpo contrayéndose alrededor del mío hasta que tuve que salir para no terminar demasiado pronto. ​Hice que ambas se arrodillaran en el suelo de la ducha. ​—Demuéstrenme lo rápido que aprendes —dije, bajando la vista hacia ellas. ​Juntas, empezaron a chupar mi m*****o. Fue una visión celestial la melena rubia de Stephany mezclándose con el azabache de Ivy. Stephany, siempre la maestra, guiaba a nuestra chica, mostrándole cómo usar sus manos y su lengua. Ivy era una gran estudiante aprendía rápido, probando, explorando con una curiosidad que me hacía gruñir de placer. En un arrebato, tomé a Ivy de la cabeza. ​—Todo, Ivy. Hasta el fondo —ordenó. ​La obligué a bajar hasta que se agitó, sus ojos lagrimeando por el esfuerzo pero sin retroceder. Escuché la risa suave y excitada de Stephany a mi lado. Mi esposa tomó el relevo, haciéndolo de forma experta, con una técnica que solo años de complicidad habían perfeccionado, para luego girarse y besar a Ivy, compartiendo mi sabor en un intercambio que las unía aún más a mí. Stephany se separó y me miró con una lujuria renovada. Me la ofreció de nuevo, pero esta vez con un giro distinto.​—Tómala, Max. Yo me encargo de que no se olvide de sentir —susurró. ​Volví a entrar en Ivy, quien jadeó de placer instantáneo. Stephany se posicionó encima de ella, de espaldas a mí, colocando su propia intimidad directamente sobre la cara de Ivy. Mientras yo embestía a la pequeña desde atrás, Ivy se perdía lamiendo a Stephany, su lengua encontrándo su clítoris mientras mi esposa se inclinaba hacia atrás para besarme a mí. ​Hacía demasiado tiempo que no veía a Stephany tan deseosa, tan viva. Hacía años que yo no me sentía así de poderoso, y mi pene nunca había estado tan erecto, tan exigente. Éramos un engranaje perfecto de carne y deseo. Seguí embestiendo a Ivy con un ritmo frenético, sintiendo cómo sus músculos vaginales se tensaban, preparándose para el colapso. Ella gritó de placer cuando el orgasmo la golpeó, sacudiéndola mientras seguía lamiendo frenéticamente a Stephany. Al mismo tiempo, extendí mi mano para tocar el clítoris de mi esposa, siguiendo el ritmo de mi propia embestida. Vi cómo Stephany llegaba también, su cuerpo arqueándose sobre el de Ivy, sus gritos uniéndose en una sinfonía de liberación que inundó el baño. ​Finalmente, llegué yo. Fue una descarga violenta, una entrega total que me dejó vacío y exhausto. ​Nos dejamos caer los tres en el suelo del baño, bajo el agua que seguía cayendo, ahora tibia. Estábamos agotados, con los cuerpos entrelazados y la respiración entrecortada. El mármol estaba resbaladizo, el vapor empezaba a disiparse y la realidad de lo que acabábamos de sellar empezaba a asentarse. ​Miré a Ivy, que descansaba su cabeza en el pecho de Stephany. Estaba marcada, iniciada y, sobre todo, nuestra. Miré a mi esposa y vi en sus ojos un brillo que creía perdido para siempre el fuego de la complicidad absoluta. El contrato de tres meses apenas comenzaba, y yo ya sabía que este era el negocio más lucrativo y peligroso de toda mi carrera. No solo habíamos salvado un matrimonio; habíamos creado un monstruo de deseo que ninguno de los tres querría abandonar jamás.
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