Domingo, 11 de agosto de 1647
De la cocina le llegó a Mirella el penetrante olor del repollo. Disgustada, arrugó la nariz al entrar a la casa. ¿Ni siquiera los domingos había otra cosa?
Gina estaba parada en medio de la cocina frente a la mesa y sacaba repollo blanco de una olla alta para dejarlo escurrir en el colador. Trabajaba concentrada, como si estuviera preparando un plato lujoso.
Con un maullido lastimero el viejo gato pasó furtivamente delante de Mirella y se escabulló en el patio, antes de que ella volviera a cerrar la puerta. Aparentemente había renunciado a la esperanza de una pata de gallina y quería ahora buscarse un pajarillo vivo. Quizás tuviera más suerte que ella con la comida.
En el corredor la chocó Dario, que venía olisqueando el olor del repollo y abrió la puerta del comedor levantando los hombros. “¿Vas al oficio divino esta tarde?”
“Pero si eso hago todos los domingos.”
“Bien.” Ladeó la cabeza. “Te dejo en la iglesia.”
“¿Adónde vas?”
Con una mirada atenta a los padres, Dario se apoyó un dedo en la boca. Como si eso fuera menos llamativo que contestarle.
Mirella sonrió divertida; no debía ir solo a casa de Stefania. Ella podía reemplazar para ellos a la chaperona.
Enzo se paró junto a Rita y abrió una botella de Tarausi.
Dario se quedó sorprendido. “¿Hay algo para festejar, padre?”
“Que es domingo.” Su expresión seria hablaba, pero no de que quisiera festejar algo. “Esperemos que la prédica de Filomarino haya calmado los ánimos.” Se sirvió una copa hasta la mitad y la sostuvo en alto. Al balancearla lentamente, la luz cubrió el vino con reflejos granates.
Mirella siguió irritada su exagerada devoción. “No lo comprendo. ¿Qué quiere la gente, pues?”
“Libertad para hacer desmanes.” Enzo degustó el vino y chasqueó gozoso con la lengua. “Los brigantes aprovechan la agitación para sus objetivos.”
“¿Y cuáles son?” ¿Debía seguir tomando agua? Con rápida decisión, Mirella le ofreció también su copa. “¿Puedo? Un trago, para expulsar por fin el sabor del repollo.”
“Gina se ha esforzado: Ha podido comprar pescado.” Rita apretó los labios.
Dario se ató la servilleta al cuello. “Desde la muerte de Masaniello ya no hay nadie que pueda conducir a la gente. Genoino se ha vuelto poco fidedigno.”
“Lo ha manejado sin tiento; pero en verdad no ha actuado pensando en sí mismo.”
“Pero sí”, lo contradijo Dario vehemente. “Todo esto es la venganza de un hombre viejo que vio venir su hora. Antes de hundirse en la tumba, debía aún hacerse pronto de un nombre.”
“Ya lo tenía, indudablemente. Se le erigirá un monumento sobre las ruinas de la Reggia.”
“Ya es suficiente.” Rita alargó su mano hacia Enzo. “Nada de política en la mesa. Me alcanza con que la comida nos recuerde todo el tiempo las condiciones en la ciudad.”
Gina entró al comedor balanceando la enorme fuente de plata de la herencia familiar de Rita. El olor a repollo se expandió. Depositó la fuente en medio de la mesa. Entre opíparas cantidades de berza y col blanca yacían cuatro pequeñas caballas en finísimas rebanadas de pan.
“¡Muy bello!” Enzo asintió a Gina con aprobación. “Tus esfuerzos dieron sus frutos.”
Gina hizo una reverencia con los ojos iluminados y le colocó en el plato una de las caballas. Luego le sirvió a Rita un pescado y amontonó al costado berzas y col.
Mirella puso la mano sobre su plato cuando Gina se acercó bordeando la mesa. “Solo un poco de col blanca.”
“¿Pescado no?” Dario sonaba divertido.
“De hecho, únicamente pescado. Aunque me temo que eso solo no me saciará.
“Come, Mirella”, ordenó Rita. “Ponte contenta de que todavía haya tanto.”
“¡Tenemos la despensa entera llena de coles!” El intenso olor le provocaba náuseas. “En lo que a eso respecta, no necesitamos preocuparnos. Alcanzará hasta el invierno.”
“Hasta el invierno. Justo. Sabes qué viene después?”
Rita ya estaba extendiendo su mano por Enzo de nuevo. “Pero, ¿qué estás diciendo?” Lo miró visiblemente aterrada. “¿Temes acaso que prendan fuego a los campos?”
“¿Quién puede saber lo que sucede afuera en el país?” Dario giró el tenedor entre las berzas que entretanto Gina le había puesto en el plato.
Enzo levantó las cejas. “Si tú no lo sabes...”
