Luz en la oscuridad

3271 Words
ST: Everytime - CHEN, Punch [Drama original: Descendientes del Sol] “Se llama Do Chul-san. Tiene veintidós años y ese era su primer trabajo. Es hijo de padres coreanos, pero tiene nacionalidad japonesa”, informó el señor Huang, proporcionándome un folder transparente lleno de documentos. Lo abrí y comencé a inspeccionarlos. El primero era un contrato de trabajo de mi cafetería, con la información que el señor Huang me acababa de dar. Noté que los datos de la ID coreana estaban vacíos. En su lugar, tenía los datos del pasaporte japonés. “¿Y esto?”, pregunté, señalando la dirección indefinida a las afueras de Icheon, sobre una colina. Es un sitio que yo conocía bien, porque me gustaba bastante. “¿No es el museo Woljeon?” El señor Huang apretó los ojos e hizo una mueca, como si la mala noticia hubiera sido expuesta mucho antes de lo que él planeaba. “Así es, señorita. También investigamos el nombre y cotejamos los datos del pasaporte japonés, pero resulta que el número de pasaporte pertenece a un sistema muy viejo, quizás de poco después de la segunda guerra.” Puse los ojos en blanco. “¿Me está diciendo que el maldito gato mintió en todo, desde su nombre hasta su dirección y nacionalidad, pero nosotros nos enteramos hasta este momento?”, pregunté, cerrando los puños en los descansillos del sillón de mi oficina. Se-ra, una de mis hermanastros de la tercera esposa de mi padre, estaba sentada en la mesa de reuniones, a pocos metros de nosotros. Me pareció que se mordía el labio, con poco interés en disimular su satisfacción. “Así es”, admitió el señor Huang, bajando la cabeza. Intenté aspirar lentamente. “¿Acaso hacer eso no es ilegal? ¿Qué dijeron en la embajada japonesa?” “No están seguros de que lo sea, porque eran datos falsos de un sistema...” Golpeé el folder con documentos sobre la mesa junto a mi sillón, con lo que todos los documentos se esparcieron en el suelo. Era un acto grosero e impetuoso, pero mucho mejor de lo que me hubiera gustado decir en aquel momento. “La incompetencia de...”, comenzó el señor Huang. Ya estaba tan nervioso que su lado traicionero comenzaría a buscar culpables. Buscaba que yo profiriera un ¨¡que le corten la cabeza!¨, pero eso no habría ayudado en nada. “Que incrementen la seguridad en el proceso de selección”, dije rápidamente, para ocultar que no tenía idea de cómo proseguir con la búsqueda. No sabíamos nada de él y lo único que yo podía identificar era su voz carrasposa. Si intentábamos buscarlo con tan poca información, era como encontrar una aguja en un pajar. “¿Hermanita, necesitas algo de ayuda?”, preguntó Se-ra. Giré la cabeza con cierto control hacia mi hermana, la más petulante de mis tres hermanos. Hasta hace un par de meses, en que marchó a China, me había estado presumiendo sobre la cantidad de acciones que había conseguido en un par de empresas chinas de innovación tecnológica. Y no era que le importara la cantidad de dinero que adquiriría con ello, sino la cantidad de acciones que le pertenecían como empresaria, sin necesidad de acudir a nuestro apellido. Su mayor orgullo era lo único que me podía causar envidia: pertenecerse a sí misma por completo. Tanteé mi gargantilla GS con distracción, sin recordar que mi hermana Se-ra también fue el motivo por el que dos años atrás yo había decidido comenzar una empresa con mi propio nombre. Entonces, ella también se había burlado de mí, porque los fondos que utilicé para comenzar venían de la empresa de nuestra familia. Además, GS no alcanzaba ni un octavo de la empresa personal de mi hermana mayor. Aunque el tema no me interesaba mucho, Se-ra era reconocida por el mundo empresarial como la personificación de la revolución ante las empresas familiares. Y yo odiaba no ostentar cualquier reconocimiento que sonara tan revelador.   “No en realidad”, murmuré. “Pero gracias, hermana.” Se-ra sonrió y asintió para seguir leyendo una novela de fantasía. También era la clase de mujer que no se dejaba absorber por el trabajo y se disfrutaba como le venía en gana. Refunfuñé. “No sé por qué te preocupa tanto. Nadie tomó fotos ni hubo rumores”, se quejó mi segundo hermanastro Hyun-in, al otro lado de la sala. Ahora que los miraba a los dos tomar té y café como si nada, en medio de mi oficina, sentía como si una plaga me hubiera inundado. Me levanté, suspirando. “Saldré a tomar aire”, me excusé. No había dado ni un paso fuera de la oficina de cristal cuando algo se sujetó de mi cintura y giró entorno a mí. “Eun-yoo”, grité. Mi tercer hermano se había colgado de mi cintura, con la intención de derribarme. Traté de recuperar el equilibrio sobre mis zapatillas y empujé a Eun-yoo adelante. El chico de doce años cayó sobre su trasero, después de dar un par de marometas exageradas. Una vez ahí, rio, señalándome. “¡¿Por qué no tienes más cuidado?!” “¿Y tú qué? No salgas de tu oficina cuando estoy a punto de tirar la puerta de una patada”, señaló, sin parar de reír. Se-ra y Hyun-in eran mayores que yo por varios años, pero Eun-yoo era el menor, la razón por la que la madre de los tres decidió separarse de su primer marido, poco después de conocer a papá. Eun-yoo era mi único medio-hermano de sangre. Puse los ojos en blanco y seguí caminando. Eun-yoo corrió detrás de mí. “Tenemos que ir a la presentación de Yong Yang, ¿recuerdas? ¿Por qué no te vistes ahora? ¿Puedo ir en tu auto Sián?” “Dile a Se-ra.” “No me deja ir con ella desde que le azoté la puerta del carro. Nada más le di un golpecito, pero ya ves.” “Entonces dile a Hyun-in.” “Aunque tiene veintiséis, no sabe manejar bien”, contestó, con un aire burlón que casi me contagia la risa. Me mordí los labios, giré ciento ochenta grados y detuve  a Eun-yoo, poniendo una mano sobre su frente. “¿Y qué te hace pensar que te llevaré yo?” Eun-yoo entornó los ojos y soltó un bufido astuto. Me miraba de forma decidida, aún debajo de mis dedos.   “Porque si no me llevas, iré caminando.”  Sonreí ante su propuesta. “Adelante.” “Descalzo.” “Genial.” “¡En calzones de la marca GS!” Abrí los ojos ampliamente y fingí que le jalaría las orejas, pero no lo hice. “Anda, pues”, respondí, reanudando la caminata. “¿En serio?”, inquirió, corriendo detrás de mí. “Te estoy diciendo que sí, pero ¿quién te enseñó a chantajear de una forma tan descarada? Además, ponte algo más apropiado. Siempre paseas con tus gorritos y tus playeras holgadas; pareces un criminal.” “Me enseñó la mejor”, murmuró. “Y esta ropa está de moda.” Coloqué la mano detrás de su espalda para darle un leve empujoncito. Él trastabilló pero logró controlarse, antes de alcanzarme el paso. *** A pesar de los constantes conflictos con mis hermanos mayores, ellos comprendían cuándo debían darme mi lugar como directora de Sun House. Cuando éramos menores, solíamos entrar en fila india por edades detrás de mi padre, pero poco después de que yo cumpliera los dieciocho, tomaron la costumbre de romper filas justo cuando nos reuníamos con otras personas de alcurnia. Quizás fuera porque ambos ya tenían edad suficiente para construir su propia red de contactos o porque mi padre respetaba mi derecho a presidir las conversaciones, pero cualquiera de las dos cosas nos sentaban bien a todos. Al bajar de los automóviles caminamos juntos hacia la entrada. Ahí, mi silenciosa madrastra se ató al brazo de mi padre y lo condujo suavemente hacia la fila de nuestros accionistas más cercanos. Cuatro hombres y seis mujeres. En todo el grupo, tres de ellos eran de verdadera importancia para la empresa. Park Cha-in, Sara Kumar y Kevin Yoon. Los dos primeros iban flanqueados con hombres y mujeres que los asistían, mientras que el tercero parecía ir con un par de chicas de compañía, demasiado jóvenes para él.  