El viaje desde mi país hacia Alicante fue más largo de lo que imaginaba, cerca de trece horas contando las escalas. Antes de abordar, el cansancio y las emociones me revolvieron el estómago. La ansiedad se entrelazaba con la tristeza, y la incertidumbre me pesaba en el pecho. Por suerte, tomé una pastilla para las náuseas que me dejó dormida durante varias horas del vuelo. No fue un sueño reparador, sino inquieto y fragmentado, pero al menos me ayudó a llegar con algo de energía. Cuando anunciaron el embarque, mi corazón comenzó a latir con fuerza. Subir al avión por primera vez me generaba una mezcla de emoción y miedo. Las manos me sudaban mientras sujetaba el pasaporte con fuerza, como si ese documento fuera lo único que me mantenía anclada a la realidad. Miré a mi alrededor, viendo a

