Aldebarán estuvo solo dos días y luego se marchó a su casa. Ese descontrol emocional que había visto en él se había esfumado por completo. Al menos, eso me tranquilizó un poco, porque hasta ese momento, no me había dado cuenta de cuánto me importaban los hermanos King. Después de todo, éramos “familia”, aunque este matrimonio no fuera real.
Ese fin de semana, mis padres nos invitaron a almorzar. La verdad, yo no tenía ningunas ganas de ir y verlos. Encontraba que me hacía bien no verlos, pero Titán insistió.
—No deberías obligarme a hacer cosas —le dije enojada, cuando íbamos caminando hacia la puerta de entrada de la casa de mis papás.
—Lo sé, pero debes ver a tu padres, aunque sea una vez al mes.
—¡¿Una vez al mes?! ¿Quiénes son? ¿El presidente y la primera dama? No me importa verlos —él rio.
—No seas dramática. Le consulté a tu psicóloga si era buena idea.
—¿Ella lo aprobó? La despediré —me solté de su mano, porque sí, a veces, solo a veces, él tomaba mi mano.
—No has firmado ningún contrato con ella, pero sí conmigo, así que, debes obedecerme —volvió a tomar mi mano y continuamos caminando. Suspiré frustrada deseando que ese día pasara rápido.
—Por cierto, me debes una salida al cine —dije enojada.
—Lo sé —sonrió.
Apenas entramos a la casa, mis padres nos recibieron efusivamente. Era extraño que lo hicieran y para ser honesta, me hizo sentir muy incómoda. Titán lo notó y debía agradecerle, porque tomó una actitud muy protectora conmigo. Jamás dejó que me separara de él y eso me relajaba un poco. No quería hablar con mis padres, no quería que me preguntaran nada, porque estaba con muchos sentimientos encontrados en aquel momento. De vez en cuando, Titán tomaba mi mano, tratando de aterrizarme en la conversación, porque era obvio que estaba completamente disociada en aquella casa.
Cuando estábamos esperando por los bajativos, se me ocurrió visitar mi antigua habitación. Ya estaba harta de las estupideces de mamá con respecto a los inmigrantes. Qué mujer tan poco tolerante con las personas.
Mi habitación estaba igual que siempre, tal como la había dejado aquella última noche en que dormí en esa casa. De eso ya había pasado mucho tiempo y comencé a sentir un poco de nostalgia. Pero, mientras caminaba por el lugar y tocaba mis antiguas cosas, un sentimiento de angustia invadió mi corazón y mi mente, y empecé a llorar en silencio.
Comencé a recordar a esa Triana depresiva que no se podía ni siquiera el cuerpo, que no podía ir al baño por unos sencillos tres minutos. Aquella que no se podía bañar, porque no le hallaba sentido a hacerlo. Esa Triana que lloraba día y noche por ese amor que nunca tuvo, por esos sueños que nunca cumplió. En ese momento, me prometí nunca más volver a ese lado oscuro, en donde la vida había perdido todo sentido y color. No, yo merecía más, merecía sanar y algún día, enamorarme de un hombre que fuera todo lo que yo quisiera, atento, detallista, cariñoso, que fuera su prioridad tal como él llegase a ser el mío. Debía seguir con mis terapias y aplicar todo lo que la psicóloga me enseñara, porque sabía que, tarde o temprano, volvería a ser feliz. Y me pregunté en ese momento, ¿qué sucede cuando sanas tu corazón?
—¿Estás bien? —me preguntó Titán. Sequé mis lágrimas rápido y me volteé.
—Sí, sí. Todo bien —fingí una sonrisa. Obviamente me había visto llorar, pero yo no quería seguir llorando delante de él.
—¿Estás segura? —caminó hacia mí, tomó mi rostro con una mano y me miró. Se veía triste, como yo.
—Sí, pesado —le sonreí.
—Me preocupo por ti, Triana.
—No deberías —me reí. Traté de alejarme, pero él no me dejó, agarrando mis brazos con suavidad.
—¿Por qué no? Soy tu esposo.
—¡Vamos, Titán! —lo miré negando.
