El punto más oscuro

2414 Words
Yo desperté varios días después, más de los que Staton había anticipado, porque el cóctel que me sirvieron y el bajo peso en el que estaba no fueron bien calculados. Abrí los ojos y vi a Domenic conversando con Rich Westborn; esa era mi señal. El hombre se giró, me vio, vino corriendo a abrazarme; lloró incluso, y yo lloré con él. Lo abracé. —Hija, dime que recuerdas algo —ruega con la voz rota. Sus manos acarician mi frente, mi pelo y mis mejillas; yo trato de ubicarme en el lugar en el que estoy, en la situación y en el malestar físico que siento. Estoy mareada, la garganta la tengo seca, me siento cansada, y él lo nota, mientras me dice que me tranquilice, que estoy segura, en casa. Me da un poco de agua y llama a una de las enfermeras para pedir ayuda. La joven se presenta con una sonrisa; me hace unas preguntas —si sé dónde estoy, a lo cual respondo con un movimiento de cabeza; pregunta por el día de la semana y no lo tengo claro, y mucho menos sé qué año es—. Él me mira dolido, abrumado por la realidad. La enfermera me asegura que es normal, que debo mantenerme tranquila y poco a poco los recuerdos vendrán. Yo asiento, me agarro de las cobijas de una manera que vi a Margaret agarrarlas, me acomodo en posición fetal, y él parece convencido con eso. Se acerca y me abraza; me da un beso que podría parecer tierno, si no fuera detrás de mi oreja por un hombre que es capaz de acostarse con su propia hija. —Estarás bien, cielo. —Papá —le llamo—, ¿dónde está Pauli, papi? —pregunto entre lágrimas. Él me ve sorprendido y traga fuerte antes de acariciarme el pelo, destrozado. El médico interviene y me revisan; eso es lo que hicieron por horas. Desde el momento uno, Domenic parece una buena persona: un padre preocupado, amoroso; su atención está en su hija recién aparecida, y eso es lo que nos da una ventana para preparar las siguientes fases del plan. Mi estado de salud, bastante precario, hizo que me mantuviera una semana más en el hospital, pero al salir me entregaron las pocas cosas con las que vestía cuando llegué. Domenic empujaba la silla de ruedas tranquilamente hacia la salida cuando un teléfono empezó a sonar. Él me mira; yo a él. La verdad, finjo no estar enterada de nada. Es tan predecible como Staton pensó. Ha cambiado por completo las estrategias que mi novio y su hija planearon. Es esperable: su hija reapareció después de más de diez años; yo no sé si estoy lista para ir a una casa con él a solas. No sé si el monstruo se ha ilusionado con la reaparición de su hija. Recibo todo el tratamiento que es posible; los médicos van y vienen, pero él no se despega del lado de mi cama. El médico insiste en que lo mejor para una persona que ha estado en cautiverio, desnutrida y herida es quedarse en reposo en el hospital; él insiste en que estar en casa, con mis cosas, mis recuerdos, mejorará mi salud, y eso fue lo que hizo. Sin embargo, un sonido persistente interrumpe: entonces me quita la bolsa, toma el teléfono y contesta la llamada. —¿Quién es? —pregunta. —El dueño de tu hija —responde el hombre, divertido. —¿Qué quieres? —Tú te robaste a mi sobrina y yo te robé a mi hija, pero el juego acaba de iniciar —advierte y finaliza la llamada. Yo le pregunto quién llamó, de quién es el teléfono, porque no es mío. Lloro, me muestro frágil y él trata de tranquilizarme para sacarme del hospital. Su prioridad es alejarme de todo, de todos, y tratar de mantener el control de las cosas. Cuando llegamos a su casa —la casa que he visto en fotos— me dejan sola en mi habitación. Yo aprovecho para descansar porque no me siento nada bien. Paso casi un mes comiendo, durmiendo, tratando de recordar cosas que no están realmente en mi cabeza y conectando con la lástima y el dolor que hay en Domenic. Lo trato de convencer de lo importante que es para mí atrapar a las personas que me hicieron esto, lo necesario que es reencontrarme con ese pasado que está lleno de dolor y de miedo, aquello que no puedo recordar. —Cuando llamaron, cuando me dijeron que eras tú, no lo creí. No sé… no fue hasta que vi las pruebas de ADN, las huellas digitales y el daño que esos desgraciados le hicieron a tu cuerpo que entendí que sí eras tú —responde. Parece sincero cuando