Pedro Antonio Roa, o más conocido como Pepino, permaneció escondido con las puertas cerradas de su habitación, las cortinas bajas y un revolver sin balas en la mano. Después de lo ocurrido con La Madrugada Roja, empezó a sentir que lo seguían y que lo observaban en cualquier parte donde se encontrara. Las ventanas de las casas se veían amenazantes, le daba miedo doblar las esquinas de las calles y prefirió evitar la oscuridad de la noche. Algo más allá de la puerta de la pensión en la que se hospedaba lo estaba esperando y no quería detenerse a identificar de lo que se trataba.
Pepino nunca fue un hombre miedoso, no le temía a nada desde que logró escapar de la casa y probar el sabor de la libertad. Su padre era un maldito desgraciado que llegaba borracho todas las noches y restregaba su rostro contra el suelo al no encontrar la casa limpia.
-Quiero que lama el suelo, si se enferma es porque usted no ha hecho bien el aseo como se lo mande-. Repetía casi a diario el hombre bajo y bigotón.
Su madre se había divorciado hace mucho tiempo de ellos sin importarle en lo absoluto que un niño se criara en tales condiciones. Sin embargo, poco a poco se fue acostumbrando a las golpizas y se mentalizaba mentalmente a ser golpeado para, según él, obtener resistencia al dolor como lo decían en las caricaturas de televisión. Las manos del chico se llenaban de cayos y su escuálida figura mostraba escasa musculatura a pesar de su corta edad.
Aunque nadie le obligaba a asistir al colegio, y mucho menos su padre que apenas le prestaba atención, asistía a diario para tener una minúscula distracción. Las clases en absoluto le importaban, tan solo asistía para encontrar algo de comer y robarle la comida a los chicos de grados menores que iban felizmente con loncheras llenas de fruta o sándwiches. Pedro se decía a sí mismo que otros les sobraba el amor materno y no debería tener ningún inconveniente en compartirlo con un joven desamparado. Así fue hasta que conoció a Tania.
La chica era la típica niña agraciada en un nuevo colegio, con pretendientes por todo lado y amigos de procedencias turbias por todo lado. Desde el primer día en que la vio entrando al colegio se preocupó por saber todo lo relacionado con ella, sus amigos, sus gustos y de dónde venía. Según los chismes la chica era hija de un importante investigador que se había mudado a la zona y que se encontraba realizando análisis a la gente del barrio.
-Con que es una nenita de dinero. -Respondió Pepino al conocer los rumores.
A pesar de sus claras intenciones con la chica, Tania parecía tenerle cierto grado de miedo y hasta de asco por su apariencia descuidada y rostro demacrado. Cuando Pepino se ofrecía a hablar con ella, o acompañarla a su casa para según él “Evitar que algo le pasara”. La chica trataba de ocultar su rostro de molestia y lo rechazaba decentemente alegando que su padre era celoso y no permitiría ningún tipo de compañía nueva cerca a su casa.
Aunque pepino trató de cambiar su apariencia, esconderse de su padre y evitar los golpes, hablar de mejor manera y quitarse la fama de ladrón, Tania parecía más interesada en andar acompañada de sus amigas y otros chicos. Pepino atravesó varias etapas tratando de asimilar el rechazo de lo que era uno de sus primeros acercamientos con el sexo femenino. En un principio se negaba a aceptar la idea de que era “Tan feo” y tomo la actitud de la chica como que esta no estaba más que haciéndose la difícil. Luego se pasó a preguntarse si tal vez la chica era homosexual, o que tal vez ella estaba confundida y no entendía sus intenciones. Luego se dio por vencido y la miraba con odio, inventaba y expandía chismes sobre ella llegando a renegar que detestaba su actitud tan antipática.
Después de un tiempo de mantenerse alejado de ella y evitar por todos los medios tenérsela que encontrar, se enteró que la chica estaba de novia con un chico de un grado superior. Creía haber superado el gusto por Tanía, sin embargo, la idea le cayó como un baldado de agua fría y el ciclo volvió a iniciar de ceros. La seguía a su casa, la observaba de lejos e identificaba a su posible rival saliendo junto a ella del colegio. El chico, por su parte, no se veía como alguien demasiado especial, llevaba gafas, era delgado y tenía la cara de uno de los típicos niños a los que les robaba la comida desde hacía mucho tiempo.