“Nadie puede decir cuánto ha de durar”, insistió Dario. “Ya no queda nadie que gobierne a la plebe.”
“Este armero, que se ha preocupado por que los hombres guarden sus armas, aun cuando Don Rodrigo ya ha aceptado los viejos privilegios...”
Dario resopló. “Annese es peligroso. Agita los ánimos contra los españoles.”
“¡El rey lleva a Nápoles a la ruina!” Enzo golpeó la mesa con el puño. “¡Un millón de ducados!”
“No se puede evitar que necesites dinero para entrenar una armada y protegernos.”
“¡A nosotros! Nápoles no tiene enemigos.”
Dario ladeó la cabeza. “Puedo nombrarle un puñado entero: Venecia, las tropas francesas en la Toscana...”
“¡Terminad con la política en la mesa!” Rita habló mucho más bajo que la vez anterior. Ahora estaba realmente furiosa. “Ve a la biblioteca. Allí puedes seguir razonando con tu padre el resto del día, tan pronto como terminemos con la comida.”
Dario enmudeció y frunció los labios; su tenedor seguía empujando las coles.
Enzo se estiró sobre la mesa y se lo quitó. “¡Obedece!”
Dario miró a Enzo horrorizado; luego volvió la vista a Rita. “¿Lo ha dicho en serio?”, murmuró.
“¿Me veo como si estuviera bromeando?” No, realmente no se veía así.
Dario miró nuevamente a uno y a otro; luego se paró y salió con su copa.
“¿Significa eso que tiene prohibido salir?” Mirella estaba tan azorada como Dario. Que justo ahora Rita insistiera tan férreamente en las reglas de la mesa: ¿entonces no le parecía importante entender lo que sucedía con Nápoles?
“Ese no es asunto tuyo, niña.” Rita sonaba de nuevo cálida y amorosa. “¿Quieres salir una vez más, pues?”
Ella asintió.
“Fabrizio te acompañará.”
Cuando Mirella entró en la biblioteca, Dario estaba sentado en el acolchado alféizar y hacía girar la copa entre sus dedos. Seguía exactamente igual de llena que antes.
“Le diré a Stefania por qué no vas.”
Él levanto la cabeza, su mirada era una única pregunta. “¿Cómo llegas a Stefania?”
Mirella sonrió burlona y se sentó a su lado. “¡No hagas eso! Ella me contó de vosotros dos.”
Una luz refulgió en los ojos de Dario y por un instante se vio joven y vulnerable. Luego sacudió la cabeza. “Stefania sería confinada en un monasterio si la marquesa se enterara de algo.” Con ternura, le dio un apretón en la nariz. “¡Chica lista! Pero estás pensando en la dirección equivocada. No nos encontramos en secreto.”
“Pero ¿entonces adónde querías ir?”
Él sacudió de nuevo la cabeza; esto se estaba volviendo sin duda en un nuevo hábito suyo. “Eso no te lo puedo decir.”
Ella se apartó. “Nunca tuviste secretos conmigo. Y ahora dos a la vez.”
Dario rió con gana.
“Qué tiene de gracioso?”
“Hermanita, creo que estás celosa.”
“Para nada. – ¿Quién te esperará en vano esta tarde? Yo puedo al menos avisarle.”
Dario sonrió ante sus celos. “Ciertamente sería más cortés que mandara mis disculpas.” Hundió la cabeza. ¿Había algo más que reflexionar? “No, a ti no puedo enviarte. No allí. Por más que lo haría con gusto.”
“¡No confías en mí!”
Se inclinó hacia ella y le dio un beso en la frente. “¿Por qué no habría de confiar en mi propia hermana? ¡En quién si no en ti!”
Enzo entró con la botella de vino en la mano. “¿Tú también estás aquí?” Fue hacia el pupitre y sacó su pipa. Mientras la llenaba, los examinó. “¿Os he interrumpido?”
Mirella vaciló; esperaba la réplica de Dario. Pero este simplemente hizo girar el vaso entre los dedos. “Después del oficio quería ir a lo de Stefania y también visitar a la vieja Giuseppina.” Aun cuando Dario no quisiera decirle lo que tenía planeado; quizás pudiera liberarlo del arresto domiciliario. “No es apropiado que Fabrizio solo me acompañe. ¡Qué pensaría la gente! Se vería como que voy a pasear con el cochero. ¿O quizás deba recorrer el último tramo sin compañía?”
“No seas infantil.” La voz de Enzo era inusualmente áspera. “Si no te cuadra, quédate en casa, pues.” Se acercó a la estantería de libros y sacó algunos infolios encuadernados en cuero. Finalmente le alcanzó uno a Dario. “Lee esto. Quizás te haga un poco más sensato.”
Mirella miró el lomo del libro. “¿Dante?”