me toma de las manos—. Hija, nada es lo que recuerdas. —Creo, papá… creo que esto se debe al negocio. —Hija, en diez años he crecido exponencialmente. Si fuese por el negocio te hubiesen devuelto antes o asesinado —responde—. He dedicado mi vida a trabajar sin tu hermana y sin ti, sin usarlas como monedas de cambio, sin el riesgo de perderlas, porque ya lo había vivido. Me he dedicado a hacer y deshacer. Trafico gente en tantos lugares del mundo y por tantas razones que… —se encoge de hombros— si tuviese que elegir quién te hizo esto, la lista de enemigos es gigante —vuelve a hablar; me toma de las manos y me mira a los ojos—. ¿Huiste o te soltaron? —No recuerdo nada. Solo sé que fui una más de las chicas… que vendíamos. Amarrada en una cama, hombres haciendo y deshaciendo con mi cuerpo sin mi consentimiento, trasladada de un lugar a otro, pero siempre había uno. “Mambo”, le decían; él solía recordarme que estaba ahí por ti. —Me di por vencido —dice mientras llora—. Yo debí saber que no huiste, sino que algo había pasado. Todo esto es mi culpa —reconoce en medio de lágrimas enormes, que logran conmoverme. Le acaricio la espalda y él llora desconsolado, antes de recordarme que lo importante es que estamos juntos, que estoy viva. —Tú no viviste lo que yo, y necesito que alguien se haga responsable. —Margie, si tú estás aquí es porque una guerra se avecina. Quien sea que te hizo esto viene a por mí, y lo mejor, hija, es huir. —Te voy a dejar clara una cosa: yo no voy a huir. Yo voy a matarlos, así tenga que hacerlo sola. Así que, la próxima vez que el teléfono suene, voy a contestar yo, y resolver yo, y vengarme yo sola de lo que me hicieron a mí —respondo, molesta, y me voy. Domenic tiene clarísimo que nadie regresa porque sí después de diez años de brutal maltrato que los médicos confirmaron con imágenes; que las huellas en mi piel le cuentan; que los golpes, que apenas van desinflamándose, le recuerdan. Los colores morados están por dejar mi piel blanca, pero siguen ahí para recordarle que fue fácil manipularle. Esa misma noche me promete que, si hago todo el esfuerzo por recuperar mi salud, él pondrá a su gente a mi disposición para hacerle pagar a la persona que atentó contra mi vida. Yo asiento, lo abrazo y él me abraza de vuelta. Sus labios buscan los míos, y por más asco y miedo que siento, por más disgusto que atraviesa mi pensamiento… A pesar de que no se trata de Vito, de la forma en la que sus manos se acomodan en mi espalda y mis labios instintivamente buscan los suyos, respondo y recibo ese beso, porque sé que parte del control de Margarita sobre su padre se basa en la sexualidad, en el vínculo secreto e impenetrable que manejan. Lo beso unos cuantos segundos antes de apartarme. —Para mí, esto ya no funciona así. Dejé de ser tuya. No sé si pueda… —No hay prisa, cariño; todo tiene su momento. —Tal vez nunca vuelva a esa lista. —Lo estarás —asegura y levanta mi barbilla con el acto de dos de sus dedos. Le miro a los ojos—. Descansa, princesa. Domenic decide apartarme de todo. Me llevará a un control con el médico y, si él permite que me lleven fuera de la ciudad, lo hará. Está en todos lados: como el político lo ha dejado todo por ocuparse de su hija recién aparecida tras un secuestro de más de diez años, pide una licencia de cuidado a familiares. A mí me dice que nos vamos a vivir frente al mar, lo cual se sale de todo lo que pensaría que sería posible. Ante este cambio, espero con ansias la visita a mi médico porque es la única forma de comunicarme con Vito; es una excusa para conversar con Orestes, mi médico e intermediario. —Necesito hacerle un chequeo ginecológico —comenta Orestes—. Seré breve —le promete, y yo asiento. —Estaré bien, papá —respondo, y él asiente antes de irse fuera de la habitación. Le escribo la información que tengo para Staton y Orestes me mira dudoso antes de intentar convencerme de prestarle atención. —Necesito dejar esto claro: esta nota es para Gil y esta para Vito, ¿queda claro? —Sí, pero necesito decirte algo. —Estoy prestando atención. —Estás embarazada —me cuesta procesar el anuncio. Sé cómo se hacen los bebés; recuerdo lo apasionados que fuimos Staton y yo, los lugares en los que podríamos haber hecho a un bebé; recuerdo