Ojos vacíos

3669 Words
Perro observó entrar al grupo con la cabeza gacha y con la mirada ausente en la habitación. Aunque había mucho que preguntar y que cuestionar sobre aquel comportamiento que ya no era extraño, ya no había palabras ni expresiones para tratar de sacar de ellos alguna respuesta. Se habían convertido en unos completos desconocidos y le incomodaba colocarse en su camino y salir herido, fuera lo que ello significara. Los pasos de Vaca y de Gato sonaban cada vez más apagados, casi silenciosos, como si caminasen a hurtadillas por los pasillos y se hubieran acostumbrado a esconderse en las sombras. Por otro lado, los pasos de Héctor resonaban con fuerza en los espacios cerrados creando una música aterradora con cada pisada irregular a causa de una cojera que parecía haberse agravado. Gato caminaba con un aire más melancólico y triste que de lo contrario, como si llevase a su espalda alguna carga desproporcionada invisible a la vista de los demás mortales. El chico arrastraba los pies al tiempo que miraba el suelo y evitaba al extremo cruzar la mirada con sus otros dos compañeros que sin mediar palabra se recostaron en los colchones del suelo y se quedaron dormidos sin preocupación. Sambrano, quien se preparaba en silencio para ir a trabajar, no pudo evitar sentir curiosidad por el comportamiento extremo del niño quien generalmente, al igual que los otros, se limitaba a quedarse dormido. Martin se tapó la cara con una manta y comenzó a llorar en silencio creyendo que su amigo no se daría cuenta de lo que ocurría. Sambrano se adelantó con cuidado y se sentó junto a él sin siquiera abrir la boca, para él no había ninguna palabra que decir ante aquellos chicos que ahora parecían vacíos de emociones. Gato continuó llorando por espacio de unos minutos y luego se destapó el rostro para darse cuenta de que Perro lo observaba con detenimiento, pero sin ninguna muestra de juicio o reproche, contrario a Rata y a Vaca. -Supongo que esta vez tampoco me van a decir qué es lo que está pasando ¿No es así? -. Empezó Sambrano mientras tomaba un sorbo de café. -Ya lo hemos dicho, es mejor que usted no lo sepa, son cosas de nosotros-. Contestó Gato tratando de evitar la conversación y de que se le fuera la lengua. -Claro que sí, son cosas que a mí no me importan-. Sambrano estaba acostumbrado a aquella clase de reproches, por lo que evitó empezar una discusión. -Pero, si deja que yo opine, nadie puede obligar a otros a hacer cosas que no quieren. Si ellos se van por un camino oscuro no tiene por qué seguirlos si es malo para usted. -Ellos saben lo que hacen, y por eso los admiro y quiero ser como ellos. Tomar la iniciativa no es tan fácil como a veces parece-. Contestó Gato tratando de convencerse de sus propias palabras. -Aun así, que alguien tome la iniciativa no supone siempre que esa persona esté en lo correcto. Podemos admirar o querer mucho a alguien, pero eso no va a justificar que jueguen con nosotros, o nos hagan llorar. -Usted qué sabe de hacer lo correcto o no. De no ser por Héctor posiblemente estaríamos todavía en el orfanato, no habríamos logrado lo que hemos logrado-. Contestó Gato al borde de las lágrimas. -Y ¿Qué es lo que hemos logrado? -. Preguntó con tranquilidad Sambrano. Gato bajó la mirada sin saber qué responder. El chico estaba confundido después de las conversaciones con sus compañeros y de que sus decisiones hubieran cobrado la vida de un chico que no hacía más que llorar. Hasta ahora no habían visto aquel mundo de oportunidades del que Héctor tanto se jactaba, por el contrario, las cosas siempre habían ido de mal en peor y salvo la diversión que había tenido en el lavadero, todo parecía ser peor ahora. -Dignidad La voz de Héctor rompió por completo el cauce de la conversación y sobresaltó a Sambrano haciendo que tirara parte del café caliente sobre el pantalón que vestía para trabajar. Cuando Gato y Perro voltearon a observar al que ahora se unía a la conversación, notaron con terror como tanto Rata como Vaca los miraban con unos ojos carentes de emociones. En especial, Héctor parecía mirar con extrema furia a Sambrano, mientras que Vaca