Domingo, 11 de agosto de 1647-2

1946 Words
Mirella torció a la derecha, a la Madonna del Carmine. Mientras se arrodillaba ante la imagen de la Virgen Morena, no se le iba de la cabeza el interrogante de adónde iría Fabrizio después con ella. Dijo sus oraciones a prisa como pocas veces y se apuró a salir. “No hace falta que esperes al regreso a casa. Entrega ahora la carta, de camino a lo de Giuseppina. No deberían esperar en vano a Dario.” Fabrizio asintió; ¿estaba aliviado? El objetivo de Fabrizio no quedaba de camino. En lugar de doblar en dirección al Vesubio, lo hizo hacia la Pizzofalcone y condujo por uno de los estrechos pasajes. Se detuvo frente a una trattoria; pero no entró allí, sino que golpeó en la puerta de la casa vecina. Para su decepción, la puerta de la casa le obstaculizaba a Mirella la vista del hombre con el que hablaba Fabrizio. Las cortinas en la planta baja estaban abiertas y también una de las ventanas; sin embargo, no se podía reconocer desde el coche lo que ocurría allí. Fabrizio se dio vuelta; su mirada buscó la de ella “Solo un instante, signorina.” Luego entró en la casa. “Gallo bianco”. Seguramente no había por allí ninguna otra trattoria con ese nombre; encontraría de vuelta el camino. Realmente no demoró mucho hasta que Fabrizio volvió a salir y subió al coche. El pasaje se acababa detrás de la esquina próxima; dobló. Mirella se cambió rápido al otro lado del coche y miró hacia afuera. Voces fuertes de hombres se escapaban del Gallo bianco, mientras ellos volvían a acercarse. Sonaban viejos. Y excitados. O enojados. Pero las ruedas traqueteaban muy fuerte sobre el empedrado, como para poder entender. Mirella estaba por recostarse en los cojines del coche cuando se abrió la puerta. Dos hombres salieron. Uno de ellos llevaba un costoso paño en el verde de moda y una camisa con amplios encajes venecianos en los puños, que había doblado sobre las mangas de la chaqueta. Ella ya había visto ese rostro. Entonces le resonó su risa quejosa y lo reconoció. “¡El chivo!” ¿Qué hacía uno de los Maddaloni en semejante lugar? ¿Tendría algo que ver con él la carta de Dario? Claro que Fabrizio la había dejado en la casa vecina, pero eso no decía nada. Mirella rió por lo bajo. Averiguaría el segundo secreto de Dario, así como había hecho con el primero. *** Ya en casa trepó corriendo las escaleras hacia la habitación de Dario y abrió la puerta de un tiron sin siquiera golpear. Dario estaba parado junto a su secreter, inclinado sobre una pila de papeles y se dio vuelta sobresaltado. “Fabrizio entregó tu carta en el Gallo bianco.” Se regodeó un instante en la expresión asustada de su rostro. “En la casa de la izquierda, quiero decir. ¿Estaba bien así?” Dario asintió. “¿Cómo sabes eso con tanta precisión?” Dejó una hoja blanca sobre la pila de papeles y avanzó hacia ella, como si quisiera impedir que la viera. “Miré por la ventana, ¿qué crees?” Él arrugó la frente; pero no dijo nada. Ella se sentó en el borde de la cama y balanceó las piernas. Dario seguía parado en medio de la habitación. “¿Te he interrumpido?” Señaló el secreter. “Continúa trabajando. Ya sabes que me gusta verte.” “No hay prisa.” Finalmente se sentó junto a ella y tomó su mano. “¿Cómo es que te contó Stefania sobre lo nuestro?” “Soy su mejor amiga; ¿acaso no lo sabes? Entre amigas no hay secretos.” Le retiró la mano y se la llevó a la cadera. “Aunque aparentemente entre hermanos sí. Últimamente.” Suspiró. “No puedo ayudarte, si no sé lo que te traes.” “No necesito ayuda.” “¿No?” Como si estuviera ofendida, se apartó de su lado. “¿En serio? Con la carta, no has podido arreglártelas por ti mismo.” Él sacudió la cabeza. “Eso es cosa de hombres.” “Por cierto... ¿Sabes a quién he visto? Al nuevo duque de Maddaloni. Salió del Gallo bianco, justo cuando pasaba por ahí.” ¿Se engañaba o se había puesto Dario verdaderamente pálido? “¿Y por qué no? Lo habrá vencido la sed. Antes bien, lo extraño fue que estuviera acompañado por una figura algo