La mansión Romano se sentía distinta tras el viaje a la costa. Alessandro caminó hacia la caja fuerte del despacho y, con un gesto solemne, le entregó a Valentina una tarjeta negra y una Beretta de edición limitada con empuñadura de nácar. —La confianza no se compra, se recupera —dijo él, rodeando su rostro con sus manos—. Las cuentas están abiertas. El imperio es tan tuyo como mío. Pero si vas a seguir este camino a mi lado, no puede haber más sombras entre nosotros. Valentina sintió el peso del arma y de la tarjeta. Era el momento de hablar, de contarle sobre el muelle. Pero el miedo a que Alessandro matara a quienquiera que tuviera información sobre su pasado —o sobre su hijo— la mantuvo callada. Se limitó a besarlo, un beso que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo. El peso