miraba con reproche a Gato. -Supongo que ustedes saben de lo que están hablando-. Contestó Sambrano que se puso de pie tratando de evitar demostrar el terror que le causaba aquella tétrica escena. -Prefiero no meterme en sus asuntos. -Es lo mejor, nosotros sabemos lo que hacemos-. Contestó Vaca que no quitaba su mirada de Gato. -Sí, ya me sé el cuento. Lo único que espero es que sea lo que sea que se la pasen haciendo los llene y no les haga daño-. Sambrano dejó el pocillo con café sobre una vieja cómoda y dirigió su mirada a Gato evitando el contacto visual con los otros dos. -En el lavadero lo andan extrañando, dicen que nadie dejaba los tubos de escape tan brillantes. Si desea regresar solo dígame y yo aviso. Sambrano notó los ojos llenos de duda de su amigo y decidió retrasarse apropósito mientras se colgaba su maleta y empacaba el almuerzo para darle una oportunidad al pequeño niño asustado. Sin embargo, Héctor y Vargas no le quitaban la mirada al pequeño Martín como tratando de comunicarle que ya se las verían con él en cuanto el intruso se fuera de la habitación. Todo aquello estaba tan mal, demasiado mal como para soportarlo. Sambrano dejó caer el almuerzo rompiendo en mil pedazos el contenedor y esparciendo la comida por el suelo. Los chicos saltaron sobre sí mismos llenos de impresión rompiendo la tensión en el ambiente. - ¡Carajo! -. Gritó Sambrano tratando de emular furia. - ¡Ya no tengo tiempo para empacar otro almuerzo! Gato se aproximó hacía su compañero tratado de ayudarle a levantar las esquirlas de vidrio y la comida desperdiciada. Sin embargo, Perro se negó e hizo que su amigo regresase a su lugar mientras se hincaba a recoger sus cosas. -Necesito que alguien me haga el favor de llevarme el almuerzo en la tarde. Supongo que al menos les puedo pedir ese favor ¿No? Héctor y Vaca guardaron silencio y trataron de bajar la mirada en señal de que no estaba dispuestos a hacerle el favor a su compañero. En vista de la situación, y al sentirse mal por carecer de otra manera de ayudar a su amigo, se ofreció al instante en hacer el recado. Sambrano salió de la habitación satisfecho y se dirigió como de costumbre a su sitio de trabajo. Las calles estaban comenzando a llenarse como de costumbre y el bullicio de la zona comercial empezaba llenarle los indicadores de tranquilidad que la escena en la habitación le habían quitado. A pesar del ruido de las promociones, la gente amontonándose y el movimiento del dinero, la calle era un sitio más tranquilo y acogedor que su casa ahora. En el exterior la gente solía sonreír, saludar y hablar de forma amistosa, la soledad era menor que la que parecía llenar la habitación y allí, afuera, no le daban las ganas de llorar que de costumbre. El sol arreciaba en la mañana y a pesar de que le picaba en la frente, no le molestó el calor ni la extrema luz. El camino a su trabajo no era necesariamente largo, pero le daba el tiempo suficiente para aclarar sus pensamientos y reproducir en su mente las películas de sus memorias, de aquellos días en los cuales las cosas no eran tan complicadas. Los primeros días después de la muerte de Gil, Sambrano se solía preguntar si aquel sentimiento de nostalgia se debía a una envidia creciente por la popularidad de Héctor con sus amigos, pero la había descartado luego de comprender la manera en la que sus hermanos habían cambiado. Para sobrevivir allí era más que necesario estar al interior de un grupo de amigos, estando solos lo más probable es que los matones los molestaran y nos los dejaran en paz. Aunque aquel sitio era para que los niños viviesen mejor la realidad es que cuando se apagaban las luces y las monjas daban la espalda, los más grandes hacían de las suyas y abusaban de los más pequeños cobrando con comida y dando constantes palizas a los pequeños que se atrevieran tan solo a mirarlos a los ojos. Sambrano no recordaba, al contrario de muchos niños que llegaban de forma mensual, haber conocido una mamá o un papá y se preguntó que, si de tener uno, ellos también se comportarían de una manera tan negligente como las hermanas. Más allá de lo que muchos pensaran y de lo que el