“Lo he leído más de una vez. No me dice nada.”
“Entonces léelo una vez más. Y hazlo reflexivamente.”
Dario torció el gesto, sin embargo, abrió obediente el libro en el sitio marcado por Enzo.
“Lee para nosotros.”
Dario bebió un trago, apoyó el vaso y obedeció con un suspiro.
“¡Oh! ¡de mortales insensato anhelo,
que con sus defectivos silogismos
hace arrastrar tus alas por el suelo!...”
Tras media hora, Enzo se puso de pie. “Suficiente por hoy.”
Cuando hubo abandonado la biblioteca, Dario y Mirella se miraron confundidos.
“¿Qué fue eso?”
“Una lección.” Dario resopló. “Realmente había pensado que al final me dejaría ir.” Vació la copa, se paró y tomó la botella que Enzo había dejado. “¡Ya vendrán tiempos mejores! ¿Quisieras también un trago?”
“¡Estás raro hoy! ¿Entonces?”
“Ve a tu oficio. ¡Y a lo de Giuseppina!” Antes de abandonar la biblioteca, giró una vez más hacia ella. “Dile a Fabrizio que venga a verme antes de llevarte.”
Enzo pasó por delante de la ventana en dirección hacia el jardín de rosas, tijera en mano. Allí se puso a cortar flores marchitas; de vez en cuando separaba unas ramas y contemplaba las hojas. Probablemente las rosas tuvieran otra vez pulgones. Y él se preocupaba más por sus flores que por sus hijos. Aunque...
Mirella tomó el infolio y leyó una vez más lo que les había leído Dario. Él parecía haber entendido lo que le había querido decir Enzo. ¿Por qué era ella tan estúpida para entenderlo?
Cuando la grava delante de la ventana crujió, Mirella levantó la cabeza. Enzo regresaba. ¿Qué diría de que ella quisiera, después de todo, salir con Fabrizio?
Abrió la ventana, libro en mano. “Padre, ¿por qué debía leer Dario a Dante?”
Él le alcanzo la canasta con las rosas. “Para no perderse en cosas inútiles.”
“Pero...”
“Haz que distribuyan las rosas en los jarrones.”
Mirella hundió la nariz en la cesta. “¡Qué perfume! ¿Puedo llevarle algunas a Giuseppina?”
“¿Así que has cambiado de parecer?”
“Todos saben que...” Entonces le ganó el deseo de provocarlo. “Es su nombre, padre, el que mancillo, cuando paseo por los bosques del Vesubio con el cochero.”
“Llévale todas las flores que quieras.” Le sonrió irónicamente. “No es necesario que las lleves en persona.” Silbando una canción burlesca, siguió su camino. Ella ni siquiera sabía que la conocía.
Fabrizio estaba parado al lado de los caballos y guardaba un papel lacrado en el bolsillo de su chaqueta, justo cuando más tarde Mirella entró en el patio.
“¿Cuánto tiempo se demorará en la iglesia, signorina?”
“Eso no lo sé aún.” Mirella seguía despechada por el secretismo de Dario. “Lo sabrás cuando vuelva a salir.”
Una sombra cayó sobre el rostro de Fabrizio y sus labios se movieron un momento, como si quisiera replicar. En cambio, Tiró de los cierres de su chaleco a través de sus bucles y se desenrolló las mangas de la camisa. Luego ayudó a Mirella a subir al carruaje.
Cuando se detuvieron delante de la Basilica del Carmine, Mirella se reprochó la impertinencia: entraba ahora en la iglesia y era al mismo tiempo desagradable con un sirviente.
La piazza del Mercato yacía abandonada bajo el sol radiante. Y eso mismo era inquietante. A un verdadero domingo pertenecían los comediantes en la plaza y otros pasatiempos.
“¿Por qué querías saber cuánto me demoraría en el oficio? ¿Tienes algo de lo que ocuparte?”La mano de Fabrizio resbaló hacia el bolsillo de la chaqueta. “Gina...” Se trabó, como si se le hubiera ocurrido que ella se daría cuenta si él inventaba algo acerca de los pedidos de Gina.
Ella lo miraba expectante; con una sonrisa que esperaba lo alentara a hablar.
“Su hermano me ha encargado entregar una carta.”
“Puedes hacer un rodeo cuando volvemos a casa, de ser necesario.” Se dio vuelta e ingresó en la iglesia
Mirella amaba la basílica de Santa Maria del Carmine Maggiore, ya que dos capillas estaban dedicadas a los santos patrones de sus abuelos. Pero cuando pasó frente a la tumba de Masaniello, de camino a la capilla del santo Gregorio, la recorrió un escalofrío. En lugar de rezar por las almas de sus abuelos, debería rezar por Nápoles; los vivos tenían mayor necesidad.