Ruidos en la cocina, acompañados de música ligeramente alegre, despertaron a Vladímir. En cuanto se incorporó sobre su cama, el olor al café recién hecho invadió sus pulmones. Rápidamente, se encaminó hacia el lugar de donde provenía el alboroto. Como buen hombre soltero que vive solo, no estaba acostumbrado al ruido en su casa. Conforme se acercaba a la cocina y el ruido se hacía más fuerte, la molestia crecía dentro de él. La misma que se esfumó instantáneamente, al ver a Gea de espaladas a él, moviendo sus caderas al ritmo de la música mientras sostenía con sus manos una sartén y una pala para cocinar. Vladímir se quedó de pie, no se atrevía ni a respirar para no interrumpir aquel delicioso momento. No había nada en este mundo que deleitara más su vista que ver a aquella mujer conto