orfanato tratara de hacer demostrar en el exterior, de puertas para adentro las noches eran bastante frías y solitarias por aquel entonces. A pesar de que las habitaciones se fueran llenando cada vez más de literas y los espacios vacíos se fueran llenando, era común escuchar ahogados lloriqueos de niños en busca de su mamá o aguantando los castigos de las hermanas o las palizas de los abusivos. Sambrano, cuando no era en realidad Sambrano sino Ramon, escuchaba llorar todas las noches a inconsolables niños sin comprender por completo la tristeza y la soledad que estos sentían en sus corazones. A pesar de ello, jamás se unió al grupo de chicos que se burlaba de ellos llamándolos maricotas por llorar. Ramon era uno de los niños más queridos por las hermanas, por lo general las mujeres lo apartaban de los grupos y lo llevaban al exterior cuando se necesitaba algún mandado de la calle. De todas aquellas mujeres con el pelo corto y el cuerpo escondido entre unas negras cortinas, a la que más recordaba era a Constanza, una joven monja de no más de veinte años. A pesar de su corta edad, Ramon era consciente de que era malo pensarlo, sin embargo, solía imaginar a su futura novia a través de Constanza. Al menos una o dos veces al mes acompañaba a Constanza que lo tomaba de la mano y lo llevaba con lentitud por la ´plaza de la ciudad. Las palomas llenaban las calles y los demás niños jugaban en compañía de los adultos echando maíz sobre los animales. Por su parte, la hermana trataba de rehuir los animales y prohibía al niño el acercarse a la plaza cuando las bandadas de aves se paraban para recibir las migajas de los demás humanos les echaban. Al parecer, la monja les tenía un extremo terror y asco a las palomas, a pesar de sus inútiles intentos por no demostrarlo en voz alta. -Todos los animales fueron hechos por Dios, no podemos tenerle asco a una creación tan maravillosa-. Solía decir la hermana sin poder esconder las muecas de asco al ver la plazoleta. A parte de esta tendencia que a los ojos de Ramon parecía tan extraña, la mujer no solía tener ningún otro tipo de comportamiento extraño. Al igual que las otras mujeres del orfanato, muchas de ellas más viejas, más gordas y con un carácter más asqueroso, la joven hacía sus tareas y se preocupaba por reprender a los niños del orfanato. Sus pasos, a pesar de su joven edad, eran más lentos que los de las mujeres mayores y sus sonrisas eran mucho más falsas. Su semblante siempre demostraba cansancio y su rostro demostraba una palidez que parecía que nadie observaba más que Ramon. En una ocasión, cuando Ramon todavía era un niño y sus recuerdos se mezclaban con sus fantasías, se dio una gran epidemia de gripe al interior del orfanato. Todo había empezado con lo más simple, niños con mocos en la boca, estornudos por doquier y noches ruidosas de tos. Con el paso del tiempo la situación se fue agravando y no solo las enfermeras tenían que pasar la noche en vela junto a los niño que apenas si podían respirar, sino que también las monjas corrían por los pasillos y las literas llevando pesadas bacinicas desbordando de agua. Todos los niños parecían haber sucumbido a una maldición y sus rostros se veían hinchados, los lloriqueos se oían nasales y lo quejidos generalizados, pero él jamás se enfermó. Luego de varios días en que la enfermedad se había encrudecido, fueron contratados enfermeros especializados para atender no solo a los niños sino también a las hermanas que iban enfermando. Los chicos más grandes y los más pequeños permanecían tanto de día como de noche en cama, por lo que los pasillos y el patio de recreos eran ahora para él solo, por lo que aprovechaba para jugar a solas e imaginarse a sí mismo como un importante general que salvaría algún día el mundo. En otras ocasiones buscaba la compañía de Constanza quien le leía cuentos o jugaba con él al avioncito a pesar de los regaños de las monjas más viejas quienes la tomaban como una holgazana. En una ocasión, Ramon caminaba por en medio de los pasillos vacíos buscando alguna cosa que hacer. La edificación parecía un sitió completamente distinto y de cierta manera más