Jueves 18 de julio de 1647
Nápoles
Jueves 18 de julio de 1647
“Se debería haber dejado al pescador yacer donde la plebe lo enterró.” El secretario del virrey español torció las comisuras con desprecio. Lanzó una última mirada al cortejo fúnebre que cruzaba la plaza frente al palacio. Una docena de hombres con gorros frigios conducía a la ensombrecida multitud, como si quisieran recordarles a todos que Masaniello había sido uno de los suyos. Los gritos de los hombres llegaban ahogados desde el largo di Palazzo, pero suficientemente claros: “Viva il Re di Spagna; mora il malgoverno.”
“Mientras permanezcan fieles a su rey, pueden gritar todo lo que les plazca.” Rodrigo de Arcos volvió a colocar indiferente la pluma en el tintero y esparció arena sobre el documento que acababa de firmar.
El secretario cerró las pesadas cortinas y envolvió el cuarto en el crepúsculo. Una lámpara de aceite le otorgaba al conde de Arcos, virrey de Su Católica Majestad en Nápoles, la luz necesaria para escribir. Su visita, en cambio, el arzobispo de Nápoles, se convirtió en una sombra en el fondo del cuarto de trabajo.
“No comparto vuestro parecer, Don Rodrigo.” Ascanio Filomarino se puso de pie y su rosario desapareció entre los pliegues del hábito de cardenal. “Con Masaniello la revuelta ha perdido ciertamente a su cabecilla, pero no su cabeza.”
“Eso es responsabilidad vuestra, monseñor.” Filomarino había jugado el rol de mediador entre los insurrectos y el virrey; ahora de Arcos podía echarle en cara el resultado.
“El cortejo fúnebre les ha proporcionado la oportunidad de amotinarse.”
“Habéis jurado otorgar los privilegios que el consejo os ha reclamado.” Filomarino se paró frente a la ventana y volvió a descorrer una de las cortinas. La mitad de Nápoles se había reunido allí afuera, mortificada por el asesinato de su capitán-general. Quien fuera que se hiciese cargo ahora del mando, no traería paz.
“Mas ahora que vosotros habéis levantado otra vez la gabela sobre los frutos, el pueblo se siente engañado.”
“Habremos superado aquello. Tan pronto Su Majestad envíe refuerzos. Hasta entonces... ” De Arcos levantó los hombros. “¡El rey me ha encargado una misión y la llevaré a cabo exitosamente!”
“¡Comprometeos, Don Rodrigo! Dad a los hombres la impresión, de que comprendéis sus necesidades.”
“No hagamos esperar a los invitados por más tiempo.”
El secretario extrajo un paquete envuelto en seda de uno de los cajones de la biblioteca, antes de abrir la puerta a los dos hombres y luego seguirlos.
A lo largo del magníficamente iluminado corredor que conducía a la sala del trono, había dos alabarderos del Tercio de Nápoles de guardia en cada puerta. Los soldados se quitaban sus sombreros adornados de plumas y saludaban; pero el virrey negaba con la mano.
A causa del calor veraniego, las ventanas de la galería permanecían abiertas y de nuevo se colaban a través de estas las voces de los napolitanos. Uno de los alabarderos abrió la puerta de la sala; la música sobrepasaba ahora el canto del cortejo fúnebre y seguramente también podía escucharse desde la calle.
“¡Cerrad la ventana!”
El soldado obedeció, pero ya estaban los primeros parados bajo las ventanas alumbradas y miraban hacia arriba. Los hombres levantaban los puños; las mujeres apretaban las manos en jarras contra las caderas. “¡Viva el rey de España! ¡Muera el mal gobierno!”
Filomarino miró con expresión adusta abajo hacia el largo. “Habéis hablado de enviar refuerzos.”
“No podemos sofocar la revuelta solamente con los soldados de la guarnición.”
“¡Ya la habíais terminado, Don Rodrigo! La gente estaba harta de los excesos.”
El mayordomo junto a la puerta de la sala golpeó dos veces con su bastón de ceremonia; la música se detuvo. “Su excelencia Rodrigo Ponce de León y Álvarez de Toledo, duque de Arcos, marqués de Zahara, conde de Casares, señor de Marchena, vizconde de Bailén y señor de Villagarcía, virrey de Su Católica Majestad el Rey Felipe IV de España.” Tuvo que parar para tomar aire. “Monseñor Ascanio Filomarino Della Torre, arzobispo de Nápoles.”
