Paso mis manos por la espalda de Sofía, cubierta de espuma. Estamos ambos en el jacuzzi, relajándonos, pero mi pene está duro de nuevo. Por tercera vez. La piel de Sofía es suave y cálida, me encanta su tono dorado y algunos de los lunares que puedo divisar. A pesar de las burbujas y la espuma, puedo divisar su culo.
Y está rojo. Me encanta.
—Tus manos se sienten bien —gime en voz baja.
Su espalda es pequeña, al menos para mis manos que casi la abarcan por completo. Sigo el camino, recorriendo la curva de su cintura hasta volver a posarlas en su culo. Sofía me observa por sobre su hombro con una mirada inquisitiva. Casi podría creerle que no sabe lo que estoy haciendo, si no me hubiera tirado a la cama hace unas horas y montado como una posesa.
No quiero saber si alguien le enseñó a montar o si solo es cosa de ella. Pero nadie nunca había movido las caderas sobre mi pene como Sofía. Solo recordaba haberlo visto en mi época de adolescente viendo porno. Y eso ya fue hace muchos años.
—Sé de otra cosa que también se siente bien —digo acercándome a su oído.
El agua se mueve con el movimiento, cayendo un poco por los bordes. Sofía se levanta un poco, lo justo para que lleve una mano a su entrepierna, que no solo está mojada por el agua, sino también pegajosa con sus propios jugos. Joder, cómo desearía que mi semen estuviera manchándola.
Lamo las gotas de agua que hay en su cuello y ella se apoya en mi pecho cerrando los ojos. Muevo mi mano por delante de ella, y comienzo a estimular su clítoris. Se endurece entre mis dedos, me deleito con los gemidos ahogados de mi secretaria que no solo es muy buena en su trabajo, sino que es experta en ponerme caliente. No sé cómo podré resistirme cuando volvamos a la oficina. Cada vez que la vea recordaré esto.
Al menos, voy a disfrutarlo.
—Justo así, Chris —jadea, agarrando mi brazo como si no quisiera que yo lo alejara de su cuerpo.
Pocas personas me llaman Chris. Para ella siempre he sido “jefe” o “señor Devereaux”, pero escucharla decirme así, se siente demasiado bien. Llevo mi mano libre hacia una de sus tetas para retorcer el pezón entre mis dedos como premio por haberme llamado así, por lo que en nada está sucumbiendo a un orgasmo que la hace arquearse y respirar con fuerza.
—¡Mierda, sí! —sonrió satisfecha.
Rápidamente ella se giró para quedar frente a mí. Sus manos a cada lado de mis hombros, y con sus tetas prácticamente en mi cara. Intento tomarlos con la boca, pero Sofía toma mi mentón obligándome a mirarla. Ella es hermosa, sus ojos café me someten con placer, sus labios rellenos inundan de imágenes eróticas mi mente, sus mejillas sonrosadas me incitan a besarlas.
Toda ella me tiene loco.
No soy capaz de entender cómo es que todo cambió tan rápido entre nosotros.
—Espero que hayas traído un condón —habla en voz baja.
Estiro mi mano hacia el pequeño mueble y tomo el envoltorio entre mis dedos. Lo pongo frente a sus ojos. Sofía sonríe y me lo quita. Se lleva el sobre a la boca rasgándolo con sus dientes sin quitarme la vista de encima. Podría correrme aquí mismo, aquí mismo sin un solo toque de ella.
—Vamos a ponerlo —dice ella, sonriéndome de forma maliciosa. Claro que entiendo el doble sentido, estoy casi gritando que me toque y que me monte.
He descubierto mi nueva posición s****l preferida.
—Móntame de una vez —digo con los dientes apretados.
Sofía ríe, pero gracias al diablo, lo hace. No se deja caer de golpe, sino que más bien, lo hace lentamente permitiéndome sentirla por completo. Ambos gemimos; aun se siente tan apretada que es como si tuviera un guante apretándome. Dejo caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo de la bañera mientras Sofía envuelve sus manos detrás de mi cuello. Cada tanto me acaricia, cada tanto me entierra las uñas.
—Más fuerte, nena. ¿Ya estás cansada? —le pregunto levantando mis caderas.
—Solo quería darte algo de chance —responde, encogiéndose de hombros.
Enarco una ceja en su dirección.
—¿Algo de chance? —pregunto sin entender bien a qué se refiere.
Mueve las caderas hacia adelante y atrás. Estiro los brazos por el contorno del jacuzzi dejando que ella sea la que haga todo. Le sonrío de medio lado y vuelvo a levantar mis caderas para encontrarme con las suyas. Sofía gime y se agacha para besarme el cuello. Se levanta para volver a dejarse caer cada vez más rápido. No la toco, aunque muero por hacerlo y eso sube de intensidad mi deseo por ella.
Un dulce éxtasis. Una impresión sensorial de otro mundo.
—¡Joder, Sofía, más fuerte! —le ordeno.
Ella se afirma de mí comenzando un vaivén que nos vuelve locos a ambos. Llevo una de mis manos a su cabello y lo agarro en un puño mientras ella me entierra las uñas en la carne de mi cuello. Ambos jadeamos al mismo tiempo, nuestros labios rozándose, pero sin besarnos. Nuestras pupilas dilatadas por todo el placer que estamos sintiendo.
No dejamos de mirarnos, y así ambos llegamos al orgasmo al mismo tiempo.
Cerré los ojos y esperé que la respiración se me acompasara. La realidad me golpeó porque nunca había compartido ese tipo de conexión con alguien, nunca me habían sostenido la mirada de esa forma. Lo envolvía todo de una forma tan intensa que tuve miedo de mirarla.
