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¿Qué sucede cuando sanas tu corazón?

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Blurb

Cuando una persona se desenamora, no piensa en las consecuencias de aquello. Simplemente busca seguir su corazón y encontrar el camino del amor con esa persona que anhela.

Eso fue lo que pasó con Triana Lennox quien, luego de terminar con un corazón roto y sumida en una depresión abismal, por culpa de Neizan Asturias, debe recuperar eso que perdió, cuando él la dejó.

Sola, con una tristeza a cuestas y unos padres dispuestos a sacrificar a su propia hija en un matrimonio por contrato, Triana debe sanar su corazón y recuperar ese amor propio que perdió, mientras trata de llevar la relación en paz con su nuevo esposo, Titán King.

En este viaje de descubrimiento personal, ¿Triana Lennox podrá sanar su corazón y volverse a enamorar?

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CAPÍTULO 1 – Un matrimonio por conveniencia
Tratar de entender a mi padres, para cualquier otra persona, hubiese sido un puzle con piezas que jamás encajarían. —¡Pues te casarás y punto! ¡Sabes perfecto que esta unión nos favorecerá aún más! ¡No pienso dar mi brazo a torcer, Triana Lennox! ¡He dicho! —mi papá estaba siendo intransigente con alguien que lo había dado todo para ser una buena hija siempre. Hola, soy Triana Lennox y esta es mi horrible historia. Nací en una familia vieja. Sí, como lo lees. Mis padres me concibieron, cuando ya eran viejos, mi madre tenía cuarenta y siete años, cuando dio a luz a una bebé sana y fuerte. Para ellos, yo fui un milagro de la vida y como tal, debía crecer bajo estrictas normas de conductas y valores, porque debía ser una hija ejemplar. Estudié en la escuela hasta los once años; jugué, reí y compartí con mis amigos hasta que mis padres decidieron que estudiara en casa. Nunca fui a la universidad y tampoco estudié nada más, a parte de la escuela. Básicamente, me criaron para ser una chica de bien y de casa. Sé cocinar, planchar, lavar ropa, hacer los quehaceres del hogar, cuidar de una casa y familia en general; sé tocar el piano, canto como los ángeles y manejo al revés y al derecho el manual de conducta para chicas de clase alta. O sea, soy el mejor prospecto para un matrimonio. ¿Esas cosas me importan? Pues ya no. Desde que Neizan Asturias, alias el desgraciado, me rompió el corazón, mi mundo se vino abajo. Hace más de dos años que no lo veía y estuve, por lo menos, seis meses encerrada en mi habitación llorando por desamor. Es que lo amaba tanto, tanto, que, el día que me dijo que no me amaba, en esa cafetería llena de personas, fue el peor día de mi existencia. Ahora, a mis treinta años, ya no creo en el amor. Yo lo quería a él, pero también tenía la suficiente dignidad como para no volver a buscarlo. Por mi madre supe hace un mes, que estaba viviendo con Hellena en Finlandia. Esa Hellena, esa maldita y hermosa Hellena. Siempre había sospechado que algo había ahí. Las miradas que ellos dos se daban, cuando coincidíamos en los eventos familiares, no eran normales. Sobre todo, aquel día en que él me pidió matrimonio y ella salió arrancando. En mi estúpida inocencia había pensado que eran ataques de celos entre amigos. ¡Es que ellos fingían serlo! O quizá, yo había sido muy tonta y ciega para no darme cuenta. De seguro era lo segundo. —Lamento que tu padre te haya gritado, mi cielo —mamá siempre había sido la conciliadora entre los tres. Después de todo, siempre habíamos sido los tres. No tenía hermanos, solo primos y tíos, pero tampoco éramos muy cercanos, más que en los funerales, cuando algún viejo fallecía. —Está bien, mamá. Entiendo que este matrimonio es conveniente para nosotros, para nuestra fortuna de la cual ya perdí la cuenta —yo sabía que teníamos mucho dinero, ¡demasiado!, pero a veces detestaba esa actitud avara de mi padre —, pero no entiendo cuál es la necesidad de ofrecerme como carne de cañón. ¡Tengo primas! Ofrézcanle el trato a alguna de ellas —me crucé de brazos. —Ya lo hice. —Supongo que dijeron no. —Así es —suspiró frustrada —. Intenté de todo, pero ya sabes cómo es tu padre, cuando se le mete una idea, no hay quien lo saque de ahí. —¡Es tan injusto! —me tiré sobre la cama frustrada, enojada con la vida que había decidido seguir. Yo jamás me