Kevin Yoon, de nacionalidad estadounidense, era un hombre joven y taciturno, con la expresión robótica más severa que conocía. Siempre decía palabras agradables que parecía haber memorizado y que no creía en absoluto. De cualquier forma, era el segundo accionista mayoritario de mi empresa, así que yo tenía que fingir que me interesaba más de lo que yo a él. Kevin Yoon hizo una reverencia lenta y profunda, con cierta distracción; un gesto que caracterizaba su actitud en general. Luego de imitarlo, alargué la mano. Él deslizó los dedos entre los míos de manera sugerente, aunque no logré comprender su mensaje. “La felicito, señorita Sung”, comentó. “El corporativo crece más que un país promedio cada año.” “Me ha robado mis líneas, señor Yoon. La empresa crece cada vez más gracias a las filiales minoristas que usted conduce.” El señor Yoon se irguió, sin denotar complacencia por el cumplido. “Créame, crecería al doble de no ser por ciertos obstáculos.” “¿Obstáculos?”, preguntó mi padre, abriéndose paso entre los accionistas. “En la larga historia que tiene Sun House, es difícil pensar que exista algo así para nosotros”, añadió Sara Kumar. Aquella era una mujer mayor de la India que guiñaba cada vez que hablaba. Muchas personas decían que hacer eso le hacía parecer de menor confianza, pero su expresión siempre conseguía tranquilizarme. Le sonreí. “Concuerdo. Tenemos la fuerza suficiente para enfrentar las amenazas que podrían destruir a países enteros.” Kevin no respondió, pero me pareció que la comisura de sus labios se arqueó ligeramente. “No olvidarán al corporativo Han Jung”, dijo el largirucho hombre, mostrándonos el grupo detrás de nosotros. Ahí se encontraban los ancianos líderes de Han Jung y dos de sus hijos. El mayor, Jung  Chae-gul, que estaba en libertad condicional y el segundo, Jung Se, que trastabillaba cada tres pasos, más ebrio que de costumbre. El único que hacía falta era el mismo que intentó conquistarme en mi fiesta de cumpleaños, Jung Hae-ram. “Hasta hace poco habían permanecido alejados, pero últimamente están absorbiendo empresas pequeñas en las que nosotros estábamos interesados.” Solté un bufido a propósito y levanté una ceja, convencida de que la fama de Han Jung estaba ya bien instalada en el piso como para que absorber empresas pequeñas nos afectara. “No hay nada que temer”, le aseguré. “Sólo juegan a las  carreritas, creyendo que están en condiciones de competir contra nosotros.” Kevin me lanzó una sonrisa de satisfacción auténtica y señaló adelante, acercándose a mí. Me dio la impresión de que buscaba susurrarme algo, justo al oído. Podía percibir su aliento caliente sobre mi cuello. Algo en su acto me puso los nervios de punta. “Entonces no tenemos nada que temer, ¿verdad?” Levanté una ceja; estaba actuando muy extraño. Pero antes de que pudiera responder, alguien deslizó la mano sobre mi cintura y me apartó de él. Cuando asomé sobre el hombro, encontré a Tae Yoo sonriéndome. Su flequillo estaba peinado hacia arriba, llevaba un traje que mostraba la figura de sus pectorales y la colonia