Capítulo 19: Sofía

1270 Words
¡Estúpido! ¡Estúpido! No sé por qué tiene que decirme cosas así. Ni siquiera sé qué decir, así que simplemente salgo sin siquiera darme vuelta o responderle algo. No quiero que sepa que sus palabras aceleraron mi corazón. Nunca voy a admitirlo, menos a él. Y porque es muy poco profesional. Nunca me ha importado si un hombre me encuentra hermosa o no. Sé cómo me veo, sé cómo explotar mi potencial, pero sus palabras… Dios… Lo odio. El resto de la tarde es tranquila. Él no me vuelve a llamar a su oficina y yo siento pequeños resquicios de querer ir a decirle cualquier cosa. Ahora mismo estoy en una encrucijada porque estoy siendo contraria a mis palabras. Fui yo quién le dijo que no podíamos volver a hacerlo. Sigo pensando igual, pero una parte de mí todavía quiere que se repita. No puedo poner en peligro mi futuro. Eso es lo único que me frena de ir a su oficina. Cuando lo veo abrir la puerta, de pie en todo su esplendor, no puedo evitar pensar que es tan malditamente atractivo. —Hasta mañana, señorita Guerrero —dice, saliendo con las manos en los bolsillos—. Vaya a casa, después dice que no le doy tiempo y que solo tiene que usar el satisfayer. Pongo los ojos en blanco. —Siempre puedo ir a un bar, lo sabe —respondo—. Pero ya me iré. A ninguno de los dos se nos pasa la insinuación. Christian levanta una ceja desafiante. —Lo mismo digo. Aprieto la mandíbula. ¡Qué me pasa! Yo no soy así, pero me siento tan enojada que me dan ganas de gritar. —Bueno, es sabido la fama de mujeriego que tiene. Seguramente llamará a alguien que irá corriendo a comerle el pene. Christian me mira sorprendido. Incluso yo lo estoy. No puedo creer que haya dicho eso. Sin embargo, él pasa rápidamente de la sorpresa a la frustración, y luego al enojo. —Claro que es así, Sofía —responde—. Las mujeres se me abren de piernas con una sola palabra. Pero eso usted lo sabe, también lo hizo. Abro la boca sorprendida por su desfachatez. Me levanto de mi escritorio y me acerco a él sin importarme nada más. Podría perder mi trabajo por esto, pero con una mierda que no lo voy a dejar pasar. Le doy vuelta la cara de una cachetada que suena jodidamente fuerte con todo el silencio de nuestro piso. Christian tiene la mandíbula apretada con tanta fuerza que podría romperla. Doy un paso atrás observando mi mano marcada en su mejilla. Mierda, se sintió muy satisfactorio. El aire se tensa completamente, mientras él sigue con la cara volteada y su cuerpo rígido. —Voy a dejar pasar esto —dice con la voz tan helada que un escalofrío me recorre los brazos—. Pero no habrá una próxima vez. Vuelve a mirarme. Sus ojos me taladran con un furia helada. —Mientras no me vuelva a insultar, no volverá a ocurrir. —Creo que fue usted quién hablo de más, Sofía —espeta—. Porque no creo que esa sea forma de hablarle a su jefe. Chasquea la lengua y da un paso hacia mí. —Le he dado demasiadas libertades, ¿verdad? —pregunta en voz baja y dominante. Retrocedo contra mi voluntad porque su mirada es demasiado intensa. Nunca he sido dominada por un hombre, siempre les he plantado cara porque mi personalidad es así, pero con Christian, me siento completamente dominada. Sumisa. A su merced. Él puede ser agradable cuando quiere, pero cuando sale esta faceta suya, oscura y dominante, me tiene. —¿Por qué retrocedes? —inquiere dando un paso más cerca—. ¿Se arrepintió de lo que hizo? Trago saliva. —No —mi voz suena más fuerte y firme de lo que esperaba. No puedo evitarlo, pero comienzo a sentir cómo me mojo entre mis piernas. Y ni siquiera me ha tocado. Doy otro paso atrás, él da otro paso adelante. Me mira y se cierne sobre mí como si yo fuera su maldita presa. No se detiene hasta que choco con mi escritorio y Christian me enjaula con sus brazos grandes. Su rostro está demasiado cerca de mí, tanto así que puedo sentir su aliento en mis labios. —¿Por qué me estás reclamando si me follo a alguien, Sofía? —¡No estoy reclamando! —Sí lo estás —corrige—. Cuándo eres tú la que quiso que no volviéramos a follar, y yo soy un hombre con necesidades. Hoy tengo unas putas ganas de correrme, Sofía. Jesucristo. —¿No puede usar su mano? —inquiero como una tonta, logrando que él esboce una sonrisa lobuna. —¿Por qué haría eso? Me gusta estar en un coño caliente y apretado, también me gusta que me monten. Ah, y me encanta darles por el culo. Tengo que agarrarme del escritorio con fuerza. Intento resistir el impulso que tengo de apretar los muslos, pero no puedo. Esto es tan erótico, y nunca, nunca nadie me había mirado de esta forma. Menos me han dicho estas palabras. Es sucio y vulgar, y no debería calentarme como lo hace. —No creo que esa sea forma de hablarle a su secretaria —levanto la barbilla—. ¿Lo hace con todas? Niega. —Solo a usted me la he follado —Christian baja su cabeza y siento sus labios en mi cuello—. ¿Está mojada? —pregunta mientras se roza contra mí—. Porque yo estoy duro. —Se tiene en muy alta estima —provoco. —¿Le dije que es una hermosa mentirosa? Sin esperar mi respuesta, lleva su mano hasta mi entrepierna, rozando con sus dedos mi hendidura. Y sí, estoy completamente mojada. Saca su dedo y se lo lleva a la boca chupándolo. Mis pupilas se dilatan, al igual que las suyas. —¿Quiere que la folle? Dios, sí. Pero en vez de asentir, enarco una ceja. —¿Por qué con solo una palabra le abro las piernas? —digo molesta—. Si cree que voy a pedirle que me folle, se le están cruzando los cables. Al momento que digo esas palabras, Christian se aleja de mí. Siento un vacío donde estaba su calor. Él se acomoda la erección y vuelve a meter sus manos en los bolsillos de su pantalón. —No voy a follarla, hasta que me lo pida, señorita Guerrero. —Puede quedarse esperando —escupo. Se encoge de hombros. —Ni siquiera la toqué y está empapada —me recuerda—. Pero así como usted me dijo que esto no podía ser, sé que se muere de ganas de que la folle. Voy a decir algo, una mentira, por supuesto, pero me interrumpe. —Y yo también quiero cogerla, Sofía. Pero solo cuando me lo pida. Se da vuelta y comienza a caminar hacia el ascensor, dejándome ahí apoyada en el escritorio con las piernas temblando. Se da vuelta justo cuando las puertas se abren. —Espero que encuentre a alguien para follar, porque yo lo haré. Y sin más, se fue. Me dejé caer en el escritorio soltando un suspiro. Hoy gané una batalla, aunque mi v****a no está muy contenta con eso, pero si sigue así, dudo mucho que vaya a ganar una guerra. Sinceramente, espero que no encuentre a nadie, aunque sé que nadie se negaría a una noche con él. A mí ya me está costando bastante.
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