Capítulo 13: Sofía

2300 Words
Estúpido idiota. Lo arruinó todo con sus palabras. No podía quedarse callado. No. Tenía que abrir su bocota. Esta semana ha sido de lo más incómoda. No me he dirigido a él más que para cosas del trabajo y siempre de una forma profesional. En algunos momentos puedo ver pequeñas emociones en los ojos de mi jefe, algo parecido al anhelo. Me enfureció que él insinuara que yo podría decir cosas en el sexo con otra persona. Es decir, cuando tiramos solo gimo o grito, o le pido más fuerte y más duro mientras él me toma… ¡Basta! Hoy tenemos una nueva reunión con unos posibles inversionistas para crear nuevos hoteles en Francia. Mi francés solo sirve para escuchar, porque para hablar soy un asco. Por supuesto que mi jefe lo habla como si fuera su lengua natal. Cuando estamos en la sala de reuniones, me voy a sentar unos cuantos asientos lejos de él, pero su voz me detiene de golpe. —Señorita Guerrero, tome asiento a mi lado —dice. Pero no es que simplemente me lo diga, sino que me lo ordena de una forma sutil. Camino de vuelta a su lado con una sonrisa en mi rostro. Me bajo la falda y tomo asiento. No se me pasan desapercibidas las miradas que las otras secretarias le dan a mi jefe. Se lo comen con la mirada, seguramente imaginando lo bueno que debe ser en el sexo. Chicas, es fenomenal. Un semental como se ve. Ay, Dios. Nunca pensé que me iba a referir así a un hombre, pero maldita sea si no subió el listón. Anoche fui a un bar y conocí a un hombre muy atractivo que hablaba muy bonito. Parecía bastante culto y dije: ya, está es mi víctima. Fuimos al baño porque una tiene que hacer la primera prueba antes de llevárselo a una cama, pero no la pasó. ¿O sería porque a cada momento comparaba sus movimientos con los de mi jefe? Llegué al orgasmo apenas, y porque tuve que tocarme pensando en el idiota a mi lado. No, yo tenía que sacarlo completamente de mi sistema antes de que se pusiera peor. ¡Va a arruinar mi vida s****l! —Bueno, sí está todo listo, la reunión debe empezar —digo agarrando mi iPad para revisar la presentación e ir anotando lo importante. Los hombres miran a Christian y él asiente con la cabeza. —Sí mi secretaria lo dice, entonces deben empezar. «Jesús» Ni siquiera lo miro. Me quedó mirando fijamente al frente, porque no quiero que piensen que me siento intimidada por sus palabras, o darle a él un indicio de que algo me removió hasta el útero. Por supuesto que no. Si una tiene más dignidad que eso. Sin embargo, no puedo dejar de sentir el calor de su cuerpo a mi lado, ni el hecho de que su rodilla esté tocando la mía. Seguramente tiene las piernas separadas, y de reojo puedo ver la actitud que tiene en la silla. Se mira como un Dios poderoso, al que nada lo afecta ni nada lo sorprende. Pero yo vi esos celos ese día, por más que los intentó esconder. Sin embargo, dijo cosas que me pusieron furiosas; de otra forma, habríamos terminado haciéndolo de nuevo. —Bueno, en cuanto a las ventajas que esta inversión… No pude seguir escuchando nada más cuando la mano de Christian se posó en mi muslo. Justo al lado de donde terminaba mi falda y empezaba mi piel, que literalmente, era a medio muslo. El calor de su mano y el toque, me hizo dar un respingo que rápidamente camufle enderezándome en el asiento, de paso, apartando su mano. Lo miré y él tenía una expresión de completa concentración mirando hacia el frente. Crucé mis piernas para que él no tuviera acceso a ellas, pero sutilmente corrió mi silla más cerca de él. Quería levantarme y sentarme en otro lado, pero no podía hacerlo. En mi rostro solo debía estar la pura expresión de la concentración. Se me estaba haciendo difícil, porque ahora el olor de su varonil perfume entraba por mi nariz cada vez que tomaba una respiración. Sentí la necesidad de tomar una respiración honda, pero la reprimí. Eso estaba muy mal. —Y es todo, espero que tome en cuenta nuestro proyecto, ya que nos sería de mucho honor poder trabajar con las empresas Devereaux —terminó el hombre, por suerte en inglés. Me perdí la mitad de lo que dijo