tétrico de lo que había sido alguna vez. Los crucifijos lo miraban directamente a los ojos y la sangre falsa parecía estar goteando sangre real. Ramon trató de correr del sitio, sin embargo, los demonios de la pintura se abalanzaban sobre él como queriéndolo arrastrar directamente al infierno en llamas del que mucho tenían la pinta de estar huyendo. Ramon se rindió ante la presión de sus acompañantes y se hizo de bolita, por lo que no fue sino hasta que estuvieron muy cerca que escucho una extraña conversación. -Joven, ya le dije que soy una mujer de Dios. No me haga llamar a la hermana superiora por estarme incomodando de aquella manera-. Discutía una joven con firmeza. -En la biblia, según entiendo, dice que los hombres y las mujeres de Dios deben amar a sus semejantes-. Contestó la voz desagradable de un hombre. -Solo quiero un poco de amor de una mujer de Dios. -Señor, ya le dije que no quiero tratar más el tema, soy esposa de Dios y tengo responsabilidades. -A Dios no le va a importar y nadie se va a dar cuenta. Ramon estaba paralizado sobre el sofá, ya no por las pinturas sino por la extraña conversación que se filtraba a su sitio. -Le pido por favor que me deje en paz-. La mujer respondió con firmeza al tiempo que parecía estar forcejeando. -No sabe lo que se está perdiendo el mundo con un rostro tan bonito como el suyo en un lugar como este-. El hombre continuaba hablando con una voz desesperante. Los forcejeos parecían que se hacían más violentos hasta que la puerta se abrió de golpe y la madre superiora frenó en seco la conversación con un grito. Los forcejeos cesaron y los sonidos de los pies se acomodaron rápidamente en un solo sitio. Ramon rogó con toda su alma que no fuese descubierto, aunque era consciente de que no hacía nada malo, su respiración se hizo más fuerte y estornudo con todas sus fuerzas. Los gritos de la anciana en la otra habitación cesaron y los adultos se dirigieron directamente hacía el niño que ardía en fiebre y que sus mocos se escurrían por sus fosas nasales. - ¿Se da cuenta que mientras andaba de ramera un niño estaba ardiendo en fiebre? -. Las palabras de la anciana se diferenciaban entre las alucinaciones del niño. -Madre superiora, le juro que yo no estaba haciendo nada malo…-. Contesto Constanza en medio de lágrimas mientras se dirigía a atender al niño. -No quiero saber nada de ello. Hablaremos de sus inmoralidades una vez que dejemos al niño junto a los demás. Todo lo que pasó después de ello se confundió entre la realidad y los sueños. Veía a Constanza, su Hermana favorita, subida sobre la rama de un árbol y luego bajar constantemente a colocarle compresas de agua tibia sobre la frente. La anciana superiora se transformaba en un monstruo y recitaba palabras ininteligibles mientras que la hermana lloraba en su cama. La luz cambiaba de colores, se encendía y se apagaba y los pasos eran una veces más rápidos y otras más lentos. Las hojas caían sobre su cama y el hombre de la voz desagradable llegaba y agarraba por la espalda a Constanza empujándola para adelante en medio de gritos. Luego volvía la anciana, volvían los gritos y la hermana sobre la rama no regresó. Cuando Ramon despertó, la luz de la mañana entraba por la habitación y diferenciando por completo las literas que ahora estaban vacías. Todo daba vueltas en la cabeza del niño haciéndole caer en cuenta que todo cuanto había visto y escuchado posiblemente no eran más que sueños producto de la fiebre. La habitación articulaba un fuerte sonido a silencio, aquel que solo quienes han despertado de un largo sueño pueden diferenciar. Las fuerzas le faltaron al principio, pero decidió colocarse de pie para orinar y al salir al pasillo el bullicio habitual del orfanato se escuchaba. Niños corriendo, llorando y riendo mezclados con sonidos metálicos de vajillas y de agua. La madre superiora al ver al niño dejó un cuenco metálico a otra monja y corrió directamente a él dándole un abrazo y besándolo por todas partes. El comportamiento extraño de la anciana, así como su poco habitual mirada de tristeza y lágrimas lo incomodaron tratando de apartarse de la anciana. -Ramoncito, al