Líneas

1768 Words
Cruzar de línea es tan fácil que uno no se da cuenta. Staton está preparado para todo; eso quiere decir que estudiamos y practicamos cómo subir a un paciente correctamente en la camilla, qué hacer si convulsionaba frente al médico de guardia. Todo lo que se le ocurrió lo probamos esa mañana. Salimos los dos con pelucas; él lleva bigote. Su equipo está más que listo: viene un médico vestido de paramédico. Nos dirigimos a la cárcel, dan la llamada; en menos de tres minutos nos movemos a la localidad. Los guardas casi no nos revisan porque vamos vestidos de personal de salud. Luego “rescatamos” al prisionero, nos llevamos al enfermo en su camilla, viajamos junto a él, hacemos cambio en el kilómetro uno de ambulancia a otra, viajamos tranquilamente hacia el sitio seguro, le dan atención médica, y en unas cuantas horas está lo suficientemente recuperado como para maldecirnos. La policía está buscándolo por todo el país. Nosotros nos mantenemos tranquilos, guardados. El lugar no es tan bonito como la mansión, pero es seguro, tranquilo, y está viva la persona a la que casi mato para lograr mis ambiciones. —Creo que no voy a contratarte —me dice, serio. —¿Por qué? —No trabajo con nadie a quien quiero follarme. —Um… yo quiero lo mismo, entonces podríamos ser profesionales y no sucumbir a nada inapropiado… o podríamos ser inapropiados y seguir trabajando juntos. —Tengo una vacante disponible para ser mi mujer. —Elijo el trabajo. Las ganas de sexo se nos van a pasar, pero el trabajo continúa —respondo, y me alejo, porque lo que se obtiene fácil se va fácil. Además, yo había estado solo con un hombre; yo solo había tenido sexo por amor, y no me sentía lista para traicionar a Gil así. No estaba lista para eso. Me quedé con el grupo; huí todo lo que era permitido cuando estás encerrada en una casa con alguien. Los siguientes dos días permitimos que se recuperara el verdadero cocinero y pusimos al pequeño a vigilarle. Escuché que Staton le había conseguido una beca para estudiar. Sonreí mientras el chico me contaba las posibilidades infinitas que se le abrirían si lo lograba. —¿Entonces la de las ideas aquí eres tú? —pregunta Abelardo. —No sé de qué habla. —Mi sentencia terminaría en cinco meses —me advierte—. Ahora soy un fugitivo, van a buscarme, todo está cambiando y me has convertido en un hilo del cual tirar. —Yo me he conseguido al mejor cocinero del país; yo quiero producir en masa. No quiero dificultades por tener que pasar de un país a otro o a un barco. Mi obligación es facilitar la distribución, y cuando todo esté listo para que entrenes a alguien y podamos controlarlo, yo te voy a dar la libertad económica para largarte —respondo—. Piénsalo como una capacitación con todo pagado. El hombre no oculta su desagrado hacia mí y Staton no oculta lo incómodo que está a mi alrededor. Se muestra serio, y Coco le advierte que esa no es la forma de conquistar a una chica. Los dos le regañamos por meterse en lo que no le importa, y sobre todo en nuestras vidas privadas. Antes de salir de la habitación, le doy una palmada en el pecho a Staton y le aseguro que el niño no está equivocado. Él me toma de la muñeca, no lo suficientemente fuerte como para lastimarme, pero sí para retenerme. —Cena conmigo. —¿Qué clase de cena? —Una cena formal, importante —responde mirándome a los ojos. Yo asiento y él sonríe antes de darme una tarjeta, pedirme que me compre algo bueno. Yo ruedo los ojos y decido aprovechar para verme con mi handler. Lo único que tenía que lograr era ir al bar de striptease, y eso me salió de maravilla. Recorrí la ciudad sin demasiada persecución. Cuando llegué al local me llevé una sorpresa terrible. Estaba saqueado; no sé si la policía o si los Staton, pero había vidrios por todos lados, fragmentos del lugar. Era terrible, se veía doloroso. Me fui, y seguí el protocolo: busqué un teléfono público, marqué el número que me correspondía, luego lo dejé descolgado y me fui. Si yo no puedo contactarles, ellos lo harían. Me fui con esa sensación de miedo, el frío que te sube por la nuca, porque muchas cosas podrían estar mal. ¿Qué tal si la cena es para matarme? Conduje por la ciudad, vi dos estaciones de policía, pero no quería volar mi coartada; no quería ponerme en la lista negra de Staton, no cuando empezaba a confiar y no cuando había dicho que me deseaba. Elegí ir a mi casa, la casa de Lily, y cuando llegué, Edward estaba ahí, sentado, esperándome. —Has tardado en contactarte. —He tenido que ganarme mi lugar en la operación —le recuerdo. —Te has “tocado” un delincuente para ello. —Me dieron luz verde. —Necesito que mantengas en esa cabeza tuya que eres Lily; que tienes que hacer todo eso, pero sigues siendo policía encubierta: una policía buena, una condecorada en sus entrenamientos. Una