El rugido de los motores fuera de borda era apenas un susurro comparado con el latido del corazón de Valentina. El viento marino le azotaba el rostro mientras se ajustaba el chaleco táctico sobre la ropa oscura. Alessandro, a su lado, verificaba su fusil de asalto. —Si algo sale mal, Franco te sacará de aquí primero —dijo Alessandro, su voz firme pero con una nota de súplica que solo ella podía detectar. —Nadie me sacará sin mi hijo, Alessandro. Y nadie te sacará a ti si no es conmigo —respondió ella, asegurando la Beretta de nácar en su funda—. Hoy dejamos de jugar a la política. Hoy somos los dueños de la muerte. Sangre en la arena El desembarco fue una coreografía de sombras. Se movieron a través de los manglares hasta llegar a la muralla perimetral de la villa. Valentina se mantuvo

