Capítulo 14: Christian

1417 Words
Me apoyo con mi mano en lavado para no cargar con todo mi peso a Sofía, que prácticamente quedó flácida. Ella levantó la vista y su imagen post- sexo, es una auténtica maravilla. Sus ojos vidriosos, sus labios hinchados, sus mejillas sonrojadas… Todo en ella era perfecto. ¿Cómo estuve tanto tiempo sin ver esto? Y si no hubiera sido por esa noche, nunca habría sabido lo excitante y salvaje que es el sexo con ella, ni su cara post-orgasmo. Todavía me enfurece pensar que ella fue a buscar sexo con otros, cuando yo ni siquiera toqué a otra mujer. Eso claramente iba a cambiar hoy. —Me rompió la blusa —me espeta. Me encojo de hombros y doy un paso atrás saliendo de ella. Me guardo el pene en los bóxer sin quitarle la mirada de encima. —También me manchó todo el pantalón, así que supongo que estamos a mano —respondo. Sofía mira mi pantalón, y lejos de sonrojarse como otras mujeres, se pasa el dedo por el labio carnoso, enviando claramente otra señal a mi pene. Se arregla y la ropa y da un paso hacia mí. —Eso se llama: buen sexo. Seguro que esta es la primera vez que lo tiene. —Tan vanidosa —digo, las comisuras de mi boca se levantan—. ¿Cree que ha sido la única mujer con la que he tenido sexo en mi vida? He tenido montones. —¿Ah, sí? ¿Y por qué no puede dejar de masturbarse pensando en mí? Maldita mujer con esa boca. Pero no me va a ganar. —Generalmente las mujeres aquí no tienen un culo tan grande como el suyo, soy solo un hombre —digo con una media sonrisa cuando frunce el ceño. Pero como siempre, rápidamente se recompone. En eso, ella y yo no somos tan diferentes. Si Sofía me saca de mi elemento, yo también lo haré con ella. No es unilateral esta mierda. —Pues, recuerde bien este culo, porque no lo volverá a tocar. Sale del baño como un tornado, la sigo y veo que saca su bolso, se pone su chaqueta y camina hacia el ascensor. Seguro irá a comprar una nueva blusa, pero me sorprende el descaro con el que simplemente sale de mi empresa sin decirme nada. Es mi puta culpa, le he dado demasiadas libertades a esta mujer. Quizás debería apretar su correa. Una imagen de ella de rodillas ante mí con una correa en su cuello mientras me mira con mi pene en su boca me hace volver a ponerme duro. Niego con la cabeza y cierro la puerta. ¿Qué no voy a volver a tocar ese culo? Está loca, no solo voy a volver a tocarlo, sino que lo voy a coger y amará cada segundo de ello. Me siento detrás de mi escritorio y llamo a mi hermano. —¿Vas a decirme que te tiraste a tu linda secretaria? —pregunta apenas responde. Pongo los ojos en blanco, fastidiado. —¿Qué mierda tienes con mi secretaria? —Me gusta. —Solo quieres follártela —digo. Lucien ríe entre dientes. —Ese es el premio extra. —Debes estar de puta broma —me enderezo en el asiento—. ¡Dime que estás de puta broma, Lucien! Ahora se ríe más fuerte, lo que me hace sentir como un jodido tonto. Me puse en evidencia. —Sabía que tenías una debilidad por ella, hermanito. Te he visto todos estos meses mirarla de una forma mucho más intensa de lo que sería secretaria y jefe —habla. —Mira, hermanito, lo que haga con mi puta vida es problema mío —estoy a punto de cortar, pero decido serenarme—. ¿Cómo está todo en el hotel? —Bien, los huéspedes quedaron conformes y no nos van a demandar. —Con todo ese dinero, antes los mato. Dos horas después, Sofía llega, pero no solo con una blusa nueva, sino que viene con todo un traje distinto. Una falda corta, que apenas le llega unos centímetros debajo del culo, una chaqueta corta rosada y unos tacones que le hacen unas piernas kilométricas. Ella se da vuelta y se inclina en su escritorio dejándome toda la