mujer con la misión de poner tras las rejas a la persona que mató a su primo. Porque, si en 72 horas de trabajo has creado un desastre que me genera un papeleo aparentemente interminable, me preocupa dejarte ir. —En 72 horas me he posicionado como parte del equipo —le aseguro—. Dame esta oportunidad. Él suspira, preocupado, asiente, estrecha mi mano y se pone en pie. Camina hacia la puerta y no responde ninguna de mis preguntas: no me dice qué ha pasado en el club, no me dice cuándo volveremos a vernos y tampoco me dice cómo le está yendo a Gil. Solo se va en silencio, llenándome de misterio. Yo voy a la lavandería del vecindario y dejo la carta que le prometí a Gil, detallándole lo mucho que le extraño y que le amo. Me arreglé para mi cita, sin saber muy bien qué me esperaba. En realidad, negándome a convertirme en esa persona. Llegué puntual a la dirección que él envió; me estaban esperando en un edificio para llevarme en helicóptero a otro lugar. Staton estaba fuera, esperándome: una casa modesta, tranquila y bonita, con un jardín grande y privado. Él me ayuda a bajar y me ve con cierta ternura. Sus ojos me parecen dulces y sinceros, pero en mi cabeza escucho la voz de Edward, avisándome, recordándome que esa es la persona que ordenó la muerte de mi primo, la persona por la que no estoy abrazando al verdadero amor de mi vida. Él me pone con cuidado en el suelo, y me acaricia el pelo, lo acomoda detrás de mi oreja. —¿Qué hacemos aquí? —pregunto, y observo el cielo bañado por tonos de naranja, el clima fresco, natural, limpio, los árboles resonando cada que pasa la brisa. Me queda claro que es un lugar especial para él. —Esta es mi casa de escape. Pensé en un restaurante, pero siento que nunca he tenido nada para mí, nada solo mío, y quiero eso contigo. —¿Por qué sientes todo eso de repente? Me acabas de conocer. —Siempre sé lo que quiero, y sé que te quiero a ti, en mi cama y en mi vida. —No estoy lista para enamorarme y poner parte de mi vida entre tus manos. No estoy lista para dar un brinco de fe y después perderlo todo, porque he tenido que reinventarme muchas veces para estar aquí y no soy de romances pasajeros; soy de enamorarme para toda la vida, entonces no sé a lo que he venido. —Por eso te he invitado. ¿Qué tal si cenamos y hablamos de nosotros? —pregunta, y besa los nudillos de mis dedos. Yo le beso, primero en la mejilla, luego sostengo su rostro entre mis manos y me inclino para besarle. Le beso despacio en los labios; él me acerca a su cuerpo, me acaricia mientras su boca devora la mía con hambre. Me carga y yo enredo mis piernas sobre su cadera. Él me lleva al interior de la casa, se deshace de su ropa y de la mía con avidez, y en menos de lo que imaginé estamos desnudos, repartiendo besos sobre el cuerpo del otro. Lleva uno de mis pezones a sus labios; yo me aferro a sus hombros fuertes y varoniles. Su falo busca mi interior, húmedo y receptivo, y se introduce lentamente en mi cuerpo, tentándome. Le miro y le siento profundamente; no puedo evitar compararle con Gil, no puedo dejar de pensar que le estoy traicionando, pero mi cuerpo está lleno por Vito, lleno de sensaciones, de sonidos, de olores, de su cuerpo y su perfume. Todo gira a su alrededor y todo se torna placentero. Me permito disfrutar, incluso si me siento confundida, mientras me penetra con fuerza, con un ritmo constante, seco. El sonido me enciende tanto como el cuerpo del hombre que me tiene aplastada contra la pared mientras me folla. Gimo contra su oído; el miedo abandona mi cabeza, porque ahora solo predomina el placer, el deseo. Quiero sentirle, quiero más, lo quiero de nuevo, quiero ser su perra, y se lo digo. Él se enciende, lo hace con más desenfreno, con fuerza, con deseo. Siento sus dedos acariciando mi zona perianal, que nunca antes había dejado que nadie explorara, su lengua lamiendo mi cuello, mis manos acariciando su espalda y mi boca buscando la suya. Le siento correrse dentro de mí y le miro con sorpresa. Él acaricia mi clítoris para ayudarme a finalizar y oprime con fuerza uno de mis pechos, luego el otro. Yo grito, mi cuerpo se contrae y hay más líquido; siento todavía su polla palpitando dentro de mí. Reposo mi frente en la curva de su cuello y él se sostiene de la pared, me estruja con su cuerpo para evitar que nos lastimemos. En cuanto se recompone un poco me lleva al sofá, besa mi cuerpo en espera de repetir. Se recupera rápido; yo le acaricio, me pongo guarra y le digo lo que quiero oír. Y la línea desaparece, porque solo estoy ocupándome de mí y de Staton. Ese es el problema: toda línea puede borrarse. Espero que le esté gustando la historia, ya saben, comenten muchísimo y les pido por fa me ayuden recomendado, que entre más lectoras mejor.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD