Capítulo : Cuando Decidí Elegirme
Recuerdo aquel día con una nitidez dolorosa, como si lo estuviera viviendo de nuevo. La angustia y la confusión me envolvían, me asfixiaba. Todo parecía frágil, a punto de romperse. Yo me sentía asi ,quebrada, agotada, invisible,rota .
Apenas comenzaba a recuperarme de la fractura en la espalda que me había dejado postrada durante semanas. Aunque mi cuerpo poco a poco sanaba, mi mente seguía atrapada en una tormenta de pensamientos. Había perdido algo en el proceso: mi fuerza, mi identidad, mi voz.
El verano había sido un caos interminable, médicos, rehabilitaciones, noches enteras de insomnio, intentando encontrar una posición en la que el dolor no fuera insoportable. Y, sin embargo, lo que más me pesaba no era la fractura en mi espalda, sino la carga en mi alma.
El doctor Fuentes , un amigo de la familia, fue quien descubrió lo que en un principio pensamos que era solo un golpe. "No es normal que el dolor sea tan intenso", dijo con la seriedad de quien está a punto de dar malas noticias. No era extraño que no pudiera moverme. Mi cuerpo estaba gritando, suplicando descanso, pero más que eso, mi corazón estaba pidiendo auxilio.
Aquella tarde, el calor era sofocante. El ventilador en la esquina de la habitación giraba con un zumbido monótono, sin lograr calmar la sensación de asfixia que llevaba dentro.
Estaba recostada en la cama, intentando encontrar un poco de paz, cuando sonó el teléfono. Lo tomé sin ganas, sin imaginar que esa llamada cambiaría todo.
—Bea, voy a buscarte —dijo Gonzalo, mi yerno, con una voz pausada, temblorosa—. No te asustes, pero a Ale le dio un infarto. Lo están llevando al sanatorio.
Las palabras me atravesaron como un rayo.
En un instante, el aire se volvió pesado, irrespirable. Mi mente se llenó de imágenes confusas, de preguntas sin respuesta. ¿Cómo? ¿Por qué ahora?
Me obligué a incorporarme, ignorando el dolor que me atravesó la espalda como un relámpago. No podía quedarme ahí.
Cuando llegamos al hospital, tenía el corazón en la garganta. Las luces frías del pasillo parecían más brillantes de lo normal, cegando mis ojos . El olor a desinfectante me revolvió el estómago.
Un médico se acercó. Nos miró con seriedad, con ese gesto profesional de quien ya ha dado demasiadas noticias como esa.
—El infarto fue grave —dijo con voz firme—. Su estado es delicado.
Mi cuerpo se tensó. Sentí que me faltaban las fuerzas.
Nos tocó esperar. Minutos. Horas.
La familia comenzó a llegar, rostros conocidos llenos de preocupación. Nos abrazamos en silencio, sosteniéndo nos mutuamente, compartiendo el mismo miedo.
Cuando finalmente nos dijeron que Ale estaba fuera de peligro, sentí una mezcla de alivio y agotamiento.
—Tuvo suerte —dijeron los médicos.
Solté una risa amarga.
—A este gato le deben quedar pocas vidas.
Porque Ale siempre había sido así, un sobreviviente, alguien que lograba salir adelante a pesar de todo. Pero esa vez, algo dentro de mí cambió.
Me di cuenta de que yo no quería seguir sobreviviendo. Quería vivir.
El peso del desgaste
Los días que siguieron fueron una prueba de resistencia.
Lo cuidé como siempre lo hacía: ayudándolo a levantarse, a bañarse, a seguir las recomendaciones médicas. Le di todo lo que tenía, una vez más.
Pero algo en mi interior se quebró.
Mi espalda me dolía.
Mi alma me dolía más.
Había pasado tanto tiempo priorizando a los demás, empujando la vida de Ale hacia adelante, remando contra una corriente que nunca me perteneció, que un día desperté y no me reconocí.
Una tarde, mi médico fue claro.
—Si no empiezas a cuidarte, Bea, no vas a aguantar mucho más.
Lo escuché sin pestañear. Sus palabras no eran nuevas. Lo sabía.
Pero lo que no sabía era cómo detenerme.
Miré mis manos. Mis dedos temblaban.
Mi cuerpo entero estaba agotado.
Ese día, en silencio, tomé una decisión. Una que cambiaría mi vida.
Pensé en Dani.
Mi hijo aún me necesitaba.
Todavía tenía que criarlo, verlo crecer, apoyarlo en cada paso de su vida. No podía seguir viviendo al límite, arriesgando mi salud por alguien que no quería cuidar la suya.
Pensé en mis nietos, en el que estaba por nacer.
Quería estar ahí para ellos.
Quería verlos crecer, abrazarlos, contarles historias, cocinar sus comidas favoritas. Quería ser la abuela que ellos recordaran con cariño, no una mujer quebrada por un amor que nunca terminó de cuidarse a sí mismo.
No podía seguir con esa angustia constante, con la incertidumbre de nunca saber si Ale llegaría a casa, si lo encontraría en el suelo, si una llamada telefónica me arrancaría lo último de paz que me quedaba.
No quería seguir viviendo con miedo.
El adiós que me rompió
Cuando volvimos a casa, vi a Ale intentar cambiar. Lo intentó de verdad.
Duró diez días contados con los dedos de mis manos el cambio .
Pronto volvió a sus viejos hábitos, los bizcochos en la mesa, las excusas que disfrazan la realidad, esa actitud despreocupada que me había enamorado alguna vez, pero que ahora solo me llenaba de frustración .
Lo vi y sentí cómo cada una de mis fuerzas se apagaba,estaba cansada de todo .
Y entendí algo, no podía seguir así.
No podía seguir sacrificando mi salud por alguien que no estaba dispuesto a salvarse a sí mismo.
Una tarde, me quedé en la sala, con la mirada perdida en el suelo. La casa estaba en silencio, pero dentro de mí todo era un grito desesperado.
No quería hacerlo.
Pero tenía que hacerlo.
Me levanté. Caminé hasta el armario y tomé su bolso.
Con manos firmes, empecé a llenarlo.
Cada prenda que colocaba dentro era un golpe directo al corazón.
Las lágrimas corrían por mis mejillas, silenciosas, pero inevitables.
No era falta de amor. Nunca lo fue.
Cuando escuché el sonido de la puerta abrirse, mi cuerpo se tensó.
Ale entró y, en cuanto vio la maleta en el suelo, lo entendió.
Sus ojos se encontraron con los míos, cansados, dolidos, pero determinados.
Dije lo que había pensado todo el día ,las palabras fluyeron y dolieron.Como vio que tenía razón no dijo nada más. Solo comprendió y mi mente quedó pendiente a lo que podía decir, pero entendió que ya no había vuelta atrás.
Ale ,No dijo nada.
Yo tampoco.
No hacía falta hablar .
Cuando tomó el bolso y se giró para marcharse, el sonido de la puerta al cerrarse fue un eco en mi pecho.
Dolía ,obvio que dolía pero era necesario,no fue precipitado, fue una decisión que me costó mucho tomarla .
Me senté en el suelo, abrazando mis rodillas.
No podía obligarlo a cambiar.
Pero sí podía salvarme a mí misma.
Miré hacia la ventana.
El cielo estaba teñido de colores cálidos. El sol se estaba poniendo.
Pero supe que, después de la noche más oscura, siempre vuelve a salir el sol.
Porque esta vez me elegí a mí.
No por egoísmo.
Por supervivencia.
Porque el verdadero amor también sabe decir adiós.