“Vuelva mañana al atardecer, entonces podré darle la respuesta del duque. Siempre y cuando tenga una para su hermano.” Se escarbó la nariz y observó luego la crosta de moco entre los dedos. “Pero una chica joven como ella debería quedarse en su casa al atardecer. ¿Por qué no viene él en persona?”
Ella levantó la cabeza. “Lo considera demasiado sospechoso.”
Por su rostro pasó el asomo de una sonrisa. “Hombre precavido, su hermano.” Avanzó otro paso y miró afuera. “Pero entonces debería también ella ser más precavida y no venir con un coche que cualquiera podría reconocer.”
Mirella asintió. “A lo mejor tenga razón. Mañana a la tarde haré el último tramo a pie. En este callejón seguramente viven solo personas honradas.” Como él, se contuvo de agregar.
***
Cuando regresaban, al principio las calles estaban vacías. Poco antes de la piazza del Mercato, sin embargo, el coche fue detenido por un hombre con una alabarda.
“¡No puede seguir adelante, signorina!”
“¿Y por qué no?”
“En la piazza hay un tribunal. Regrese.”
En estos días todo lo que pasaba en la ciudad podía ser importante. Las campanas de la Santa Maria del Carmine recién habían dado la onceava hora; tiempo suficiente para llegar a casa a almorzar puntualmente.
Mirella se bajó en el callejón junto a la iglesia de Sant'Eligio Maggiore. Le tocó el hombro a un anciano. “¿Qué está sucediendo?”
“Los tejedores de seda exigen la quita de impuestos.”
“¿Y? ¿Obtienen lo que piden?”
“El virrey les quita a algunos los impuestos y en su lugar se los levanta a otros. O inventa nuevos.” Sacudió la cabeza. “Eso no se hace.
Se abrió paso entre la muchedumbre en dirección a la piazza. Mirella lo siguió veloz, antes de que se cerrara de vuelta el camino frente a ella. Cosechó algunas miradas de desconfianza: con su fino brocado, llamaba la atención. En el aplastamiento a la piazza perdió a su guía y ya no pudo avanzar; nadie quería hacerle espacio. Pero la gente que presionaba detrás de ella, la empujaba con codazos y pisotones hacía adelante. Uno incluso la agarró del talle, como si con eso la hiciera más delgada. Ahora ya no podía regresar; tenía que confiar en que para muchos la comida era más importante que el espectáculo.
Desde los días de Masaniello había un podio junto a la fuente del Delfín en la piazza. Desde ahí graznaba el viejo Genoino con los brazos extendidos hacia la gente abajo. Pero su voz ronca no era rival para los gritos de esta.
Un hombre joven, que llevaba la gorra roja de los pescadores le saltó encima. Tomó el brazo de Genoino e intentó bajarlo.
“¡A casa! ¡Vete a casa!”, farfullaban algunos alrededor de Mirella.
Ella se sobresaltó, pero obviamente no lo decían por ella, sino por los que estaban en el podio. O uno de los dos.
Un tercer hombre subió de un salto. Se puso en la orilla y sacó una pistola de su fajín. Un disparo en el aire; la gente enmudeció.
“No nos dejemos engañar más.” El hombre estiró sus manos hacia las personas. “Trabajamos siete días a la semana desde que sale el sol hasta que se pone; y aun así no alcanza para alimentar a nuestras familias. ¡Terminemos con esto!”
Bramaron asentimiento; muchos agitaron garrotes o hachas y alguno también un arma de fuego.
“¡Pero apenas sería mejor sin la gabela! Debemos impedir que los precios se sigan hundiendo.”
“¿Cómo pretendes lograrlo?” Genoino detrás de él había recobrado su voz.
El hombre se dio vuelta hacia él. “Ya lo verás.” Agitó los brazos y señaló al puerto. “¡Vengan!” Luego bajó de un saltó y desapareció entre la multitud.
Más y más personas abandonaban la piazza. Mirella fue empujada a un lado. La mayoría parecía querer pasar justamente a través de ella. Por fin logró llegar al portal de la basílica y se detuvo en su amparo.
Entonces emergió frente a ella el hombre que había exhortado a la gente a acompañarlo. Por un momento se cruzaron sus miradas; él le sonrió desafiante. ¿La conocía?
Mirella entró a la iglesia y salió por una puerta lateral. También en el callejón en el que aguardaba el coche se apiñaban hombres indignados. Les sería dificil alejarse.
