Ale caminaba por la casa, inquieto, con el corazón latiendo con una intensidad dolorosa, intentando concentrarse en algo, pero su mente no dejaba de repetirse las mismas preguntas, golpeándolo como un eco insoportable: ¿Dónde está Bea? ¿Cómo fue capaz de irse así, sin decirle nada? ¿Por qué lo había dejado en esa incertidumbre, en esa maldita angustia que lo estaba consumiendo desde dentro? Había llamado a todos los aeropuertos, esperando contra toda esperanza encontrar una respuesta, una pista, una señal que le dijera hacia dónde había volado. Pero lo único que obtenía era la misma frialdad en la voz de los empleados que le respondían con negativa, sin poder ofrecerle ninguna información concreta. Pasó horas revisando vuelos, haciendo listas mentales de los destinos posibles, preguntando