El virrey midió con sus pasos la fila de invitados y saludó a algunos con una breve inclinación de cabeza, a otros con un par de palabras. Nadie del patriciado de la ciudad de Nápoles se había atrevido a faltar al baile. Incluso habían concurrido varios barones de la provincia.
De Arcos se quedó parado delante de una joven señorita con un vestido de seda lila.
“Estáis cada día más encantadora, signorina.” Inclinó la cabeza a los dos hombres que estaban parados detrás de ella. “Me alegro de que hayáis aceptado mi invitación, signor Scandore.”
“Es para nosotros un honor”, respondió el mayor.
“Pronto habéis de pertenecernos.” De Arcos se volvió nuevamente hacia la señorita. “Mi sobrino os a enviado algo.”
Su secretario, que lo había seguido a algunos pasos de distancia, le entregó a Mirella Scandore el paquetito.
Un fino rubor se adueñó de sus mejillas. “Estoy... Él es tan generoso.”
De Arcos meneaba impaciente la mano. “¡Pardiez! Sin falsa timidez. ¡No os conviene!”
Ella enrojeció aún más.
“Sin duda habéis reflexionado sobre ello, antes de dejaros hacer la corte por Felipe.”
De la proximidad llegó una risilla apagada; una mujer de cabellos oscuros levantó rápidamente el abanico para cubrirse el rostro.
Mirella apretó los dedos alrededor del paquete y estiró la barbilla, mientras el virrey se alejaba.
“¿Quién se cree que es?”, siseó el joven detrás de ella.
Enzo Scandore le apoyó la mano en el brazo. “Contrólate, Dario.” Inclinó su rostro hacía él. “Aún lo necesitamos.”
Por más bajo que había hablado, Mirella lo había oído. Se dio vuelta. “No por mucho tiempo. Cuando yo sea la duquesa de Toledo, de Altamira y León ...”
El rostro de Dario se oscureció aún más. “Deberías haber elegido el primer pavo real disponible.”
“Es casi tan encantador como tú.” Con un coqueto revoleo de ojos, Mirella se colgó de su brazo. “Baila conmigo. Eres el único joven con el que aún puedo divertirme sin generar escándalo.”
“Como ves; ya estás en la jaula de oro.” Pero igualmente la escoltó al salón de baile, luego de que la orquesta hubiera empezado nuevamente a tocar.
Tras dos corteses courantes, el maestro Giovanni Trabaci hizo una seña a las flautas y al tambor. La orquesta empezó a tocar una tammuriata.
Mirella se arrojo con un giro travieso en los brazos de Dario: ese era su baile. Apenas un minuto después las demás parejas retrocedieron una tras otra hacia las orillas del salón. Dario soltó a Mirella y le dejó a ella sola la pista de baile. Ella estiró la cabeza aún más alto, recogió sus faldas hasta los tobillos y le hizo un guiño al director de orquesta. El maestro Trabaci asintió con una amplia sonrisa y marcó tocar un poco más rápido.
Los primeros bucles resbalaron del artístico peinado alto de Mirella hacia sus hombros y una horquilla de plata cayó tintineando suavemente al piso de mármol.
Luego terminó el baile. Mirella rió divertida y giró una vez más. Sus mejillas se habían calentado, pero su respiración era regular como antes.
El virrey se le acercó. “Signorina, impondréis una nueva moda en la corte de Su Católica Majestad, ni bien el rey os vea bailar.”
Mirella rió. “Lo preferiría en gran medida a ser incinerada como hechicera.” Volvió a colocar sus rizos. “¿O por fin se tiene la intención de suprimir los autos de fe?”
“Me temo que en estos tiempos difíciles son más necesarios que nunca.” Él le ofreció su brazo, para escoltarla fuera de la pista de baile. Tras un gesto suyo, la orquesta comenzó a tocar nuevamente.
“¿Significa eso que queréis volver a imponer la inquisición en Nápoles?” Mirella tragó saliva. “El pueblo ha sido suficientemente golpeado.”