por culpa de mi jefe, espero que al menos él haya puesto atención en vez de estar tocándome. —Me gustó, sin embargo aún tengo que estudiarlo. Quiero seguir expandiendo nuestros hoteles, pero debo asegurarme de que será una inversión segura, teniendo en cuenta que aportaré más del setenta por ciento del dinero —dijo mi jefe. El hombre asintió. Christian volvió a poner su mano en mi pierna, intentando subir y apretando mi muslo con fuerza. Llevé mi mano hasta la suya intentando apartarla, pero su fuerza es mucho más que la mía y no pude ni mover su mano. Solo podía sentir sus dedos acariciándome y el calor de su palma. A este punto, ni siquiera me acordaba del nombre del caballero. Me arriesgo y miro a Christian, él me mira, y en su mirada solo veo fuego. Le pido con mis ojos que por favor que se aparte, pero no me pone atención. Vuelve a mirar al tipo. —Entiendo, por supuesto. Sería bueno poner una fecha para la decisión —le dice a mi jefe. Obvio que a él no le gusta cuando le dan fechas, ya que las ve como un ultimátum. Mueve su otra mano como si no tuviera importancia. —Le manifestaré mi decisión cuando la tenga. Si no es de su agrado esperar, tengo otros inversionistas que también están interesados —aparta su mano de mi muslo y se pone de pie—. Hágame saber si no va a esperar. Que tengan buen viaje. Sale de la habitación sin esperar respuesta. El tipo -del que aún no me acuerdo de su nombre- ha creído erróneamente que él es el único interesado en este proyecto, pero hay muchísimos más. Todos quieren trabajar con Christian. Es una inversión segura. —Si necesitan comunicarse con el señor Devereaux, tienen mi correo y les responderé a la brevedad —les digo poniéndome de pie—. Sarah los va a escoltar, que tengan buen viaje. Sarah, la encargada de recibirlos y luego despacharlos, entra con una sonrisa. Camino hacia mi escritorio, pero antes de que pueda sentarme, mi jefe me habla. —Venga a mi despacho, Sofía —ordena. Levanto la vista para verlo de pie junto a su puerta. Soy una mujer segura de sí misma, aunque en estos momentos no sé si me tiembla el útero o las piernas. Me esfuerzo por no demostrarlo, planto una sonrisa en mi rostro y camino hacia él. —Por supuesto, señor. No se hace a un lado cuando llego a él, así que al pasar nuestros cuerpos se rozan. Lo hace apropósito, estoy segura. Pero antes de que dé un paso más, me tiene acorralada contra la ventana. Cierra la puerta con seguro y clava sus ojos en los míos. —Aléjese —digo rápidamente. Christian pone una mano en mi cuello, y aprieta con la suficiente fuerza para que el aire no pase por mi cuello. Y esto no debería, pero mi centro palpita ante ello. —¿Por qué me ignora? —pregunta y barre con sus ojos mi cuerpo—. Viene aquí provocándome con esas faldas. ¿Sabe lo bien que le amoldan el culo? Todos los hombres en la reunión se deleitaron con usted. Enarco una ceja con desinterés. Él suelta un poco el agarre para que pueda hablar. —¿Y eso en que le afecta? —logro preguntar. Me da una sonrisa cínica. —No debería, pero quería sacarle los ojos a todos —dice entre dientes. —Qué mal por usted. Ese no es mi puto problema —espeto. —Oh, sí que es su puto problema. Christian me gira tan rápido que no tengo tiempo a defenderme. Aprieta mi cara contra el vidrio y se pega a mi culo desde atrás. Cualquiera que viniera podría verme entre medio de las franjas. Verme con la cara aplastada en el vidrio, con mi jefe sobándome el culo con su erección. —Mmm —murmura. —Esto es acoso laboral —digo como puedo. El muy idiota se ríe. Se. ríe. —Podría serlo si no lo disfrutara tanto —contraataca. —No lo hago. —¿Por qué está inclinando su culo en mi erección? Abro los ojos al darme cuenta de que lo estoy haciendo. «Mierda, Sofía», me reprendo mentalmente. Me empujo hacia adelante para alejarme de él, pero me sigue. —Christian, por favor —le pido dejando mi orgullo de lado—. No podemos seguir así. Siento su aliento en mi mejilla, su erección en mi culo y su mano por mi cuerpo. Cierro los ojos maldiciéndome por haber caído en las garras de este hombre sin un boleto