Fabrizio sostenía los caballos por el bocado con firmeza y les hablaba para tranquilizarlos. Su mirada se iluminó cuando la vio. “Estaba preocupado, signorina. Vayámonos de aquí, antes de que alguien la reconozca.” Abrió la puerta del coche y estiró su mano hacia ella.
Ella sonrió. “A lo mejor uno me reconoció.”
Fabrizio la miró sobresaltado.
“¿Qué hay de malo en eso?”
“Ella es la hija de Scandore.” Por supuesto, había llamado la atención; pero no se le hacía nada a una muchacha joven. En retrospectiva, podía mofarse de las miradas torcidas.
Subió al coche, mientras él vigilaba atento alrededor. “¿No ha comprendido lo que pretendían?”
“Pues sí. Quieren más dinero para sus familias.”
Él sacudió la cabeza. “Quieren sacarse de los hombros a la competencia.” Antes de que ella pudiera preguntar qué había querido decir con eso, saltó al pescante. Cuando hubieron dejado atrás a la turba, Fabrizio apuró el coche por los callejones a una velocidad que Mirella nunca había experimentado. Frenó tan abruptamente delante de la casa que los caballos relincharon enojados. Bajó de un saltó y corrió las escalones arriba hacia la entrada. Allí literalmente se arrojó contra la puerta en vez de golpear debidamente.
Cuando desapareció dentro de la casa, Mirella se recogió sus faldas y bajó sola del coche.
Dario pasó volando delante de ella, seguido de Fabrizio. Luego vino también Enzo.
“Quédese en casa, padre. Yo me encargaré.” Dario se metió en el coche y Fabrizio salió a toda prisa, antes de que Enzo pudiera terminar de bajar los escalones.
“¡Padre!”
Él se volvió hacia ella. “¡Dile a Gina que no es necesario que nos espere con la comida!”
“Pero, ¿qué está sucediendo?”
“Haz lo que te digo.”
Inmediatamente después estaba Enzo en el patio y llamó a todos los sirvientes. Los dos jardineros, los mozos de cuadra y el viejo valet tomaron cada uno un cubo y salieron corriendo. Enzo ensilló él mismo su caballo y los siguió.
Gina los observaba a través de la puerta de la cocina y tironeaba del repasador que sostenía entre los dedos. “No van a solucionar nada. ¡Llegan demasiado tarde!”
“Pero ¿qué es lo que sucede?”
Gina la miró desconcertada. “¡Tú misma estuviste ahí! ¿Es que no lo has comprendido?”
“Pero...” Mirella vio al hombre de la piazza ante sí y ahora lo ubicó: lo había visto en la oficina; era uno de los proveedores de Enzo. Una vez en carnaval le había traído unas chiacchiere que había horneado su mujer.
Gina picaba con un rostro tan severo las cebollas que parecía querer matarlas a cuchillazos. En sus ojos había lágrimas. Se limpió la mano en el delantal y luego con el delantal, el rostro. “¡Madonna, que son picantes las cebollas!”
Mirella la miraba recelosa. “Deja que yo lo haga.”
“Eso no es apropiado.”
Mirella le quitó el cuchillo.
Gina sollozaba, mientras Mirella tomaba para sí la tabla de picar. “Te estropearás el vestido.”
Ella se miró instintivamente. “Pero si es solo...” Tela florentina. ¡A eso se refería Fabrizio con la competencia!
Miró a Gina horrorizada. “¡Los tejedores de seda incendiarán nuestro depósito!” Dio un salto. “Debemos ayudar a los hombres a extinguirlo.”
Gina sollozaba más fuerte. “¡Quédate aquí! ¡Es peligroso!”
“¡Precisamente!” Mirella tomó el cubo que estaba bajo la pileta. Por un momento, dudó; luego tomó la salida por el patio, para no toparse con Rita. A lo mejor, la madre podría querer detenerla.
Con el cubo en la mano corrió por la calle. El vidriero de enfrente, Antonio Varese, ponía en marcha en ese mismo momento su coche por la calle. Mientras el cochero le sostenía la puerta, Mirella intentó pasarlos corriendo.
“¡Despacio!” Varese la atrapó por uno de los volados del vestido.
Mirella le quitó la mano. “¡Déjeme!”
“¡Suba, llevamos el mismo camino!” Estiró la mano para tomar el cubo.
