Domingo En El Pueblo

1184 Words
Capítulo 4 Domingo En El Pueblo Una luz tenue alumbraba la pequeña sala de la casa, su luz naranja que en medio de la oscuridad era la única fuente de luz, apenas habían pasado unos meses desde que la energía eléctrica había llegado a la vereda y ya el foco se había desgastado, su luz no era tan clara como antes, lo cual llevaba a Juana a usar aun velas para alumbrar en las noches. Solamente iluminados por la luz de las velas, los niños, a pesar de la vida de trabajo en el campo no dejaban su niñez de lado pues no podía de ninguna manera no dejar volar su imaginación en pequeños e inocentes juegos, Helena tenía una única muñeca de trapo con la que imaginaba tener aventuras jugando en el suelo de tierra o quizá imaginando que cocía sus ropas, al igual que su madre lo hacía con ella, y Antonio, quien imaginaba ser un aventurero en medio de la selva, que con precaución avanzaba cuidándose de peligrosos animales, o quizá a bordo de un pequeño camión de juguete que le hacía sentir ese conductor experimentado que él soñaba ser. Los juegos de sus hijos eran parte de la rutina de las noches donde Ernesto y Juana se sentaban a descansar un poco antes de al fin irse a dormir, Juana tenía en sus pertenencias una pequeña caja de metal donde guardaba lo que parecía ser un sinfín de hilos y agujas con los cuales ella con cariño solía remendar la ropa de su esposo y de sus hijos, era su pasatiempo cada noche, noches que eran acompañadas por un pequeño radio que Ernesto había comprado en una feria en el pueblo, el caprichoso aparato era el único que en las noches en el campo, interrumpía con su sonar el silencio de la montaña y el zumbar del viento en las noches de lluvia, el hombre orgulloso de su adquisición, no dejaba que nadie, a excepción de él y de su esposa tocaran el aparato, que para Juana había sido muy costoso más que de servir de utilidad, sin embargo no negaba que les era un entrenamiento en las noches. Su sonido distorsionado tenía poca importancia cuando con un poco de suerte se lograba sintonizar una de las pocas emisoras que se llegaban a escuchar con claridad, en ese tiempo era muy poca la música que por las emisoras sonaba, en su lugar era común escuchar relatos de historias e incluso clases de lectura o matemática, Clases que Juana aprovechaba para que sus hijos escucharan y aprendieran, a la par de su padre, que algo apenado, pero con disimulo también prestaba atención para lograr entender algo de lo que decían en la radio. Aún no salía el sol cuando el pequeño reloj despertador alerto a todos de despertarse ese domingo en la mañana, en medio de la oscuridad y de la niebla que rodaba la casa, los dos hermanos y sus padres se prepararon atentamente para ir hacia el pueblo y asistir a la iglesia temprano, además de que debían, como cada domingo, comprar los víveres y productos esenciales que daban en el mercado del pueblo que estaba abierto solamente ese día. Caminando varios minutos para llegar al pueblo, Ernesto llevaba de la mano a su pequeña hija y Juana caminaba junto a su hijo mayor, de camino al pueblo había que pasar por la escuela de la vereda, una construcción pequeña que contaba solamente con 3 salones de clase y un patio grande de concreto donde los niños solían jugar con un balón. Al pasar por el lugar Juana miro de reojo a su esposo que con curiosidad miraba hacia la escuela, Antonio también miraba con curiosidad la escuela pues sabía que a ese lugar era que tenía que venir pronto, como su madre le había indicado días atrás. La idea de ir a la escuela había llegado en un momento en el que él pensaba que la vida solo sería el trabajo en el campo y aunque no fuera algo malo, sus padres no querían del todo que Antonio formara su vida en la humildad de los campesinos, de igual forma eso pasaba con su hermana menor Helena para la cual había también planes. Minutos después de seguir caminando la familia llego a su destino, el pueblo de Chiquinquirá estaba lleno de personas de todas las veredas cercanas que muy temprano en la mañana asistían al pueblo no solo por motivos religiosos, sino también para vender y comprar productos traídos del campo que podrían faltar en sus casas. Lo primero para la familia de Ernesto era asistir fielmente a la iglesia, pues su fe católica era parte de sus principios y su creencia, y era esa misma creencia la que él fomentaba en sus hijos. Pasado el tiempo de la iglesia la familia tomo su tiempo para descansar en la plaza central del pueblo donde cientos de personas asistían al mercado, Ernesto racionaba el poco dinero con el que contaban y compraba alimentos necesarios en compañía de Antonio quien estaba encargado de cargar un pequeño costal donde todo iba siendo guardado por su padre, mientras Juana, tal cual como lo había dicho, se propuso a buscar a la profesora de la escuela de su vereda, con su pequeña hija aferrada a su mano, la mujer buscaba en los alrededores de la iglesia una persona que le pudiera decir dónde encontrar a la profesora que ella buscaba, uno de los cardinales de la iglesia mayor hablaba con algunas personas, cuando Juana de manera un poco inoportuna pregunto al hombre lo que ella buscaba, el cardinal le indico que la profesora era parte de las mujeres que ayudaban en la iglesia y que la encontraría al interior de la misma. Helena aún se aferraba a la mano de su madre que algo apresurada entro de nuevo a la iglesia, pasaron varios segundos antes de que dar con el paradero de la profesora, una mujer mayor que parecía tener un mal carácter, pero que en su voz se notaba cierta amabilidad y gentileza. —Profesora buen día…—saludo Juana con cortesía. —SI señora, buen día…—respondió la profesora al ver a la mujer. Juana se sentía algo nerviosa cuando por fin hallo a la profesora, por su nerviosismo y timidez, fue directo a la aclaración de su pregunta, a la cual la profesora amablemente contesto de manera atenta, pues como ella le explicaba todo niño podía ir a la escuela cuando deseara, pues no era necesario pagar ningún costo. —Pues me gustaría que mis hijos asistieran, ya que el año está empezando…— —¿Qué edad tienen sus hijos y cuantos son? —pregunto la profesora. —Antonio tiene 12, y ella es Helena, tiene 8, ellos saben ya los números y las letras, pero solo la niña lee bien…— La profesora miro de reojo a la pequeña niña que con timidez trataba de esconderse detrás de su madre. —Me parece bien, mañana mismo podrían llevarlos…—indico la profesora.
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