“¿Estáis entonces de parte de los revoltosos?”
“¡Excelencia!”, susurró ella. No hubiera debido hacer ese comentario. “Soy una fiel súbdita de la corona.”
“Pues deberíais. De lo contrario, estaríais poniendo en juego vuestro compromiso.”
Con este tema, Mirella se vio nuevamente en aguas seguras. “El amor por vuestro sobrino está para mí por sobre todo.”
De Arcos parpadeó. “¿Verdaderamente?”
Mirella se pasó la punta de la lengua por los labios. “¿Vuestra Excelencia duda de mi sinceridad?” Sonrió con coquetería, para dejar ver sus palabras como si de una broma se tratara, en caso de ser necesario.
“De tu sinceridad no, mi niña. De tu experiencia.” Se despidió con una inclinación de cabeza.
Mirella se tomó los cabellos con ambas manos, para recogerlos nuevamente. “¿Por quién se toma?” Insoportablemente arrogante era ese hombre. “¡Experiencia!”
“¿Por qué rezongas así, hermanita?” Dario estaba a su espalda y apoyaba la frente en su hombro. “¿Te ha hecho enojar?”
“Sí.” Le hubiera gustado dar rienda suelta a su enojo y patalear; sus músculos ya se contraían. “Parece creer... desconfía de mi experiencia.”
Dario rió sin alegría. “Si la tuvieras, serías inaceptable como prometida de un grande español.”
Ella tomó su mano. “Hagámonos servir algo para beber.”
Al pasar por una de las ventanas, Mirella echó un vistazo hacia afuera. En el crepúsculo naciente, las primeras antorchas iluminaban el callejón que conducía a la Basilica del Carmine. “Él habló de la revuelta. Y de la inquisición.”
“No necesitamos temerle a la inquisición. El arzobispo la mantiene alejada de nuestros cuellos.”
Ella siguió mirando abajo, hacia el largo. “Cuando me imagino...”
“Ninguna hoguera volverá a arder en Nápoles. En ello Filomarino está de acuerdo con la Santa Sede, créeme.” Se dio vuelta y miró rebuscando alrededor. “Mataremos a nuestros enemigos.”
“Pero no tenemos ninguno.”
“Pues sí.” Dario señaló afuera. “La plebe no conoce ley. Y en un estado sin ley perdemos todos.” La tomó por la mano y la llevó a la próxima sala.
El banquete estaba montado sobre largas mesas – empanadillas y aves, sobre todo, y cantidades opíparas de pastelería española; además vino dulce español, el burbujeante Blanquette de Limoux, recientemente de moda, y el Anglianico tinto de la Basilicata, que el virrey había escogido como el vino de su casa.
“Pero esto no es así. Simplemente quieren pagar menos impuestos y volver a tener los antiguos privilegios.”
“¿Y la m*****a de los últimos días? Créeme, aún no ha terminado.” Señaló hacia atrás, al trono del virrey en el fondo de la otra sala. ¿No los has escuchado durante el cortejo fúnebre? Me temo que Don Rodrigo ha cometido un gran error.”
Se hizo servir por uno de los lacayos una copa de Blanquette. Como también Mirella estirara su mano, él la sujeto con firmeza. “El alcohol no es para las damiselas.”
“Pronto estaré casada.”
“Pero aún no llegas a los quince.”
Ella lo miró enfadada, alzó el pecho para lanzar una réplica encolerizada.
Dario rió divertido. “Sírvale también a la futura duquesa de Toledo, de Altamira y León medio vaso de eso.”
El lacayo se apuró a escanciar el vino y Mirella brindó con Dario con un giro animado. “En menos de un año beberé tanto como quiera.”
“Sepa Felipe prevenirlo. Ya estás ahora fuera de quicio.”
Mirella se lo bebió en dos tragos y devolvió la copa. “Bailemos. Si hubieras de tener razón, podría ser este el último baile en un largo tiempo...”
“En realidad...”
“¡Ahora ven! Ya podrás bailar lo suficiente con Stefania.”
Él la siguió suspirando, pero entonces fue detenido por un hombre mayor, cuya chaqueta celeste se estiraba a punto de estallar sobre su panza.
