Sariel y Vlad estaban en la cubierta del navío, almorzando deliciosos cangrejos. La rubia ya había dejado de tener mareos, así que al fin podía salir a cubierta, pese a la negativa de Vlad. Claramente una sola mujer en el barco era una distracción para los marineros, y aunque Sariel se cubría la cabeza y parte de la cara con un velo para que el sol no quemara su bello rostro, aun así, los varones volteaban a mirarla cada vez que podían. —¿Crees que Merlín esté bien? —preguntó Vlad, y es que hace un par de días fue que sintieron aquel estallido de poder que Sariel supo de inmediato que se trataba de él. Sariel le dio un sorbo a su copa de vino y suspiró con pesadez. Ella, como la aprendiz de Merlín, sabía perfectamente que un estallido así de su poder, capaz de abarcar todo el mund

