Siempre sentí que mi primo se había enamorado de la idea de una persona que no era buena. Que se había dejado encandilar por un hombre despiadado, con dinero y poder… dos cosas que, aunque no lo sepamos con claridad o no queramos reconocerlo, todos las deseamos.
Vito Staton era el niño que lo había tenido todo: los colegios caros, los carros, la mejor ropa. Su madre era hermana de un traficante, pero incluso antes de eso su familia ya poseía propiedades y comodidades. Estaban acostumbrados a esa vida. Ella se había casado con alguien que podía darle lo mismo: dinero y estabilidad. La vida de Vito —su versión del matrimonio y el romance— estaba lejos de lo que nosotros conocíamos. No había cuidados, ni amor, ni sexo. Sus padres eran fríos el uno con el otro, pero coincidían en algo: su hijo era su mejor creación. Lo daban todo por él… y le exigían al mismo nivel.
Él consideraba que todos teníamos el potencial de ser lo mejor, lo máximo, y esperaba que así fuera. Quería que cada idea, cada pregunta, cada movimiento fueran impecables. Esperaba siempre lo mejor… de todos.
Hace una seña a la niña para que cambie de asiento y se coloque los audífonos. Ella rueda los ojos. Entonces, Vito ordena a uno de sus guaruras que vigile que obedezca. La azafata nos deja una copa de champán a cada uno. Él le da un sorbo, relajándose, aunque aún no celebra nada.
Yo me quedo en silencio, observando cada uno de sus movimientos… y esperando lo mejor. Porque no creo que su plan sea matarme. Aunque… ha estado sospechando que soy una policía.
—Sé que han sido unos meses de mucho aprendizaje para ti. —su voz es calmada, pero cargada de intención—. Que tenías un plan y salió distinto. Yo pensaba diferente cuando te conocí. Hace mucho tiempo que no trabajaba con nadie.
—¿Qué pasó con la anterior administración? —pregunto, en tono de broma.
—Era mi mejor amigo. Lo adoraba… se convirtió en mi hermano. Creció el negocio, y cuando eso pasa, hay dos opciones: dividirse o que la policía intervenga.
Vito logró sorprenderme porque pensaba que hablaría de la mujer que su tío mencionó. En su lugar ha tocado al fibra más sensible entre los dos, proque sí me siento enamorada, sí disfruto muchísimo del sexo y al adrenalina que trae nuestra relación, pero a mí no se me olvida que él mató a mi primo.
—¿Y qué hizo?
—Ninguna.—responde tranquilo. — Pero su madre era fiscal… y le puso una orden de aprehensión. Empezaron a perseguirlo de arriba abajo. Un día no llegó. No fue a trabajar. Eso no era como él. Lo busqué por todos lados… y lo encontré en una de las bodegas. Muerto. Una sobredosis. Que no me creo. Betico no era así. Él no era de drogas… era de esa gente que come espinacas para ser como Popeye. —lo dice con humor, pero se quiebra al responder
—. Vendía, pero no se metía.
—Exacto.
Los dos sonreímos y nos quedmaos en sielncio un moemntoporque hablar de Beto es doloroso. Es obvio que no era la persona perfecta, pero era un gran amigo; un hombre inteligente, trabajador y creativo. Mis mejores recuerdos de infancia y adolescencia lo incluyen y creo que para él fue igual.
—¿Qué pasó entonces, Vito? ¿Si eran tan cercanso qué salió mal?
—No sé. Es uno de esos misterios que te quitan el sueño. Quizá vio algo. Quizá alguien lo drogó. Quizá estaba consumiendo y yo no lo noté. En esa época… no me daba cuenta de mucho. Estaba enfocado en mantener el negicoo, en demostrar que tenía todo para mantenerme a la cabeza de él.
—¿Crees que te traicionaba?
—Sé que lo hacía, con mi novia. Paula. Ella se acostaba con él. Se suicidó unos meses antes. La encontramos en la bañera cuando volvimos de un viaje.
—¿Dos suicidios no te parecieron sospechosos?
—Paula tenía problemas. Ella pudo haberse matado. Pero Beto, no. Beto tenía todo para entregármelo, para vivir feliz, para quedarse con la mitad de mi negocio y convertirse en alguien más grande que yo o mi tío. No sé… nunca terminas de conocer a nadie.
Toda esa información se agolpaba en mi cabeza. Me tragué el dolor de Vito, su tristeza. Sus ojos eran sinceros, pero… dos suicidios, un amorío entre su mejor amigo y su novia. El primer y único sospechoso era él. Una venganza pasional. Pero nunca le había visto actuar de manera irracional ni emocional. Siempre calculado. Siempre estudiado. Incluso este viaje, tenerme atrapada en un avión, confesándome su pasado… era señal de control. Ninguno de los dos podía huir. Y si alguien tenía asegurada la salida… era él.
—Perderlos me hizo muy selectivo… hasta que te conocí. —reconoce Vito, y yo asiento.
—Al instante lo supe, Ileana. Eres preciosa, inteligente, muy preparada. Eres una mentirosa espectacular. Pero necesitas elegir. Yo te estoy dando la oportunidad de tus sueños. Descubramos, de una vez por todas, quién mató a Beto.
—Si lo sabes, ¿por qué me trajiste aquí?
—Porque voy a fingir mi muerte… y la tuya, si aceptas. En treinta y cuatro minutos, los cuatro vamos a saltar. Encontrarán cadáveres. Nos declararán muertos. Correrá el rumor de que me enfadé, que te subí a la fuerza, que te amenacé… que hubo fallas mecánicas y no sobrevivimos. Pero probablemente, desde un inicio, mi plan sea asesinarte.
—Estaremos seis, ocho meses en silencio. Desconectados. Seremos una pareja de papás jóvenes, con nuestras hijas escondidos en un pueblo insignificante. Después, tú volverás a enviar información relevante, tanto para nosotros como para ti. Si quieres regresar… podrás hacerlo. Habrás colaborado.
—¿Y tú?
—Yo seguiré muerto. No volveré. —su voz cae como un filo—. No es la vida que quiero.
—Si sabes quién soy desde el inicio, ¿por qué no hiciste nada?
—Al principio pensé que me ayudarías a presionar a Asher. La competencia hay que eliminarla como se pueda. Ganarse la libertad tiene un precio. Mi tío es consciente de los cambios en la ciudad. Para sobrevivir, él y la policía necesitan un enemigo común.
—Por eso dejaste que Paco tomara lugar.
—Sí. Que el MDMA entre con fuerza. Que la gente muera. Que la policía lo persiga. Eso nos deja crecer, producir y vender a gran escala. Nuestro plan nunca fue llenar las calles de Mainvillage. Todos quieren venderle a Estados Unidos. La tierra prometida. La gente allá busca diversión… o olvido. Y esa desesperación, la que te despersonaliza, es la que genera dinero.
—No hay forma de que tu plan funcione.
—Hay otra opción.
—¿Cuál?
—Ven. Quédate conmigo. —responde, llenando su copa—. Dijiste que me amas. Para mi tío y para Lexie, eso es debilidad. Yo sé que sí, pero quiero que me ames. Ámame. Elígeme. Quédate conmigo. —pide, con los ojos fijos en mí—. La vida es una apuesta… apuesta por mí. Procuraré no fallarte.