de vuelta. Ni siquiera voy a rogarle a Dios por ayuda, porque parece que ni se acuerda que soy su hija. Estoy sola en esto. Soy como un animal enjaulado por su depredador, y lo peor de todo, un animal en celo. Me reiría en otro momento. —Claro que no, me ha tenido duro por días. Me agarra del pelo y me lleva hacia el baño cerrando la puerta detrás de él. Este espacio es reducido. Cuando me sienta en el lavado se pone entre mis piernas, y sé que todo acabó. O al menos acabaremos en unos minutos más. —Cuando me masturbo pensando en usted, en ese culo, en sus gemidos… —me abre la blusa de golpe. Los botones saltan para todos lados, jadeo por ello. ¡No tengo más ropa! —¡Qué hizo! —le reclamo. —Me impedían ver estas preciosuras —responde, encogiéndose de hombros. Ruedo los ojos. —¿No podía pedirme que me la abriera como una persona normal? —enarco una ceja. Christian me baja la copa del sostén, y se lleva uno de mis pezones a la boca. Yo gimo, él hace lo mismo como si estuviera probando el más exquisito manjar. Tiro la cabeza hacia atrás, apoyándola en el espejo tratando de respirar con calma, buscando algo con lo que ser fuerte y resistirme, pero la estimulación en mis tetas lo dificulta demasiado. —Pare, no podemos —pido. Mi voz suena terriblemente poco convincente, es más, pareciera que estoy pidiendo más. Débil por un pedazo de pene. Bueno, es un muy pedazo… —¿Por qué? —Lo que me dijo —le recuerdo. Él se levanta y suelta mi pezón con un “plop” y se limpia los labios con el dedo. Mi respiración es acelerada y Christian sube su mano por entre medio de mis pechos hasta mi boca, delineándola con el mismo dedo que se limpió él. Resisto el impulso de chupar su dedo. —Me equivoqué, actúe por impulso —se disculpa—. No quería que se fuera con ese imbécil… —Para ser tan inteligente, es una mierda lidiando con sus emociones —digo fulminándolo con la mirada. Ríe entre dientes, pero me arranca un gemido cuando aprieta mi pezón devolviéndome al estado cachondo. Mi jefe se inclina hacia mi cuello y comienza a chuparlo. Su otra mano subiendo por mi muslo hasta mi punto hinchado y palpitante. Tócame Tócame Tócame… —¿Fue a algún bar buscando placer esta semana? —pregunta contra mi cuello. —Sí —respondí en automático tragando saliva cuando su dedo rozó mi clítoris. Christian se echó hacia atrás como si lo hubiera golpeado. Me miró furioso, me bajo del lavado, me dio vuelta y con una rapidez que me voló la mente, se enterró dentro de mí. Los dos jadeamos, bueno, yo jadeé, porque él gruño con rabia. Me estaba cogiendo con rabia. —¿Y cogió? —volvió a preguntar. Asentí con la cabeza. Él me agarró el cuello con su mano apretándome hacia atrás, hacia su pecho. Sus embestidas eran brutales, mi estómago chocaba con el lavado produciéndome un poco de dolor. Podía vernos en el espejo: yo con la boca media abierta y Christian taladrándome con la mirada y con su m*****o. Por partida doble. —¿Lo disfrutó? —preguntó sin detenerse. Asentí, aunque era una mentira, pero quería seguir provocándolo porque cuando lo hice, me agarró más fuerte del cuello y me cogió aún más duro. Una media sonrisa se formó en mis labios cuando el orgasmo comenzó a llegar, ni siquiera que tuve que tocarme. —¡Quiero nombre! —me gruñó. Niego. —No sé su nombre. Christian acercó su boca a mi oído y disminuyó la velocidad cuando sintió mi orgasmo. Lo maldecí de todas las formas que conocía. En cambio, comenzó un vaivén lento y tortuoso. —No creo que haya disfrutado tanto, porque su interior es un charco de flujos —susurró, nuestros ojos en el espejo—. Me tiene todo el pantalón manchado con sus jugos. Cerré los ojos, pero una estocada fuerte me hizo abrirlos de nuevo. —¿Me dice mentirosa? —pregunto. Tiene el descaro de sonreírme como el diablo. —Una hermosa mentirosa, sí. Lo que sea que vio en mi mirada, lo dejó satisfecho, y volvió a moverse con más fuerza hasta que hizo que mi orgasmo explotara con tanta fuerza que las lágrimas caían de mis ojos. Y así fue como Sofía Guerrero, murió de placer… Fin.
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