Me quedé ahí, con cara de payaso sin saber qué hacer. No sabía si pararme y salir detrás de Aldebarán o si preguntarle a la chica alguna cosa. Al final, me decidí por lo más lógico. Me disculpé con ella, pagué el almuerzo rápido y salí corriendo detrás de mi cuñado.
Por fortuna, lo alcancé unas dos cuadras más allá. Estaba muy enojado y solo tomé su brazo para caminar a su ritmo. No le pregunté nada, no interrumpí sus pensamientos ni su enojo. Simplemente, dejé que viviera su momento y esperé pacientemente hasta que él decidiera hablar. Pero eso no pasó. Detuvo un taxi me pidió perdón, me dio un beso en la frente y se fue.
Para mi mala suerte, el señor Torres había vuelto urgente a la casa, porque la señora Lourdes se había accidentado en la cocina, cuando me dejó en el centro de la ciudad. Por lo tanto, yo estaba sola en ese momento en pleno centro sin saber qué hacer. Obviamente sabía volver a casa, pero el señor Torres me había dicho que lo esperara, porque solo llevaría a Lourdes al hospital y volvería. Pero ahora, no me contestaba las llamadas. Coincidentemente, Titán me llamó en ese momento.
—Te quería invitar al cine esta noche —me dijo.
—Mmm, sí, claro, me gustaría ir, es solo que…
—¿Qué? —pude notar el tono curioso a través de la llamada.
—Es que… El señor Torres tuvo que llevar al hospital a Lourdes, porque se accidento en la cocina, mientras yo almorzaba con Aldebarán acá en el centro de la ciudad, pero…
—Pero ¿qué, Triana?
—Estábamos almorzando, cuando apareció una mujer. Aldebarán se fue y me dejó sola y…
—¿En dónde estás? Envíame tu ubicación por mensaje —me colgó la llamada.
Hice lo que me pidió y cinco minutos después, apareció frente a mí. Se bajó del auto rápido y apenas estuvo a mi lado, tomó mi rostro con sus dos manos y comenzó a inspeccionarlo, como si buscara heridas.
—¿Estás bien? —me preguntó preocupado.
—¿Yo? Sí. Es Aldebarán quien no está bien, al parecer —me hizo explicar lo que había sucedido y su rostro pasó de la preocupación al enojo en menos de un minuto. Me pregunté en ese momento ¿quién rayos era esa chica?
Nos subimos al auto y manejó por la ciudad como loco. Obviamente no íbamos a chocar, pero uno nunca sabía en esas situaciones. Intentó llamar a su hermano, pero nunca contestó. Comencé a preocuparme por él y a pensar si es que esa chica era una mala persona que, en el pasado, le había hecho daño a mi cuñado.
Llegamos a un edificio muy bonito y Titán me dijo que lo siguiera. Le dije que me podía quedar en el auto, pero no quiso. A veces sentía, que me trataba como una niña chica. O quizá ¿yo sí lo parecía?
El portero del edificio lo saludó como si lo conociera de toda la vida y lo dejó entrar, así como así. ¿Acaso Titán tenía otra casa en el centro de la ciudad? Eso me molestó un poco, porque ya tenía una casa a las afueras de la ciudad, ¿para qué quería otra? Pero no fue hasta que entramos a un departamento, que me di cuenta, que era la casa de Aldebarán.
Por dentro ese departamento era hermoso, moderno, con su propio toque personal. Ni siquiera se parecía a la casa de su familia, con estilo campestre y colonial a la vez. No, este departamento era todo lo contrario y me pareció hermoso y acogedor de inmediato. Pero Titán llamó mi atención, cuando comenzó a llamar a su hermano desesperado, asustado. Ahí me di cuenta de que algo malo estaba pasando con él.
Lo seguí por el departamento enorme con varias habitaciones, hasta que entró a una habitación que supuse, era de su hermano. En un rincón de aquel lugar, estaba él, llorando, solito, como si de un niño chico se tratase. Me impresionó demasiado verlo así, tanto, que incluso me asusté.
Titán corrió hacia su hermano, se tiró al piso y lo abrazó fuerte, dándole besos en la cabeza de vez en cuando. Aldebarán le decía algo como “¿por qué tuvo que volver?” y su hermano le contestaba que eso ya no importaba. Pero, no fue hasta que Aldebarán comenzó a decirle a su hermano que todo era su culpa, que me asusté. Acaso los hermanos King ¿habían tenido un problema por una mujer en el pasado?
Decidí dejarlos solos y me fui a esperar pacientemente a la sala de estar. Prefería que se arreglaran solos, porque en realidad, yo no sabía taaanto sobre ellos, como para actuar de intermediaria. Es más, Aldebarán jamás me había dicho si es que había tenido un problema con su hermano.
Aparecieron una hora después en la sala de estar. Aldebarán se veía recompuesto, pero con los ojos rojos por tanto llorar. Titán se veía terrible, como si el cansancio de varios días se hubiese presentado justo en ese momento. En su mano derecha llevaba un bolso y no tenía que ser adivina para darme cuenta, de que su hermano se quedaría con nosotros por unos días. La verdad, no me molestaba, es más, lo prefería. Aldebarán estaba solo en la ciudad y lo mejor era que estuviese con nosotros hasta que se recompusiera bien.