había revelado contra mi padre, pero después de lo de Neizan, me había vuelto una rebelde, según ellos. Les contestaba a mis padres, no comía, no dormía, incluso estuve un mes sin bañarme. Eso sí que había sido demasiado. —Lo sé, pero solo será por un año como máximo. ¡Vamos, hija! ¡Es solo para que tu padre esté contento! —ahora que mi mentalidad había cambiado, se había expandido con respecto a todo, me parecía una barbaridad la forma en que mis padres veían el mundo. Incluso, ahora, detestaba la forma en que me habían criado, miedosa, cobarde, sin estudios, sin conocimientos básicos sobre la vida, una maldita ignorante sobre la calle, sobre las relaciones humanas. Me detestaba, para ser honesta. Quizá, ese matrimonio me serviría para salir de casa y vivir mi vida. Después de todo, según me habían dicho mis padres, solo era firmar el contrato de matrimonio y ya, no se me exigía nada más que vivir en la misma casa con aquel hombre y listo. —Debo conocer al hombre primero —dije rindiéndome a su petición. —¡Perfecto! Es un hombre muy simpático y apuesto. Estoy segura de que se llevarán muy bien. Solo será un año, cielo, te lo prometo —me abrazó. Mamá había sido tan sumisa como yo. Siempre obedecía a papá, a tal punto, que ni siquiera discutían. Si papá decía que algo era n***o, aunque no lo fuera, nosotras solo asentíamos y obedecíamos. Esa había sido nuestra vida y la mía, por treinta años. En realidad, quizá debía agradecerle a Neizan por haberme dejado. Esa depresión en la que estuve sumida me hizo entrar a las r************* , lugar en donde era muy popular con mis videos hablando sobre las cosas que pensaba o de los libros que leía. Obviamente, mis padres no sabían de esta vida secreta que llevaba hace un par de meses, porque para ellos, esas cosas eran de gente vulgar. Pero para mí, los vulgares eran ellos, al ser tan poco tolerantes. A la mañana siguiente, tuve que levantarme temprano para ir a la empresa de papá y conocer al famoso hombre con el que iba a tener que compartir una casa durante un año. Antes de salir, volví a preguntarle a mamá si es que realmente sería solo un año, para asegurarme. —Te doy mi palabra —me dijo seria. Sentía que algo no encajaba, pero era mi madre, era imposible que me mintiera. —Ok, solo será un año entonces. —Sí. Ahora vamos, que tu padre nos espera en la oficina. Mientras íbamos en el auto, por las calles de la ciudad, trataba de calmar mi ansiedad. Hace un par de meses que había vuelto a salir de casa, solo para ir al supermercado a mirar el color de las frutas, porque me fascinaba y bueno, sin mentir también, para ir a la cafetería en donde Neizan me había dejado. O quizá yo lo había dejado, porque había sido yo quien se había levantado de la mesa para marcharse sin mirar atrás. A veces pensaba que debía haberlo cacheteado por dejarme así, sobre todo, en un lugar tan público. Bueno, era lo más neutral que existía para esos eventos trágicos. Apenas nos bajamos del auto, mi estómago comenzó a molestar. Sentía toda la tensión de mi cuerpo en esa zona. Esa situación realmente me estresaba. Comencé a cuestionarme si realmente estaba haciendo bien en hacerle caso a mi padre. Después de todo, ese negocio matrimonial parecía un mero capricho suyo. Apenas subimos al ascensor me quise bajar. Miré a mamá buscando ayuda, pero no la conseguí. Ella estaba chateando con sus amigas del club de golf, mientras reía de forma sofisticada. Mamá siempre se reprimía, nunca la había visto enojada, gritando, despeinada, con ropa de domingo. Nada. Mamá se mostraba ante el mundo, como una dama perfecta de setenta y siete años. Las puertas se abrieron y yo quise morir ahí mismo. Mamá me tomó del brazo, cuando vio que mis piernas no se movían. Comencé a pensar que este era un error, un tremendo error por no haber hecho caso a la chica de Tik Tok @anais6790 hace cuatro meses atrás, quien me recomendó ir a un psicólogo para sanar mi mente producto de esa pena de amor. Sentía cómo mamá me arrastraba por el pasillo, mientras sonreía de forma elegante a los trabajadores de aquel piso. —Más rápido, Triana —dijo entre dientes y sin quitar esa sonrisa de su rostro. Y nuevamente, le hice caso. Dejé de respirar y seguí caminando con cara de tragedia. Antes de ingresar a la oficina de papá, mamá se detuvo, me miró y arregló mi