vista de su culo. —Joder —maldigo al ver lo bien que se le acopla al culo. Voy a morir por esta vista. Ella se endereza y camina hacia mí con el iPad en la mano. —Permiso, señor. Gracias por darme el tiempo para ir a cambiarme de ropa —dice apenas entra. Enarca una ceja. —No es como si me hubiera preguntado. —¿Prefería que me quedara con una blusa rasgada y las tetas al aire? —inquiere. —No —gruño—. Pero, ¿qué es eso que lleva puesto? La muy descarada se da vuelta dejándome observar mucho mejor lo bien que le queda la ropa. ¿Cuántos hombres la han visto así? Maldición, quiero que alguien revise las cámaras de seguridad y les saque los ojos a todos los que la miraron más de cuatro segundos. —Ropa. —Lo haces para provocarme, ¿verdad? —entrecierro los ojos mirándola. Sofía me da esas sonrisas de superioridad, y niega con la cabeza abriendo los ojos de forma exagerada. Si no se dedicara al mundo de los negocios, definitivamente sería una excelente actriz. —¿Qué? Cómo se le ocurre que yo podría hacer algo como eso —resopla—. De todos modos, solo quería informarle que en una hora tiene una reunión con la señorita Elena. Bueno, dos pueden jugar este juego, ¿no? —¿Elena? —pregunto, las comisuras de mi boca levantándose. Últimamente he estado sonriendo demasiado, o al menos, casi sonriendo. Tengo que serenarme, pero ahora mismo podría soltar una carcajada por lo que veo en su mirada. —Sí —su tono de voz ya no sale tan divertido ahora. —Perfecto, cuando llegue hágala pasar de inmediato —indico, me paso el pulgar por el labio de abajo mirándola atentamente—. Luego puede irse a dar a alguna vuelta por la empresa. Quiero la máxima privacidad. Le enviaré un mensaje cuándo pueda subir. A menos, claro, que quiera quedarse en su escritorio. Entrecierra los ojos por un segundo, luego vuelve a su expresión normal. —Me quedaré, señor. Tengo mucho trabajo que hacer, como para estar perdiendo el tiempo —dice y se da vuelta para salir—. De todos modos, no hay nada que ya no haya visto, ¿no? Esa puta boca. Debería estar haciendo varias cosas, sin embargo, estoy mirando a Sofía esperando que ella se levante para ir al archivo. Le envíe un mensaje pidiéndole que verificara que las leyes están bien en el informe, así que tiene que ir al archivo que está al lado de mi oficina para traer el código. Cuando lo hace, espero que desaparezca y me levanto rápidamente para seguirla. La encuentro inclinada, con la falda apenas tapando su ropa interior. Le doy un azote en el culo y ella salta soltando un grito. —¿Qué mierda? —Cuide esa boca, señorita Guerrero, o tendré que limpiársela con mi semen. Sofía se ríe, para nada divertida. —No puedo creerlo, ¿para esto me pidió que revisara el papel? Me encojo de hombros. Me acerco más ella, no tiene cómo salir porque este espacio es pequeño. Paso mi mano por su espalda y la pego a mi pecho. Me encanta el jadeo que suelta, pero cuando estoy bajando mi mano a su culo, saca algo de su bolsillo y me lo tira en la cara. Estoy malditamente confundido por el agua en mi cara, hasta que me empieza a arder la nariz y los ojos. Doy un paso atrás intentando limpiarme los ojos. —¿Qué demonios? —espeto. Abro un ojo y veo el gas pimienta en su mano. —¿Me acabas de echar esa mierda? ¡¿Estás loca?! —grito. Oh, mierda. Me arden los putos ojos. Intento limpiarme con mi chaqueta, pero el dolor y ardor no paran. —¡Eso pasa cuando me tocan el culo y he dicho que no! Doy media vuelta para entrar a mi oficina y al baño. Me lavo la cara, pero nada, todo sigue ahí cada vez peor. Me lloran los ojos como si estuviera llorando. ¡Esa maldita me las va a pagar!
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