No pregunté, ni hablé. Simplemente me quedé callada durante el viaje y dejé que ellos vivieran su momento en silencio. Apenas llegamos a casa me bajé y me encerré en la habitación. Al parecer, todos habían hecho lo mismo, porque en un momento de la tarde, salí de mi cueva y caminé por la casa en silencio para encontrarme con un hogar vacío y casi que a oscuras. Pero no, estaba equivocada, porque Titán estaba encerrado en su oficina.
Dudé, por lo menos, unos quince minutos en entrar para ver si estaba bien, hasta que me decidí por hacerlo. Toqué la puerta despacio y la abrí sin esperar a que me dejara hacerlo. Estaba en su escritorio, con la cabeza escondida entre sus brazos, como si estuviese durmiendo en la madera. Levantó su cabeza para mirar y, cuando vio que era yo, me ignoró por completo y siguió en la misma posición. Ni siquiera me molestó ese gesto, sino más bien, me dio mucha tristeza por él. Algo estaba pasando entre los hermanos King y Titán estaba muy mal por ello.
Caminé hacia él y no me importó que me ignorara. Me coloqué a su lado, me agaché para quedar a su altura y toqué su brazo.
—Titán… ¿Estás bien? —le pregunté con voz calma y él solo negó con la cabeza —. ¿Puedo hacer algo por ti? —comencé a acariciar su cabeza, tratando de que me dijera una sola palabra, aunque fuera. Levantó su cabeza un poco y me miró. Había estado llorando, porque sus ojos lo delataban.
Nunca en la vida había tenido que consolar a alguien, así que, no era muy buena haciéndolo. Lo único que se me ocurrió, fue tratar de que desarmara su posición, tomar su mano y llevarlo al sillón. Y así fue, me siguió al sillón, nos sentamos ahí y yo lo atraje para que se recostara en mi pecho tal, como mamá lo hacía, cuando yo era pequeña y tenía alguna pena.
—Lamento lo que sea que haya pasado —le dije en un susurro, mientras acariciaba su cabeza. Él me rodeó con sus brazos y me abrazó fuerte, como si de un niño pequeño se tratase.
—Todo es mi culpa —dijo muy triste.
—No pienses en esas cosas ahora. Solo espero que, lo que sea que haya pasado entre ustedes dos en el pasado, lo puedan resolver pronto. Son hermanos y antes de todo, siempre deben colocarse como prioridad. Ninguna mujer, ni nadie debe separarlos, porque solo se tienen el uno al otro —sentí cómo me abrazó aún más fuerte y yo continué acariciando su cabeza hasta que estuvo mejor.
Estuvimos mucho tiempo abrazados, yo acariciando sus cabellos y él solo en silencio. En un momento tuve que cerciorarme si es que se había quedado dormido, pero no, simplemente, estaba perdido en sus pensamientos.
—¿Te sientes mejor? —le susurré.
—Sí —asintió con la cabeza —. Gracias por estar conmigo.
—Soy tu esposa. O sea, no hay amor en esto, pero sí puedo ser tu amiga y consolarte, cuando lo necesites.
—Y qué sucedería si más adelante… Quizá con los años, ¿hubiese amor? —levantó un poco su rostro para mirarme. No me había detenido a pensar en eso. Yo estaba mentalizada en que solo era un contrato de matrimonio y jamás me había visto con él en un futuro estando enamorados.
—La verdad es que… no lo sé.
—¿Qué no sabes?
—Es que, simplemente soy una persona normal, sin gracia, sin estudios, sin atributos. No sé qué podrías ver en mí —me encogí de hombros.
—Podría ver muchas cosas en ti.
—¿Cómo qué?
—Mmm, por ejemplo, ahora, fuiste una buena persona al consolarme y estar conmigo acompañándome en mi tristeza.
—La verdad, es que soy pésima haciendo estas cosas, porque siempre he estado sola.
—¿Sola, sola? ¿Realmente nunca has tenido amigos?
—Solo los que tuve en la escuela, cuando era pequeña.
—¿Y… novios? —preguntó nervioso.
—Tienes mucha curiosidad sobre eso ¿eh? —sonrió.
—Soy culpable —levantó una mano como si estuviese confesando. Suspiré frustrada y me decidí a hablarlo de una vez por todas, porque si no, era obvio que seguiría preguntando lo mismo una y otra vez.
—Se llama Neizan, Neizan Asturias. Lo conocí en un evento, pero sabía perfecto que mis padres habían hecho de todo para que nos encontráramos ese día. Era un chico apuesto, unos años mayor que yo y ante mis ojos, él era simplemente perfecto. Me enamoré perdidamente de él y lo quería todo, la casa, los niños corriendo por el jardín, los perros y gatos, los viajes en familia, todo. Pero él nunca me amó y en su corazón, solo había un nombre, Hellena Virtanen.
—¿Hellena Virtanen? —me preguntó de repente.
—Mmm, sí —asentí.
—Dudo que exista otra Hellena Virtanen en el mundo, así que, supongo que es la misma.
—¿La misma?
—La misma que fue mi compañera en la universidad. Bueno, solo el primer año, porque me cambié de universidad.
—¡¿Fue tu compañera?! —pregunté sorprendida.
—Así es —no podía creer semejante coincidencia. ¿Esto era una coincidencia de algo futuro? No estaba segura.