Mientras subían por el elevador privado de aquel enorme edificio donde el joven Bertram vivía, un sudor frío recorría la espalda de Gea. Se devanaba los sesos intentando entender por qué Vladímir quería vivir el matrimonio lo más real que fuera posible, ¿y exactamente a qué se refería con eso? Ella no tenía pensado cumplir con el deber de una esposa real, porque simplemente no lo era. Aunque el hombre le atraía y a quien no, era tan jodidamente sexy, Gea estaba dispuesta a no volver a caer en sus brazos. Para ella el matrimonio era más que un simple papel firmado, era una unión de por vida con aquella persona que te complementaba, física y espiritualmente. La relación con Vladímir estaba a kilómetros de acercarse a eso. El ring del elevador que anunciaba la llegada a su destino final, l

