El veneno de la duda

775 Words
El amanecer se filtró por las cortinas con una crueldad metálica. Valentina se despertó sintiendo el peso del brazo de Alessandro sobre su cintura, una calidez que horas antes la había hecho sentir viva, pero que ahora le provocaba un vacío en el estómago. Se deslizó fuera de las sábanas con cuidado, tratando de ignorar el rastro de la noche anterior en su piel. Alessandro se despertó poco después. Sus ojos de obsidiana la buscaron con una suavidad desconocida, un destello de humanidad que Valentina se apresuró a apagar. —Lo de anoche... —comenzó ella, dándole la espalda mientras se envolvía en una bata de seda—. No te equivoques, Alessandro. Fue adrenalina. Fue el miedo a morir en ese club. No creas que esto cambia quién eres o lo que me has hecho. Él se incorporó lentamente, su rostro transformándose. La calidez desapareció, reemplazada por una máscara de hielo que parecía endurecerse por segundos. —Tienes razón —respondió él, su voz volviendo a ser esa vibración fría y cortante—. Fue solo una distracción. Sin decir más, se levantó y salió de la habitación, dejando un rastro de frialdad que helaba el aire. La trampa de las sombras Dos horas más tarde, Alessandro estaba en su despacho cuando uno de sus hombres de confianza, Franco, entró sin llamar. Sobre el escritorio dejó un sobre de manila. —Señor, interceptamos una comunicación desde la mansión Cruz —dijo Franco con cautela—. Parece que su esposa no ha sido del todo honesta sobre sus intenciones. Alessandro abrió el sobre. Dentro había capturas de pantalla de mensajes y fotos de Valentina entregando un sobre a un hombre desconocido días antes de la boda. Los mensajes sugerían que ella estaba enviando información sobre las rutas de los Romano a un contacto de su padre. Era una trampa perfecta, orquestada por Roberto Cruz para dinamitar la relación antes de que Valentina se volviera leal a su esposo. Pero para Alessandro, que acababa de bajar su guardia por primera vez en años, esto fue como un disparo al corazón. La humillación de haberse sentido "humano" con una mujer que supuestamente lo estaba traicionando lo volvió loco. El rugido del monstruo Valentina estaba en el jardín con Elena cuando Alessandro apareció. No caminaba; acechaba. La tomó del brazo con una fuerza que le arrancó un gemido de dolor y la arrastró hacia el despacho, cerrando la puerta tras de ellos con tal violencia que un jarrón de cristal se hizo añicos contra el suelo. —¡Alessandro! ¿Qué te pasa? —gritó ella, asustada por la mirada asesina en sus ojos. —¡Me pasa que soy un estúpido por haber creído que eras distinta a tu padre! —rugió él, lanzando las fotos sobre el escritorio—. ¿Esto es lo que hacías mientras yo te protegía? ¿Venderme a los Cruz por la espalda? ¿Anoche fue solo parte del plan para que yo bajara la guardia? Valentina miró las fotos con horror. —¡Esto es mentira! Ese hombre era un mensajero que llevaba flores a la tumba de mi madre... ¡Mi padre me puso una trampa! ¡Alessandro, mírame, yo no hice eso! Él se acercó a ella, acorralándola contra el escritorio, su respiración agitada golpeando su rostro. Ya no quedaba rastro del hombre que la había besado con ternura horas antes. —¡Cállate! —siseó—. Cada palabra que sale de tu boca es veneno. Me usaste, Valentina. Usaste mi maldita debilidad para hacerme sentir como un idiota. Pero eso se acabó. Tomó el teléfono y dio una orden rápida a la guardia. —Desde este momento, la señora no puede salir de esta habitación. Ni jardín, ni visitas, ni Elena. Estarás bajo vigilancia las veinticuatro horas. Y si descubro un solo mensaje más, te juro por la memoria de Julián que el próximo cuerpo que veas en un muelle será el tuyo. —¡Alessandro, por favor! —suplicó ella, con las lágrimas desbordándose, herida por la mención de Julián—. No puedes hacerme esto... —Ya lo hice —respondió él con una frialdad que la dejó sin aliento—. Bienvenida a tu verdadera realidad, Valentina. De aquí no sales hasta que yo decida qué hacer con una traidora. Salió del despacho dejándola encerrada, y mientras el sonido de la cerradura girando resonaba en la habitación, Valentina se dio cuenta de que el incendio de la noche anterior solo había servido para quemar lo poco que quedaba de su esperanza. El monstruo había vuelto, y esta vez, venía sediento de venganza.
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