oscura.” Sonrió irónicamente. “Lo reconocí por su inconfundible risa. A Maddaloni, no al otro.” Dario se apoyó contra el poste de la cama. “¿Y por qué habría de ser extraño? Los lazzari son hombres del todo honorables.” “¿Cómo llegas a ellos?” “Acabas de decir...” “Yo hablé de una figura oscura, no de un lazzaro.” “¿A quién si no te referirías?” “¿Brigantes? Parece ser un rincón oscuro. Tan apartada.” Él hizo una mueca. “¡Sí que estás buscando aventuras! ¿No has tenido suficiente excitación estas últimas semanas?” “Pero no me dejas absolutamente nada.” Ya se conseguiría ella de que él la necesitara. “Estás tramando algo, hermanita.” Mantuvo la cabeza inclinada, examinandola atentamente; esta vez no sonreía. Que se guise. “Aún tengo algo que hacer. Madre me espera.” Él se apoyó el dedo en los labios. “No le digas nada de Stefania.” Mirella se quedó parada en la puerta. “Se alegraría. Y podría ser tu aliada.” Por un instante pareció que él no la hubiera escuchado; su mirada se dirigía hacia alguna parte, a las nubes, que no había en el techo de su habitación. “Ahora no. Cuando hayamos dejado atrás todo esto.” Entonces ella se acercó otra vez a él y volvió a sentarse. “¿No será entonces más difícil?” “¿Qué quieres decir con eso?” Ella se retorció. “Stefania me dijo que vosotros contáis con mis nupcias. ¿Pero seguirá teniendo alguna importancia cuando yo esté en Madrid y Don Rodrigo ya no sea virrey?” “Entonces habrá algún otro. Felipe no necesita ser el sobrino del virrey.” ¿Y si la boda ya no pudiera concretarse? No; mejor que no lo intranquilizara con tales pensamientos. “¿Cómo sabía Fabrizio a quién debía entregarle la carta? ¿Ya había estado otras veces allí?” “Por Dios, sí que estás curiosa hoy.” Dario sonaba verdaderamente enfadado. Averiguaría ella sola, entonces, qué tenía de particular esta trattoria. “Si no te gusta, no me pidas que te haga favores.” “Le hice el encargo a Fabrizio, no a ti.” En la puerta, se dio vuelta una vez más. “Y tampoco era justo que no me pudieras enviarme allí. Es una casa completamente normal, al lado de una posada completamente ordinaria.” *** A la mañana siguiente Mirella se hizo llevar por Fabrizio otra vez al Pizzofalcone. Inusualmente mucha gente se había reunido en la calle, enredada en acaloradas conversaciones. Dado que también Salerno se había levantado, incluso la prédica de un cardenal perdía ostensiblemente toda influencia. Cuanto más se acercaban al centro, más transeúntes parecían dirigirse hacia el mismo lugar. Poco después sonaron dos disparos. Sobresaltada, Mirella hizo detener a Fabrizio; pero como no siguió ningún otro, quizás fuera seguro continuar. Pese a ello, él se desvió del camino e hizo una gran vuelta por la piazza del Mercato. En el Pizzofalcone, en cambio, reinaba la tranquilidad. Dos veces debió Fabrizio hacer un rodeo, porque carruajes con arena y piedra de toba fueron descargados en los estrechos callejones y les bloqueaban el paso. Aun en estos barrios alejados las casas se sobreedificaba, porque dentro de los muros de la ciudad ya no había terrenos disponibles. Mirella se bajó delante del Gallo bianco. El sol se reflejaba ahora en los vidrios de la posada y le impedían ver el interior. Bajó lentamente el picaporte. Pero la puerta estaba cerrada con llave. Enfrente chirrió una ventana. Sin pensarlo dos veces, cruzó la calle y golpeó allí. Después de un rato se abrió la ventana y una anciana sin dientes la miró desde arriba. “¿Qué hay?” “Disculpe, pero... ¿A qué hora abre el Gallo bianco?” “¿Qué quiere la señorita ahí?” La anciana se alisó el delgado cabello hacia atrás. Entrecerró los ojos y señaló a Fabrizio. “¿No estuvo aquí ya ayer?” Mirella sintió que la habían descubierto. Se afirmó; pues se dio cuenta entonces de que podía aprovechar la oportunidad. Si lograba parecer suficientemente inocente, seguramente obtendría bastantes respuestas. “Pero me he olvidado algo y por eso...” Como sin quererlo, dejó de hablar y bajó la vista aparentemente avergonzada