Promesas de cristal

796 Words
Alessandro entró en la habitación sin llamar, como siempre, pero esta vez no había ruidos de gritos ni órdenes secas. Se detuvo en el umbral, observando a Valentina. Ella estaba sentada frente al tocador, cepillando su cabello con una calma que lo irritaba porque no podía descifrarla. —Vístete. Salimos en veinte minutos —ordenó él, aunque su voz sonó menos firme que de costumbre—. Vamos a supervisar el Obsidian. Valentina no se inmutó. Dejó el cepillo y lo miró a través del espejo. —¿Otro desfile, Alessandro? ¿O es que necesitas recordarme quién manda después de que vi tu espalda esta mañana? Él se tensó, cruzando el cuarto en tres zancadas hasta quedar justo detrás de ella. Sus manos se apoyaron en los hombros de Valentina, apretando la seda de su bata. El calor de su cuerpo la envolvió, y por un segundo, el aire en la habitación pareció agotarse. —Irás porque eres mi esposa —siseó él, inclinándose para que su boca rozara la oreja de ella—. Y porque me gusta que el mundo sepa que, aunque me odies, duermes en mi cama cada noche. —Dormir no es lo mismo que pertenecer —replicó ella, aunque sintió un escalofrío recorrer su columna cuando los dedos de él subieron por su cuello, rozando la mandíbula con una caricia que quemaba. El roce del peligro El Obsidian era el club más exclusivo de la ciudad, un templo de sombras, luces de neón y música hipnótica. Alessandro caminaba por el lugar con Valentina tomada de la mano, con un agarre que no era de pareja, sino de posesión. Se instalaron en el área VIP, un palco oscuro que dominaba la pista de baile. Mientras Alessandro hablaba con su jefe de seguridad, Valentina se sentía observada. Un hombre, un sicario de una familia rival que había sido humillada por los Cruz años atrás, se acercó a la mesa con una mano oculta bajo su chaqueta. —Alessandro Romano... —empezó el hombre con una sonrisa torcida—. Me dijeron que te habías casado con la basura de los Cruz para limpiar tus deudas. Valentina vio el brillo del metal antes que nadie. Pero antes de que el sicario pudiera sacar el arma, Alessandro se movió con una velocidad inhumana. No fue un disparo; fue un movimiento fluido de defensa. Empujó a Valentina detrás de él, protegiéndola con su propio cuerpo, mientras su otra mano desarmaba al atacante con un crujido de huesos. La seguridad se llevó al hombre en segundos, pero la adrenalina se quedó vibrando entre ellos. Alessandro respiraba con dificultad, sus ojos de obsidiana fijos en Valentina. Estaba buscando rastro de miedo en ella, pero solo encontró fuego. El incendio De regreso en la mansión, el silencio en el auto fue insoportable. Al entrar a la suite, la puerta apenas se había cerrado cuando Alessandro la tomó por la cintura y la estampó contra la madera. No había violencia esta vez, solo una necesidad desesperada y cruda. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó ella jadeando, con las manos apoyadas en el pecho de él, sintiendo el latido errático de su corazón—. Podrías haber dejado que me dispararan. Te habrías librado de mí. —No digas estupideces —respondió él, su voz era un rugido bajo—. Nadie te toca. Nadie te mira. Eres mía, Valentina. Incluso si me odias, eres mía. Él la besó con una intensidad que la dejó sin aliento. No fue el beso de la boda; fue un beso hambriento, lleno de rabia y deseo acumulado. Valentina intentó resistirse un segundo, pero la adrenalina del club y la visión de su espalda herida esa mañana habían roto algo en ella. Sus manos subieron por el cuello de él, enredándose en su cabello, respondiendo con la misma furia. Alessandro bajó los besos hacia su cuello, su mano subiendo por el muslo de ella bajo el vestido, rompiendo cualquier barrera de hielo que quedara. La intensidad entre ellos era abrasadora; era el choque de dos personas que no sabían cómo amarse, pero que se deseaban con la fuerza de un incendio forestal. —Dilo —susurró él contra su piel, su aliento quemando—. Di que me quieres tanto como me odias. Valentina echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido que era mitad protesta y mitad rendición. —Te odio... —susurró ella, mientras sus uñas se clavaban en los hombros de él—, pero odio más lo mucho que quiero que no te detengas. En esa habitación, rodeados de secretos y sangre, el odio se transformó en un fuego que prometía consumirlos a ambos. Ya no era solo un contrato; era una guerra de piel contra piel.
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