“Scandore, ¿puedo hablar con él?”
Dario los miró a Mirella y a él alternativamente. “Ahora mejor no.”
El hombre miró a Mirella de arriba abajo con ojos entrecerrados. “Entiendo.” Con un movimiento de cabeza, que podía ser tanto un saludo como una señal para Dario, pasó de largo.
“Ese no es de aquí. ¿Quién era?”
“Uno de los clientes de nuestro padre, ¿quién más?”
Mirella se dio vuelta y lo observó detalladamente sin miramientos. “Tiene mucho dinero.”
Dario encogió los hombros. “Le encanta pavonearse con las joyas de la familia.”
“Entonces son los diez anillos en sus dedos posiblemente todo lo que tenga.” Ella soltó una risotada.
“Ahora ya estás ebria.”
En lugar de bailar con ella otra vez, como ella había esperado, la llevó de vuelta con Enzo. “He encontrado a alguien...”
Mirella hizo un mohín. “Esto es una fiesta, no una oficina.”
“Le he permitido beber un trago.” Dejó caer la cabeza. “Lo siento, padre.”
Enzo le palmeó el hombro. “No puedes mantenerla alejada de todo eternamente.”
“Tampoco yo soy eternamente la hermana pequeña.”
Sonriendo le jaló Dario uno de los mechones sueltos. “¿Y qué eres entonces? ¿La mayor?”
Los tres rieron.
“¿Te gustaría tener, pues, una hermana mayor?”
Dario sacudió la cabeza. “Mirella está perfecta así como está.” Se alejó con determinación; sabía evidentemente dónde lo esperaba el de la chaqueta celeste.
“Ve a bailar, mi niña. Quién sabe cuándo tendrás nuevamente la oportunidad de hacerlo.”
Los malos agüeros de ambos empezaron a arruinarle el buen humor; Mirella frunció la nariz. “Ahora habla también igual. Revuelta... matanza... inquisición... ”
“¿Quién habla de la inquisición?” Enzo sonó alarmado.
“Nadie.” Se apantalló nerviosamente con el abanico. En realidad había sido ella la que había hablado de eso. “En todo caso, no en Nápoles.”
Enzo la miró a la cara interrogativamente. “¿Has entendido bien?”
“Dario dice que el arzobispo no lo permitirá.”
“Nos enfrentamos a tiempos difíciles. Quién sabe por cuánto tiempo podrá imponerse.
“Pero Su Santidad...”
“...quizás se ubique del lado de Francia, pues ha sido vencido en el conflicto con Mazarino.”
“¿Qué tienen que ver las gabelas con Francia?”
“Mucho, mi niña.”
Ella se quedó mirándolo; ¿se refería a la guerra en Flandes? “Pero nosotros le pertenecemos a España.”
“Eso no fue siempre así.”
Mirella prestó atención un momento a lo que pasaba afuera; pero en el largo estaba ahora silencioso. Los hombres se habían ido a la iglesia – o a sus casas.
“Nadie lo cuestiona.”
“Hasta ahora. – No abiertamente.”
“Dario dice que Don Rodrigo ha cometido un error. ¿Piensa que si se obstina...?”
Enzo le acarició el brazo. “Ve a divertirte; estos no son temas para una jovencita.”
Ella lo observó desde atrás, mientras él también abandonaba la sala del trono. Siempre la dejaba sola cuando intentaba comprender algo.
Su mirada tropezó con la de un joven patricio; en sus ojos se leía asombro. Pero cuando ella le sonrió, se dio vuelta apurado. Probablemente otro de aquellos que, desde su compromiso, ya no se atrevían a bailar con ella. No obstante para los jóvenes de la nobleza española, seguía siendo una simple burguesa. Solo los mayores, ellos querían adornarse con ella – y al hacerlo le pisaban permanentemente los pies.
Malhumorada, se dejó caer en un sillón; estaba harta de no pertenecer en ninguna parte.
De lejos llegó un estampido – casi sonaba como un arcabuz. Mirella giró la cabeza. En ese momento vino otro. Este era inequívocamente un disparo. Por lo visto Dario tenía razón; la revuelta continuaba. Curiosa, se levantó y atisbó por la ventana.