—¿Qué?
—Esto no es real.
—¿No es real? ¿Nuestro matrimonio?
—Ajá. No hay amor, no hay nada… O sea, nos llevamos bien, pero…
—Pero ¿qué?
—Pero… tú no me amas, yo no te amo… Además —suspiré —, debo sanar —le dije simplemente.
—Lo sé, Triana. Nunca te he pedido nada, pero… —dudó.
—Pero ¿qué?
—Me gustas —dijo un poco nervioso.
—No es hora para bromas, Titán —quise caminar y salir de la habitación, pero cortó mi paso.
—Triana, no estoy bromeando. ¡Me gustas, muchísimo!
—Titán, estamos casados hace un año y… ¡Esto no tiene sentido! —negué y me solté de su agarre. ¿De qué servía sentir algo más que cariño ahora? Si en un año no nos habíamos acercado más.
—¡Triana! ¡¿Qué quieres que haga?! —se exaltó un poco.
—¡Nada! Eso quiero, que no hagas nada. Deja las cosas como están, porque yo… —no fui capaz de terminar la frase. Yo no podía enamorarme hasta sanar.
Salí de aquella habitación dejándolo solo y no me importó. De seguro mis padres habían escuchado, porque a ellos nada se les escapaba y apenas me vieron, trataron de alcanzarme, pero yo corrí hacia el jardín enorme para alejarme de ellos. No quería sus estúpidos sermones, mucho menos que me dijeran que Titán era un buen partido y todas esas cosas de las que de seguro, hablaban entre ellos. No me importaba nada y solo quería volver a mi casa, a mi habitación, a mi refugio en donde me sentía a salvo de todos y de todo.
Comencé a caminar por el largo camino que llevaba hacia el portón de entrada de la casa, aquel por donde ingresaban los autos. De seguro Titán ya estaba metido en el auto para alcanzarme y vaya que había atinado, porque, cuando llegué al portón su auto frenó a mi lado.
—¡Súbete! —me dijo bastante enojado. Le hice caso, solo para que pudiese salir rápido de esa casa y volver a la mía para esconderme como siempre.
Nos fuimos en silencio durante la mayor parte del trayecto, porque, cuando estuvimos en una luz roja, no se contuvo más y abrió la boca para joder todo nuevamente.
—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no te puedo gustar?! —dijo enojado.
—¡¿Qué?! ¡¿Otra vez con eso?! —estaba descontrolada, mejor dicho, ambos. Comenzamos a gritarnos, desde afuera del auto, de seguro nos veíamos terrible gritando, haciendo gestos con las manos y con esa teatralidad propia de las discusiones sobre quién tenía la razón.
Apenas llegamos a casa, me bajé rápido y golpeé la puerta. Si hubiese sido mi auto me hubiese puesto a llorar, de seguro, con semejante golpe.
—¡No golpees la puerta! —me gritó. Me volteé y le saqué la lengua enojada.
Traté de caminar rápido, pero qué creen, comenzó a llover de repente, despacio, nublándose todo el cielo que hace unas horas, estaba azul y brillante. Maldito clima. Seguí caminando, pero él me agarró del brazo girándome para que lo mirara.
—¡Déjame!
—¡No, Triana! ¡Vamos a hablar ahora mismo!
—¡Nos estamos mojando!
—¡No me importa!
—¡¿De qué quieres hablar?!
—¡De ti, de mí! ¡De nosotros!
—¡No existe un nosotros, Titán!
—¡Quiero que exista! —gritó levantando las manos como si esperara que el cielo lo escuchara, desesperado. No supe qué decir, porque me sentía tan rota por dentro, que dudaba siquiera en poder amar otra vez tan pronto. Sí, quería sanar, pero con tiempo, despacio, con terapia, como realmente debía ser.
Suspiré frustrada, mirando hacia otro lado, porque no sabía cómo decirle que no me sentía preparada para un “nosotros”. Es que esas cosas me costaban tanto, que no podía ordenar mis ideas para poder hablar claro. Pero él no esperó mis palabras, en cambio, tomó mi rostro con sus dos manos y me besó.