que usaba resultaba horriblemente seductora. Me coloré al instante por su cercanía. “Llegaron todos, me alegro mucho”, dijo, tomando mi mano suavemente. Yo tragué saliva, intentando liberarme por reflejo. Quizás el gato Cheshire tenía razón y Tae Yoo tenía la capacidad de matarme con su gentileza, con su atención inusitada, o con la forma en la que me miraba. No necesitaba sonreír para que supiera lo que me decía a través de sus ojos: “estoy aquí”. Tae Yoo no me dejó ir. En lugar de cerrar sus dedos alrededor de los míos, como lo llegó a hacer en la preparatoria, cuando yo estaba  a punto de ser arrollada por un automóvil descuidado, los entrelazó con los míos.  Me mantuve quieta como una roca. ¿Qué diablos significaba? Mi padre, mi madrastra y todos los que se encontraban cerca se quedaron igual de pasmados, expectantes. Una de las damas de compañía de Kevin Yoon incluso se cubrió la boca, como si estuviera a punto de atestiguar algo impactante. Tae Yoo levantó las cejas, confundido. “Mis hermanos mayores se harán cargo de la apertura”, informó. “Luego de eso, tenemos un anuncio muy importante que dar. Esperarán hasta ese momento, ¿no es así?” “¿Si no esperaremos? ¡Me ofendes!”, replicó la señora Kumar, con un aire que los relajó a todos. El señor Park la siguió hacia la explanada detrás de la cual se encontraba el nuevo edificio. Estaba parcialmente cubierto con una enorme manta con el logo de Yong Yang. Tae Yoo sonrió francamente, distendió los músculos y me guió con él detrás de todo el grupo. Mi padre me echó una mirada sobre el hombro, pero su esposa lo obligó a tener cuidado con los escalones frente a él. Al final de cuentas, tuvo que concentrarse en controlar a mi juguetón hermano Eun-yoo, que acababa de saludarlos a la distancia.  “¿Anuncio?”, le pregunté a Tae Yoo, con una voz mucho más pequeña de lo que pretendía. Él me miró y asintió. “Hay nuevos... cambios.” ¿Cambios? ¿El matrimonio era sinónimo de cambio? ¿Es que iba a pedir mi mano públicamente? No. No. Agité la cabeza y traté de levantar la barbilla. ¡Estaba siendo una tonta desesperada! “Supongo... que la clase de cambios que los asustan a todos. Incluyéndome”, añadió con mirada indescifrable. Salté sobre mis tacones en las escaleras y me desprendí de él con un bailecito casi infantil. Tae Yoo me contempló desde escaleras abajo. Mis emociones estaban en tal punto que lo único que quería era huir. “¿Piensas ir a algún sitio?”, preguntó. No tenía idea de qué responder. Justo antes de que concibiera la loca idea de salir corriendo, justo como en los doramas de secundaria, los altavoces de las pantallas exteriores comenzaron un anunciar:  “HONORABLES MIEMBROS DE LA FAMILIA YONG YANG, SEAN AMABLES DE PRESENTARSE ANTE EL PODIO PARA QUE COMENCEMOS LA GRAN CEREMONIA.” Exhalé, aliviada, y miré a Tae Yoo. “Creo que te necesitan.” “¿Quién? ¿Ellos o... tú?” “¿De qué hablas? Claro que ellos.” “Estás actuando muy raro.” “No, no soy yo la que lo hace.” Tae Yoo miró un instante al horizonte, pensándoselo, y luego a mí. “No tengas miedo.” “¿De qué?”, me apresuré. ¿Lo que sentía era miedo? ¿Podía estar asustada de casarme con el amor de mi vida? Tae Yoo no respondió; las bocinas lo llamaron por segunda vez, con palabras menos amigables en inglés. Si no se marchaba ahora, pronto pasarían al español, al c***o y estaría condenado cuando hablaran en portugués. “Luego de la presentación, veámonos en el ala norte. Puedes verla desde aquí. Es esa que tiene paneles oscurecidos y un trío de balcones de vidrio”, explicó, señalando el sitio. “No te preocupes, no habrá nadie más ahí.” “Pero ¿para qué...?” Tae Yoo no me dejó terminar. Echó a correr como un chiquillo, justo como yo planeaba, en dirección al podio. Pude ver su alta y fornida figura desapareciendo detrás de un grupo de empresarios extranjeros y, de repente, lo recordé corriendo de la misma forma cuando estábamos en la preparatoria. Había tenido que acudir a clases personales en una salita dentro de nuestra casa durante la mitad de mi vida, escondida en la oscuridad y en el miedo, hasta que alguien me encontró. Estaba tomando clases de matemáticas y me daba golpecitos contra la frente, porque no entendía ni la mitad de lo que leía. Mientras tanto, mi padre se encontraba en una fiesta de gala en nuestra propia casa, a la que no me dejó acudir. Prefirió echar llave para cuidar a su más grande tesoro y, como yo estaba tan asustada como él, no podía quejarme. Entonces, alguien golpeó a la ventana de mi salón, con un balón que casi quebró el cristal sobre mi cabeza. El muchacho fue corriendo para intentar recuperar su balón antes de que alguien lo viera, pero, cuando se agachó, se encontró con mis ojos. La noche era muy oscura y nebulosa, pero cuando el niño apareció con su brillante rostro frente a mí, me pareció que todo se iluminó. Pensé, como una tonta, que era como tener a la luna frente a mí, brillando. Me habían encontrado. Para cuando la fiesta finalizó, la madre de Tae Yoo vino a pedir disculpas a mi papá, insistiendo en que quería verme. Los escuché conversar fuera de mi salón, una primera negativa de mi padre y su rendición. La mujer regordeta entró a paso apresurado, arrastrando al muchacho detrás de ella, hasta encontrarse conmigo. La conversación duró muy poco. El chico no podía ni verme, pero era obvio que, al final, fue él mismo quien admitió haber roto mi ventana. Dos semanas luego de aquel día, mi padre procuró mantener todas mis ventanas y puertas abiertas, asomó y me propuso regresar a la escuela, al menos durante la preparatoria. “El muchacho que rompió la ventana estará ahí. Es muy diferente a su padre, así que creo que te cuidará bien”, había dicho. “Confío en él. Se llama Tae Yoo.” Mi padre no se tomaba la confianza a la ligera, así que comprendí que Tae Yoo había hecho algo mucho más importante que haberse postrado frente a mi ventana por mí. No sólo me había encontrado; por alguna razón, me había sacado de la oscuridad. Jamás le agradecí ni me disculpé por la molestia de haberme salvado; siempre me pareció que él quiso hacerlo.   Miré el suelo, hacia mis zapatillas de color violeta con diseños intrincados de trébol. ¿Y si casarse conmigo no era un problema para él? ¿Y si quería hacerlo por voluntad propia? Quizá mi padre estaba equivocado y “vivir la vida” no era equivalente a irse de mochilero. Quizás se conseguía con algo mucho más tradicional, arcaico y... peligroso. Apreté mi gargantilla GS entre las manos. Si me pedía una respuesta hoy mismo, ¿qué le diría? Un hombro chocó contra el mío bruscamente. Me desestabilizó por completo, de manera que caí de bruces sobre el piso. Mis rodillas se rasparon sobre la grava del suelo, pero el sujeto no se detuvo. Siguió andando a paso rápido y de estilo altivo; movía los brazos de atrás adelante como si el mundo le perteneciera. Mientras un par de chicos se arrodillaron a mi lado para ayudarme, pude reconocer ese extraño andar. ¡No es posible que también estuviera aquí! Movía las caderas como si llevara una cola de gato... un gato loco y morado. Me levanté de un salto y corrí detrás de él, lista para derribarlo en la primera oportunidad.  
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