Los juegos de seducción por parte de Vladímir hacia Gea continuaban y, muy al pesar de la joven, estos subieron de tono, pasaron de sonrisas coquetas y roces sutiles a insinuaciones directas. La última que le jugó el joven Vlad a Gea. Fue a pasearse delante de ella con solo una toalla atada a su cintura, sin nada más. La pobre Gea se atragantó con su propia saliva al verlo pavonearse semidesnudo por la estancia. Vladímir, por supuesto que lo disfrutó, sonreía victorioso al ver cómo Gea se lo comía con la mirada sin disimular ni un poco su mirada pervertida. La pobre Gea estaba al borde del colapso, cada vez se controlaba menos y dejaba expuestas las reacciones de su cuerpo ante las provocaciones de Vladímir. — ¿Y por qué no le das una cucharada de su propia medicina? —sugirió