fin despiertas, nos tenías tan preocupadas a todas-. La anciana trató de levantar al niño, pero este se negó y caminó por él mismo. -Yo sé que esto es muy pronto, pero tengo que preguntarte una cosa. -Sí, señora-. Contestó el niño con inocencia. -Dime, Ramon ¿viste algo extraño en estos días mientras tenías fiebre? -. La anciana dudo durante unos momentos y luego se sentó frente a él. -Necesito que me digas todo lo que recuerdas. -No entiendo -A ver, Ramon, no sé cómo explicar esto para que me entiendas-. La mujer dudo durante unos segundos y al fin se decidió a hablar. -En estos días se cometió un pecado acá, en una de las casa de Dios. Verás que una mujer y un hombre no pueden estar en la misma habitación, eso es pecado ¿Viste a un hombre junto a la Hermana Constanza? ¿Qué estaban haciendo? -Creí que era un sueño -Di lo que recuerdas-. La anciana llamó a otras mujeres las cuales se reunieron en la habitación. -siéntete en confianza, no tiene nada malo. -Solo me acuerdo de que alguien empujaba a la hermana. La mujeres se miraron unas a otras con ira y la hermana superiora salió de la habitación con violencia empujando la puerta tras de sí. Aunque las otras dos monjas trataron de hacer dormir a Ramon, el niño no fue capaz tratando de pensar en que significaba aquellas extrañas preguntas de la hermana superiora. El niño se hizo el dormido y espero hasta que las Hermanas salieran para colarse a hurtadillas e ir en busca de Constanza. Los pasillos estaba de nuevo desiertos por el horario escolar, por lo que no fue ningún problema caminar sin encontrar a ninguno de los sapos del orfanato. Al llegar a la oficina de la madre superiora de nuevo se escuchaban los gritos de la anciana quien parecía regañar a alguien. - ¿Qué acaso usted no sabe que nos debemos mantener puras? Se sigue comportando como una ramera, en esta una de las casa de Dios. -Pero madre, le juro que aquel hombre me hizo algo, yo jamás aceptaría insinuaciones como esas. Yo decidí servir a Dios, por favor. -No tengo nada que decir, me da vergüenza que haya mujeres así en estos lados. Ni crea que hablaremos a la policía, no queremos escándalos de ese tipo acá. Necesito que olvide todo y perdone, a dónde irán los niños si usted se pone a contar sus historias promiscuas por ahí. -Por favor -Nada más que decir. Rece el rosario y ya verá como nuestra señora purgará sus pecados y los míos por permitir que algo como esto sucediera acá. Ramon trató de olvidar por completo la conversación y regresar a su vida normal. Sin embargo, Constanza no se acercaba a los niños, constantemente lloraba de forma oculta y las demás hermanas la miraban con un profundo asco. La chica, a pesar de que nunca fue muy vigorosa, ahora hacia las cosas de mala gana y sin ganas de hacer nada. Con el paso de los meses comenzó a engordar y los niños murmuraban entre sí con risillas. Sambrano deseó toda su vida haber sabido identificar el significado de aquellas palabras y de aquella mirada perdida que caracterizó a su Hermana favorita después de la conversación en la oficina de la madre superiora. Sambrano no entendió jamás el significado de lo que pasó, por lo menos no hasta después que los gritos llenaron por completo el orfanato y las monjas corrían de un lado para otro con terror y misterio rumbo al patio. Ramon salía del baño, el momento exacto para que las monjas no lo encerrasen en los salones junto a los demás y se escabulló rumbo al patio. La imagen de aquella bandada de aves rodeando el lugar y el olor de los animales mezclados con la sangre jamás se saldrían de su mente. El cuerpo de Constanza yacía aplastado sobre el pavimento mientras en sus manos el rosario se manchaba de la sangre, la chica miraba directamente hacía la oficina de la madre superiora quien cayó desmayada al instante por el s******o. Aquella mirada des tristeza, de miedo y de asco que había caracterizado a Constanza días antes de su s******o, ahora se percibía en los ojos de Gato. Sambrano sabía el significado y no dejaría que algo como aquello sucediera otra vez, no a su hermano pequeño.            
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