En el coche estaban sentados tres de los sirvientes de Varese, con cubos sobre el regazo o entre los pies. Mirella se subió y Varese se apretujó a su lado.
“Me temo ante todo que lleguemos demasiado tarde. ¿Por qué no nos pidió su padre ayuda inmediatamente?”
Las calles estaban todavía llenas de personas. Se demoraron bastante, hasta que llegaron al muelle en el que estaba el depósito. El olor del humo le subía a Mirella por la nariz. Los rostros de los sirvientes se tornaron ásperos, porfiados.
Metal chocaba con metal; hombres rugían. Luego un grito prolongado le envió un estremecimiento helado por la espalda.
Varese hizo a un lado la cortina y echó un vistazo afuera. “¡Quédese aquí, signorina!”
“Pero...”
“No discuta. Su hermano me mataría si le sucediera algo.”
Se bajó antes de que el coche se hubiera detenido completamente e hizo una seña al cochero. “Cesare, ocúpate de que la signorina permanezca aquí.” Los otros hombres lo siguieron.
Mirella se levantó.
“Signorina, por favor.”
Le regaló a Cesare una sonrisa. Él era apenas mayor que ella; debía poder embelesarlo. “¡Pero si puede dejarme bajar! Me gustaría ver lo que está pasando allí.”
La expresión de Cesare permaneció dura. “Pues mire por la ventana.” Apoyó la mano sobre el picaporte.
“¿No quisiera también ayudar?”
Él asintió. “Ella me lo ha impedido.”
Mirella bajó por un momento los ojos como avergonzada y hundió la voz. “Lo lamento.” Levantó otra vez la mirada. “Pero vaya. Tome su cubo y ayude. A mí no me ocurrirá nada.”
Él levantó de hecho el cubo; pero luego afirmó ambas manos sobre el asa y pegó los brazos firmemente al cuerpo. Le respondió sin mirarla. “Le obedezco al padrone.”
Mirella apoyó los codos en el marco de la ventana y estiró la cabeza hacia afuera.
Frente a los depósitos al final del embarcadero, cuchillos y sables relampagueaban al resplandor del fuego. ¿Dónde estaban Dario y Enzo?
Empuñó el picaporte, pero Cesare lo sostenía firme desde afuera. Rápida como un rayo, se inclinó hacia afuera y lo mordió en el brazo desnudo. Asustado, se echó hacia atrás y soltó; ella abrió la portezuela de par en par y lo golpeó en la cabeza. Él se tambaleó y ella saltó afuera.
Pero cuando se enderezó, él ya estaba a su lado y la atrapó. “¡Se queda aquí!” La apretó fuerte contra sí, rodeándola con ambos brazos. Ella lo pisó y pataleó, pero no sirvió de nada. Él era más fuerte, la levantó en el aire y la obligó a volver al coche.
Sus cabezas entrechocaron. En sus ojos hubo un centelleo – y luego la besó. Al principio mantuvo su boca fuerte en la de ella, luego sus labios se volvieron suaves y blandos como si fueran de terciopelo.
La soltó abruptamente. “Perdóneme, signorina, si es que puede. Olvidé mi posición.”
Ella lo miraba fijamente, con la boca entreabierta. Ahora debía darle una cachetada.
Lentamente levantó la mano. Luego se llevó la punta de los dedos a los labios y siguió mirándolo fijamente.
Una luz aún brillaba en los ojos de Cesare y no era el reflejo del fuego.
Mirella jadeaba. “Suceden muchas cosas inapropiadas en estos días.”
Su mirada resbaló hacía los depósitos. Los hombres parecían haber entrado en razón y habían terminado los encuentros. Formaban cadenas y empezaban a pasarse los cubos para apagar el fuego. Ya no luchaban por el depósito de los Scandore, sino que intentaban impedir que el fuego se extendiera a los edificios colindantes.
“Ambos deberíamos ayudar. Ya no están luchando.”
Cesare se dio vuelta hacia el fuego. Luego asintió. “Nos pararemos en el extremo de la cadena de agua.”
Aliviada, Mirella se dejó ayudar por él a bajar del coche. Otra vez estaban bien cerca. De su cabello se desprendía un perfume dulce que por un momento sobrepasó el olor del humo que soplaba hacia ellos. ¿Felipe también la besaría así?
Tomaron sus cubos y corrieron hacia los ayudantes al muro del muelle.