El largo estaba abandonado en la oscuridad. Pero sobre Santa Lucia se había vuelto más claro; allí empezó un fuego a expandir su luz. Rápidamente se hizo más grande.
“¡Se incendia!” La voz de Mirella tenía un dejo de histeria; desmesurado – estaba, por cierto, bastante lejos. Pero ella se estremeció.
“¿Qué sucede?” Stefania d’Oliveto, su noble amiga del convento, apareció de repente detrás de ella.
Mirella señaló hacia afuera. “Otra vez han encendido un fuego.” Se dio vuelta.
“¡Qué tontería! Solo se hacen daño a ellos mismos.“ Stefania posó su brazo en el talle de Mirella. “¿Por qué no dejan los hombres que haya paz?”
“Son pobres e ignorantes.”
“Ignorantes – lamentablemente, eso vale también para el virrey. No ha entendido nada de Nápoles en este año y medio. Cabrera ya sabía, por eso se hizo relevar.”
“¿Tú también crees que el levantamiento aún no ha terminado?”
“Puedes verlo por ti misma.” Stefania señaló de vuelta la ventana. “Ya estaban hartos del pescador desquiciado; pero están todavía más hartos de ser exprimidos.”
Mirella la miró con asombro. “Eres tan sabia como Dario. Mi padre no habla conmigo sobre política. Si no tuviera a Dario... ”
Stefania rió. “Tu hermano es un buscapleitos. ¡Qué lástima que no tenga ningún título de nobleza!”
“Quieres decir...” Mirella observó a su amiga. Los refulgentes ojos de Stefania no dejaban duda. “Desde cuándo...” Tomó aire.
Stefania le apretó la mano. “Solo estamos esperando a que tú te cases. Entonces él será al menos el cuñado de un grande de España.”
Mirella se acaloró. Que la felicidad de su amiga pudiera depender de la boda con Don Felipe de Toledo de Altamira y León, nunca se le había ocurrido. Miró al piso; ojalá todo saliera bien. “Qué hermoso sería, si pudiéramos vivir sin orgullo de estamento.” Entonces todos los hombres bailarían con ella, de eso estaba segura.
Stefania asintió. “Como nosotras dos. – Pero quiénes han ido como nosotras juntas a la escuela.” Llevó a Mirella frente al próximo espejo. “Incluso nos parecemos: los mismos bucles negros, los mismos ojos verdes.” Se apretó la punta de la nariz hacia arriba. “Y la misma nariz mirando al cielo.”
Las dos rieron frente al reflejo.
Una de las españolas abrió la ventana siguiente y se inclinó hacia afuera. Luego se dio vuelta y sacudió las manos. “Fuego... ” Las palabras siguientes salieron muy precipitadas como para ser entendidas. Algunas mujeres acudieron diligentes y comenzaron a agitarse.
Mirella captó una mirada de reojo hostil, que le hizo correr un escalofrío por la espalda. Pasó a hablar en napolitano. “Las españolas parecen tener poca confianza en sus tropas. Tienen miedo.”
Asombrosamente Stefania no lo encontró divertido. “No tienen suficientes soldados. Si mi padre tiene razón...”
Dario se acercó a ellas; Stefania le extendió la mano. “¿Dónde ha estado escondido toda la noche? ”
“He bailado con mi bella hermana.” Pero no toda la noche – ¿por qué no quería decirle nada a Stefania sobre el extraño? Mirella lo observaba con ojos atentos. Dario sonrió con parsimonia. “¿Me hace el honor?”
Cuán bien disimulaba. Ni siquiera ella habría sospechado algo. ¿Acaso Stefania se dejaba besar por Dario cuando no los miraban? Le preguntaría a Stefania y no toleraría rodeos. Inesperadamente se le escapó una risotada: Experiencia – aquí la obtenía al menos de segunda mano.
“Si puede sobrellevar mis pisotones. Sabe que no soy la mitad de grácil que Mirella.” Stefania le hizo un guiño; luego le ofreció el brazo a Dario.
El bajó la cabeza sumiso. “He de ser valiente.” Sus ojos brillaban con anhelo.
Así se traicionaba. Mirella detrás les sonrió triunfante.