la forma en la que mi cuerpo simplemente buscaba el suyo, la manera en la que mi sexo se contraía al contacto con el suyo. Sé que siempre hay una posibilidad de que falle. Pero soy consciente de lo que he dejado de nutrirme, los medicamentos y exámenes a los que he sido sometida, y no entiendo cómo antes no recibí esta información. No sé cómo voy a decírselo; no sé cómo ser una buena mamá y seguir con este plan. Orestes aclara que, entre la medicación que envió, principalmente hay tratamiento multivitamínico para fortalecer el embarazo y que me había cubierto con cócteles de vitaminas para llenar mis reservas. Sin embargo, Staton no pensó que decirme del embarazo era una buena idea cuando recién desperté en el hospital, y que el último mes había sido crucial para ganarme la confianza de Domenic. —No… no… algo va mal. Yo tomo la pastilla, hace años; incluso cuando estuvimos fuera tomé pastillas —respondo—, y es tu obligación decirme esto desde el momento uno, no cuando te dé la gana. —Lo sé, pero bajaste mucho de peso y suele ser una causa ideal para que pierdan funcionalidad; en tu caso, quedaste embarazada. —No puedo estar embarazada justo ahora. —Estás de quince semanas. —No… definitivamente no —respondo, horrorizada. Él me dirige hacia la camilla, baja el volumen del monitor y me coloca el gel frío sobre el abdomen. Veo a un bebé, lo veo ahí… y no puedo creerlo. —Mi recomendación es que lo abortes. Te dieron drogas para empeorar tu estado; incluso te deshidrataron. El bebé podría venir muy enfermo. Me siento confundida porque veo un cuerpo en miniatura, veo a mi bebé… pero no sé cómo protegerle. Entiendo que las condiciones no han sido las ideales, pero, de haberlo perdido, hubiese pasado hace semanas. Este bebé parece decidido a sobrevivir. Y no voy a ser yo quien lo detenga. —No voy a abortar —respondo con firmeza. —Staton no quiere un bebé. —Vito no está aquí, y no es una decisión que sea de ustedes por tomar, sino mía. Pensemos cómo hacer para que esto funcione. —Trabajo para él. —No voy a abortarlo, así que necesitas hacer este embarazo tan viable y saludable como sea posible hasta que me saquen de aquí —le advierto—. Mi bebé va a nacer bien. —Me limpio el abdomen antes de bajarme de la camilla—. Dile que esto podrá alargarse y que voy a ser mamá con o sin su apoyo —respondo y salgo de la habitación. Orestes sale un par de segundos más tarde y me da una receta con vitaminas intravenosas y una orden para una toma de muestra de sangre. Le dice a Domenic que todo salió genial, pero que, por mis síntomas y mi anemia, a lo mejor conviene darme más hierro y vitaminas del complejo B. Me llevan a una sala de infusiones. Envío a Domenic por unas galletas de la máquina dispensadora y una enfermera se acerca para entregarme una botella con agua y una nota. Estoy contigo. Es la letra de Staton. Me queda claro que está aquí, vigilándome de cerca, pero no sé si se refiere a que está de acuerdo con tener al bebé o si quiere hacerme sentir que me apoya. Yo me quedo seria y trato de ocultar mi mal humor cuando veo a Domenic. —Nos marcharemos al acabar esto. Siempre te ha gustado el mar, como a tu madre. —Sé que me hará bien —respondo, y él deposita un beso en mi frente. Una hora más tarde, me lleva a su auto. De vuelta en el aparcamiento, todo parece normal: un día soleado, radiante. Pero dentro de mi cabeza va todo mal; estoy asustada a más no poder. Staton tiene un plan para regresarme a mi vida; en realidad, yo solo quería mantenerme aparte de la suya, y con un hijo es innegable que seríamos parte de la vida del otro por la eternidad, incluso si él no desea ser papá. Estamos a punto de subir al auto cuando unos jóvenes en moto pasan a alta velocidad; lo llaman, Domenic se voltea y tiran piedras hacia nuestro auto. El mensaje es claro: nadie sale herido, pero la policía tiene que venir a investigar. Nos preguntan; yo hago el papel de víctima. Aun así, el investigador a cargo nos lleva a la estación de policía para ser interrogados. Domenic está furioso, sobre todo cuando lo meten en los carros de la policía; se aseguran de mantenernos separados. Yo entro a una sala de interrogatorios y ahí están mi padre, Gil y Vito.
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