vestido, aquel que estaba un poco ceñido al cuerpo, pero no de forma exagerada. Era de un horrible color crema con flores en colores pastel. Después de Neizan, odiaba vestirme así, como una chica buena y en casa solo usaba ropa que me quedara grande, que no mostrara mi cuerpo. —¡Mamá, basta! —me quejé despacio. —Vas a sonreír —me dijo tocando mi rostro con sus dedos y obligándome a sonreír —y serás la chica ejemplar que siempre hemos inculcado en ti. Tuve una sensación rara en el estómago, pero no le hice caso. De seguro solo eran los nervios. Fingí la famosa sonrisa y la secretaria de papá tocó la puerta, hasta que un “adelante” nos indicó el camino. Apenas ingresamos a su oficina, pude ver a papá sonriente en su escritorio, mientras miraba a dos hombres que estaban de espalda a nosotras. Mamá caminó con devoción hacia él, como si de un dios se tratara. Papá se levantó y besó su mejilla. Por un solo instante, me sentí fuera de lugar, como si no perteneciera a ellos, a ese momento, a esa vida. Los dos hombres se colocaron de pie y se voltearon. Eran dos hombres guapos, quizá de la misma edad o algo parecido. Uno era más alto que el otro, quizá medía un metro noventa, lo asumía por los K-dramas que veía en internet. El protagonista casi siempre era alto, tan alto que me molestaba esa diferencia de altura entre él y su protagonista mujer. —Triana, te presento a los hermanos King —los miré aun fingiendo la sonrisa, esperando a que me dijera alguna otra cosa, porque no tenía ni puta idea de quiénes eran. Papá soltó a mamá y caminó hacia los dos hombres —. Él es Aldebarán King y él… Titán King, tu futuro esposo —solo en ese momento, se me borró la sonrisa. Ahora sí era un hecho que me casaría. Ya no tenía escapatoria y me aterraba. Me iba a casar con un completo extraño y eso obviamente no me gustaba. —Mucho gusto, Triana —dijo Aldebarán acercándose y estrechando mi mano. —Mucho gusto, señor —tomé su mano, pero lo solté de inmediato, porque mis manos estaban sudadas y debía secarlas —. Lo siento. —No te preocupes —me sonrió de forma amigable. ¡Vaya! Tenía una sonrisa hermosa. —Mucho gusto, Triana. Espero que nos podamos conocer más —dijo el tal Titán estrechando mi mano también. —Mucho gusto —le contesté de forma tímida. El tipo intimidaba y bastante. Era muchísimo más alto que yo y eso que, por genética, tenía una altura promedio. —Espero que entre todos nos llevemos bien, después de todo, seremos familia durante muchísimo tiempo —dijo papá emocionado. ¿Muchísimo tiempo? Miré a mamá aterrada, pero ella esquivó mi mirada y metió su cabello detrás de su oreja. Muchísimo tiempo me sonaba a más de un año. De repente, comencé a sentirme fatal. Mi estómago estaba revuelto y necesitaba correr a un baño con urgencia. —Disculpen, debo salir un momento —dije ignorando a mamá, quien me llamó. Apenas salí de la oficina, le pregunté a una chica que iba pasando por ahí, en dónde estaba el baño del piso. Corrí apenas me indicó la dirección. Entré al baño rápido y me encerré ahí, pero enseguida tuve que arrodillarme, porque comencé a tener arcadas. No había comido nada esa mañana, así que, nunca pude vomitar. Solo eran simples arcadas. Cuando me sentí un poco mejor, caí en cuenta de lo que había sucedido. ¿Acaso este matrimonio duraría más? No, eso era imposible, mamá me había dado su palabra esa misma mañana. Cuando pude salir del baño, me asusté, porque Titán estaba justo afuera y de brazos cruzados, mientras miraba el suelo. Me agarré el pecho por el susto y me quedé ahí, sin decir nada. —Supongo que… te asustaste por este matrimonio arreglado —me dijo serio. —¿Qué? No —dije mirando hacia otro lado. Nuevamente, me salía una voz tímida. De repente, caminó hacia mí y tomó mi mentón. —Prefiero que me miren, cuando estoy hablando —dijo serio, mientras escaneaba mi rostro. No pude decir ni una sola palabra, porque me quedé como una tonta mirando sus ojos verdes penetrantes —. Y me gusta que respondan —tragué saliva, porque su voz gruesa y las palabras se escuchaban un poco amenazantes —. Mañana nos casaremos por el civil. Tus padres tienen todas las indicaciones y… —¡¿Qué?! ¡¿Mañana?! ¡No! ¡Es muy pronto, yo…! —Dije mañana —sí, definitivamente, su voz sonaba a amenaza. Ahora sí que no tenía escapatoria.

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