Las gotas tranquilizantes comenzaron a surtir efecto en mi padre. Cada palabra que salía de su boca me provocaba una intensa repulsión y una creciente irritación. Me resultaba inconcebible lo que sus palabras desvelan. ¿Cómo era posible que estuviera dispuesto a negociar la vida de su propia hija, sin importarle las posibles consecuencias? Una oleada de ira me invadió y ya no pude soportarlo más. Le di la espalda y me dirigí hacia mi habitación.
Mi único deseo era huir de esa casa para siempre, abandonarlo todo y no volver a verlo nunca más. Sin embargo, sabía que debía ser cauta, esperar el momento adecuado, de lo contrario, él podría impedir mi escape y descubrir mis intenciones. Desde mi cuarto, podía oír su voz repitiendo el mismo discurso una y otra vez.
—"Vivirás como una reina, mi niña. Ese hombre te dará todo lo que desees. Joyas, vestidos lujosos... Solo debes cumplir con sus deseos. Sé buena, hija mía. Sé lo que te conviene", vociferaba mi padre con su desagradable tono manipulador. Seguramente pretendía entregarme a otro individuo tan despreciable y depravado como él, pero no iba a permitirlo. La sorpresa que le aguardaba sería su peor pesadilla.
Los minutos transcurrían y el tiempo parecía interminable. Sentía que estaba frente a una bomba de relojería, a punto de estallar y arrasar con todo a su paso. Esperé el momento adecuado, tomé mis pertenencias y me dirigí hacia la salida sin hacer ruido. Me detuve por un momento y observé lo que había sido mi hogar durante tantos años. Todos mis recuerdos estaban ahí, grabados en mi corazón para siempre.
Alcé la mirada una última vez hacia la fotografía de Mamá, en silencio le pedí su bendición y su guía para enfrentar los desafíos que se avecinaban. Continué avanzando y justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, ocurrió lo que tanto temía.
—¿A dónde crees que vas, desagradecida? —gritó mi padre, agarrándome del cabello para luego arrastrarme por el suelo y zarandearme sin piedad.
—¡Suéltame, me estás haciendo daño! —grité entre sollozos.
—¿Pensabas dejarme, maldita? Yo que te he dado todo. Eres tan necia como tu madre, sin ambiciones. Pero te enseñaré que conmigo no se juega. Aprenderás a obedecerme, te guste o no, y harás lo que te diga sin rechistar. ¿Me has entendido? —continuó diciendo mientras seguía golpeándome.
Todo parecía perdido, ya no tenía control sobre la situación. Estaba a merced de él y haría conmigo lo que quisiera. Cuando creí que era el fin, logré zafarme y ponerme de pie. Intenté correr, pero él me sujetó de nuevo del cabello. Sin embargo, de repente, se derrumbó. Por fin, el sedante había hecho efecto. No perdí ni un segundo, agarré mi bolso y corrí hacia la puerta. Salí de esa pesadilla, afuera me aguardaba la libertad. Aunque sabía que no sería completamente feliz en ese matrimonio, al menos estaría a salvo y tendría a mi abuela a mi lado.
Jordán.
Margaret se estaba retrasando mucho. Empezaba a sentir desesperación. ¿Acaso esa chica me dejaría plantado? Me movía de un lado a otro, escudriñando en todas direcciones, pero nada, ella no aparecía por ningún lado. Mi obsesión por esa mujer se estaba volviendo insoportable. Desde que la conocí, no podía apartarla de mis pensamientos. Ya no quería cualquier esposa, sino a ella, solo a ella. Me había obsesionado con tenerla, y no descansaría hasta lograrlo.
Estaba acostumbrado a obtener todo gracias al dinero de mi familia. Sin embargo, me refería solo a lo material, ya que nunca había experimentado un verdadero afecto al que aferrarme. Siempre había estado solo, y el único cariño genuino que había tenido en mi vida estaba desapareciendo con el tiempo. La extrañaba tanto. La necesidad de abrazarla me invadía, y estaba decidido a protegerla a toda costa, sin importar lo que tuviera que hacer para lograrlo. Mi abuelo no sería indulgente conmigo ni con ella si no cumplía estrictamente con sus exigencias.
Nunca había conocido el amor verdadero. Mis relaciones habían sido solo físicas, pura atracción carnal. Nadie me valoraba por quien era como persona, sino por lo que poseía debido al estatus de mi familia. En mi casa, las únicas personas que siempre me mostraron un afecto sincero fueron mi niñera y mi chofer. En la medida de sus posibilidades, fueron los padres que siempre había necesitado y nunca tuve. Sin embargo, nunca se puede sustituir el afecto que proviene de formar parte de una verdadera familia. Envidiaba a mis amigos cuando veía sus fotos en las r************* , sus viajes juntos, las Navidades, sus eventos especiales, cosas que yo nunca había experimentado.
No entendía por qué todos esos pensamientos me estaban invadiendo justo en ese momento. Me sentía vulnerable y preso de la melancolía. La espera estaba empezando a impacientarme, lo que me llenó de rabia. Justo cuando me disponía a marcharme, la vi a lo lejos y mi corazón dio un vuelco. Esa mujer provocaba algo inexplicable, algo que no podía entender. ¿Sería realmente como yo la imaginaba? ¿O tendría algún secreto como las demás?
Todo en ella me intrigaba, pero no podía permitirme mostrar debilidad. Debía seguir representando el papel del hombre fuerte y rudo, el millonario sin escrúpulos que se le había presentado y propuesto matrimonio con aires de superioridad. Siempre evité mostrar mi verdadera esencia a los demás, ya que creía que eso me hacía vulnerable y aumentaba las posibilidades de ser herido, tal como había ocurrido en el pasado.
—Llega tarde, señorita McGregor. ¿Es esta su costumbre, ser impuntual? —le dije, observándola de arriba abajo.
Noté que su cabello estaba desaliñado y que tenía varios golpes en el rostro. De repente, me preocupé, algo extraño en mí, ya que la gente desconocida rara vez me generaba tal reacción.
—¿Se encuentra bien? ¿Qué le sucedió? ¿Necesita que la lleve al hospital? Dígame, ¿quién le hizo esto? —exclamé, sintiendo cómo la rabia se apoderaba de mí. Tenía la urgencia de destrozar con mis propias manos a quienquiera que hubiera osado lastimarla. Siempre he detestado la idea de que alguien dañe a una mujer; eso me enfurecía.
—No es necesario ir al hospital, señor Benedetti. Estaré bien. Tuve un accidente, eso es todo —respondió Margaret, evitando mi mirada.
Cuando subimos al coche, noté que Margaret llevaba consigo un pequeño bolso de viaje. Parecía como si hubiera tenido algún problema en su casa y estuviera huyendo. No me creí del todo su historia del accidente, pero tampoco quería presionarla con mis preguntas. Era evidente que estaba pasando por un momento difícil y que necesitaba ayuda con urgencia.
—Iremos a mi casa —le dije, tratando de sacarla de sus pensamientos.
—Está bien —respondió con voz triste, lo cual me enterneció por completo.
Durante el trayecto apenas hablamos. Conducía mientras la observaba de reojo. Estaba pálida y su semblante reflejaba tristeza. No entendía exactamente por qué, pero sentí una fuerte necesidad de protegerla y ayudarla. Más allá de mis verdaderas intenciones hacia ella, había algo en mí que me impulsaba a no dejarla sola.