Pepino trató de asimilar la idea, pero cada vez le parecía más tonto que un tipo tan patético como ese tuviera más oportunidad que el de conseguir a la chica. En medio de un nuevo ataque de ira y tristeza, se bebió parte de la colección de alcohol de su padre y salió con un cuchillo a la calle decidido a arreglar las condiciones de juego. Si el otro era tan caribonito, entonces lo dejaría feo para ver si la balanza no se inclinaba a su favor. La cabeza de le daba vueltas y sudaba fríamente mientras se aproximaba al lugar donde estaba seguro de que lo encontraría, lo haría llorar frente a ella para que se diera cuenta del tipo tan patético que había preferido.
Al llegar, como esperaba, los encontró caminando por la calle tomados de la mano y a ella con una sonrisa en el rostro. Pepino se puso la capucha para que ella no lo identificase a la primera y escondió la navaja dentro de su chaqueta. Se acercó varios pasos con velocidad y sin tratar de hacer ruido. Mantuvo el equilibrio como fue capaz hasta que la pareja notó la presencia del presunto atracador y se colocaron en modo de alerta.
El novio no perdió el tiempo y puso a la chica a sus espaldas mientras que esta gritaba de horror ante lo inminente. Pepino se lanzó sobre el chico y sacó el cuchillo colocándoselo en la cara.
-Se cree muy bonito ¿no es cierto? -. Preguntó Pepino.
-Socio, si lo que quiere es plata se la doy, pero déjenos ir.
-A lo que quiero es a la vieja, así que piérdase o le dejo la cara como medía remendada.
El chico se puso alerta al instante y lanzó una fuerte patada contra los testículos de Pepino. El golpe lo lleno de ira y sacó el cuchillo con violencia apuntándoselo al chico que lo frenó con su mano generándole un largo corte en la mano. La chica continuó gritando y trató de sacar a su novio de la escena, pero Pepino se abalanzó de nuevo dispuesto a rayarle la cara y no limitarse a una simple cicatriz. Sin embargo, en un movimiento inesperado Tania se puso delante para defender al chico y su mejilla fue perforada por el cuchillo que quedo suspendido en su carne.
La chica gritaba, pero esta vez sus sollozos eran de dolor y de ira contra Pepino, más aún cuando la capucha cayó y su rostro pudo ser identificado. Esto no era lo que debía estar pasando, quién debía salir herido era el novio, no la que quería que fuese su novia. No sabía que hacer mientras que los gritos seguían atrayendo gente y otro tipo trataba de auxiliarla y evitar que el cuchillo dentado siguiera lastimándole la boca.
Pedro salió corriendo hasta llegar a su casa, empacó lo poco que tenía y jamás regresó. Sus primeras noches las pasó pensando en lo que había hecho, hasta que sintió hambre y se vio obligado a atracar para sobrevivir. Los bandidos le empezaron a pedir vacunas y pronto no fue capaz de salir de aquel mundo del que nunca entendió cómo había entrado. Una cosa llevó a la otra y ahora también traficaba con hierbas para pagarse su habitación y cobrar las deudas que le aparecieron de la nada.
Hoy de nuevo el terror de ver a Tanía con la cara perforada lo aterrorizaba, pero ya no tenía a ningún lugar al que ir, la Olla había sido destruida y pronto irían también a por él. Pensó en suicidarse, pero ya había gastado todas las balas huyendo de La Madrugada y tan solo le quedaba esperar que las cosas se calmaran un poco.
Las noches se hicieron eternas encerrado en la habitación y pronto fue perdiendo la conciencia y las ganas de vivir.
Cuando tres tipos vestidos de n***o y con capuchas entraron en su habitación armados con navajas y gritando, creyó que no era más que una alucinación y que se trataba de los enviados de Dios. La hora de ir al cielo había llegado.