Sí. Yo, Christian Devereaux, el magnate más agresivo de estos momentos, sentía miedo de una mujer con la que acababa de tener sexo. Y lo peor de todo es que no quería salir arrancando como en otras ocasiones. Sofía me ponía mal. Me daba susto lo que sentía, pero a la vez quería más. Como la droga más peligrosa de la cual no se es posible rehabilitar.
—Por un momento pensé que iba a desmayarme —susurró.
Sonreí sin mirarla. Quería que ella sintiera lo mismo que yo.
Su celular sonó y como yo estaba más cerca, lo tomé. Alcancé a ver en las notificaciones un correo que me hizo tensar y malditamente enojar.
“Por favor, señorita Guerrero, al menos déjeme ir a su habitación”
Ese maldito hijo de puta.
Aprieto la mandíbula y se lo entrego. Mis ojos la miran como si quisieran traspasarla y no en el buen sentido. Me frunció el ceño y miró su celular. Puso los ojos en blanco hastiada, se levantó de encima de mí y salió del jacuzzi caminando hacia la ducha sin antes teclear una respuesta.
—¿Qué le respondió? —pregunto sin poder contenerme—. ¿Acaso se está viendo con él?
Sofía me miró por sobre su hombro y encendió la ducha. Era un deleite para mis ojos verla bañarse. Su cuerpo era una escultura que parecía tallada por los mismos dioses, su cuerpo parecía tan cálido con ese color dorado que mis dedos picaban por tocarla, otra vez.
—¿Eso sería de su incumbencia? —preguntó la muy descarada.
—Claramente podría considerar traición que se acueste con alguien que intenta perjudicar mi empresa, para la que trabajas —digo, molesto por su respuesta—. Después de todo, en el sexo se habla mucho y…
Sofía me fulmina con la mirada y sale de la ducha sin secarse, sin importarle que está mojado el piso. Yo también estoy mojado, y también estoy tan enojado que no me importa. Me planta cara, con ambas manos en la cadera mientras la furia parece que le sale por los poros.
—¿Acabas de insinuar que yo le diría información sobre tu empresa? —repite mis palabras entre dientes.
—Sí.
—Soy malditamente profesional. La mejor secretaria que tendrás en tu puta empresa —escupe.
—Cuida esa maldita boca —gruño.
Pone los ojos en blanco y me mira con fastidio.
—¡Lárgate de mi habitación! —grita—. Y si no confías en mí, entonces ¡despídeme!
Me empuja hacia la salida cerrando la puerta del baño de golpe. Maldigo la puerta y salgo echo una furia de la habitación sin importarme que esté desnudo. Claramente voy a estar atento a si ella sale o alguien sube a su habitación, porque no va a creer que después de coger conmigo, se va a tirar a otro.
No he terminado con ella, y estoy lejos de hacerlo.
¡Maldita mujer!
+++
Nadie entró a su habitación y ella no salió.
Estoy esperándola en la recepción del hotel para volver a New York. Claramente esta vez me está haciendo esperar y eso no me enoja. Es más, siento un pequeño arrepentimiento por la forma en que le hablé anoche. Fue el enojo del momento, más que nada que no podía pensar en que ella se lo fuera a follar después de lo que habíamos hecho. No podía mentir al decir que no estaba interesada en mí, y yo tampoco podía negarlo.
Me gustaba Sofía, no solo porque era una excelente secretaria, sino porque era hermosa e inteligente.
Es decir, soy un maldito hombre. Nosotros caemos por mujeres hermosas, y ella es alguien que quiere comerse el mundo, al igual que yo. Cuando finalmente baja, lo hace acompañada de mi hermano, quien le habla demasiado cerca y le dice cosas que la hacen reír. Un gruñido amenaza con salir, y sé que voy a decir una maldita cosa que la hará enojar.
—¿Qué estaban haciendo que me hacen esperar tanto? —pregunto molesto—. No conocen las horas de trabajo? Al menos usted, señorita Guerrero, ¿leyó su contrato?
Lucien me mira sorprendido por la agresividad de mis palabras. Ayer no podía quitar mi vista de ella, y ahora la regaño. Sin embargo, esperaba que ella se enojara y me respondiera como ayer, pero simplemente me sonrío radiante.
—Lo siento, señor Devereaux. Estaba terminando de dejar todo listo con la nueva secretaria del señor Lucien —dice.
—No trabajas para Lucien, trabajas para mí —me doy vuelta y la miro de forma mordaz—. Ahora camine, que ya vamos lo suficientemente tarde. Adiós Lucien.
No espero respuesta de ninguno de los dos y camino hacia el auto que nos espera. Segundos después tengo a Sofía a mi lado revisando no sé qué mierda en el iPad. Ninguno de los dos dice nada durante ese trayecto, y menos durante el vuelo. Al llegar al hotel, cada uno va a sus respectivos puestos.
—Mierda —murmuro cuando estoy sentado detrás de mi escritorio.
Ella nunca mira hacia mí. Las veces que entró en la oficina lo hizo de forma completamente profesional y no obtuve ninguna de sus sonrisas burlonas, o sus comentarios mordaces. No sé realmente como me hizo sentir eso, pero sí lo extrañé. Quizás ella tenía razón, y al no poder controlar mis estúpidos impulsos, lo arruiné todo entre nosotros. No puedo creer que hayamos pasado de la intensidad de anoche a esto.
Tengo que arreglarlo, pero aún sigo molesto con ella.
Seguro como la mierda que no soy su persona favorita.
Esta es una de la malditas razones por las que tengo sexo de una noche y no mezclo placer y negocios.