al suelo. “A veces soy un poco despistada.” “Pero no se preocupe, niña.” De pronto sonaba la anciana mucho más amigable. “El posadero vive a la izquierda. Vaya y golpee allí.” Se estiró fuera de la ventana. “A esta hora generalmente ya está despierto. Creo que en un día como este...” Así que el Gallo bianco y la casa vecina eran de hecho la misma propiedad. Seguramente habría una puerta que conectara las dos casas. Antes de que la anciana la ahogara en su mar de palabras, Mirella se despidió rápidamente con una cortés reverencia. Se recogió las faldas y salió corriendo con paso danzante. “Fabrizio, ¿a quién le diste ayer la carta de Dario?” Fabrizio pareció irritado. “¿He hecho algo mal? El signore dijo que estaba bien; que él la entregaría.” “Pero estuviste efectivamente en la casa.” Él asintió “Seguro. ¿Acaso debía darle la carta al niño que me abrió la puerta?” “No. Todo estuvo correcto.” “¿Qué hacemos aquí entonces?” “Dario espera una respuesta”, se le ocurrió contestar. “Pero en verdad no queremos demorarnos mucho tiempo. Así que si supieras por quién debo preguntar...” Fabrizio balanceó consintiendo la cabeza. “Pregunte si el hidalgo ha dejado algún mensaje.” “¿El hidalgo?” Hubiera pensado que él estaría mejor informado. El celo de Fabrizio aumentó. “¿No lo ha visto ella misma?” ¡El chivo! Mirella se dirigió a la casa del posadero y tiró de la campana. Aquí estaba todo tan calmo – ¿se habrían ido todos a la plaza? Al final había algo más importante que aprender allí. Finalmente se abrió la puerta. Una mujer con un vestido descolorido de burdo tejido de cáñamo la miraba con cara hosca. “¿La signorina nos busca a nosotros?” “Mi hermano hizo entregar ayer aquí una carta y debo preguntar si hay alguna respuesta.” “No sé de ninguna carta.” Se volteó y gritó hacía el pasillo: “¡Giacomo! ¿Giacomo, te entregaron ayer una carta?” En alguna parte se arrastró un mueble sobre el piso de piedra. Luego crujió algo y un pájaro chilló. Al final del pasillo salió por una puerta un hombre con barba de días en las mejillas y una perilla en el mentón. Aquí reinaban las cabras, se le vino a la cabeza a Mirella. Se llevó rápidamente la mano a la boca para ocultar la risa. “¡No recibí ninguna carta!” Bostezó sin miramientos, mientras se arrastraba por el corredor. Sus dientes estaban cubiertos de manchas oscuras y le faltaba un colmillo. “Scandore. – Nuestro cochero ha entregado aquí ayer una carta. Para el hidalgo, que era su invitado.” “De eso no sé nada.” Mirella intentó ocultar su impaciencia con una sonrisa forzada. “¿Ha regresado?” “¿Quién?” “El hidalgo. Se marchó poco después de eso.” El posadero se acercó, atándose los pantalones mientras caminaba. “¿Cuándo se supone que ocurrió todo esto?” “Después del mediodía.” Mirella se balanceaba de un pie al otro. ¿Era el hombre tan tonto o no quería desembuchar lo que sabía? “Por favor, es importante. Mi hermano espera una respuesta.” “A la tarde estuve en la posada. “Justamente.” Aspiró profundamente. “Y el duca de Maddaloni estuvo a la tarde con él.” Él abrió los ojos de par en par cuando ella pronunció el nombre. Pero solo por un segundo; luego pareció tan adormecido como antes. “El duque ha honrado mi modesta trattoria, como de costumbre, cuando se encuentra con su gente.” Eso ya sonaba más amable. “Pero, pese a ello, no sé nada de una carta.” Se levantó de un tirón los pantalones. “¿Está segura de que el duque ha recibido la carta?” “¿Quién si no él?” “Le preguntaré cuando vuelva.” Al menos ahora había terminado con las contrapreguntas; quizás sí le contaría algo después de todo. Eso que Dario le callaba. “¿Cuándo?” Giacomo la miró de arriba abajo mientras cavilaba, hasta que su mujer le dio un empujón en el costado. Ojalá la anciana la tomara por una niña inocente; si no, le lavaría la cabeza ni bien ella se fuera y adiós a la ayuda de él. Tales hombres estaban siempre bajo el pulgar, ya sea de su misma esposa o de su suegra.
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