Mirella buscaba una y otra vez con la mirada alrededor mientras hacía pasar cubo tras cubo, que Cesare y otro hombre llenaban en el mar. Pero no veía ni a Varese ni a Dario ni a Enzo. Entonces hubo un ruido sordo, como una explosión. Cesare empujó a Mirella al suelo y se arrojó sobre ella. La fachada ardiente del depósito se derrumbó hacia adelante; un dardo de llama crepitó fuertemente y se elevó. Una ola de calor le pasó por arriba. Cuando Cesare rodó a un lado y la ayudó a levantarse, le ardían las rodillas. Pero tuvo pudor de levantarse la falda para mirarlas. “Es más peligroso de lo que pensé. La llevaré de vuelta al coche.” Esta vez ella no objetó nada; ya estaba todo perdido. Le dio la mano y se esforzó para no cojear mientras se acercaba a él. Él no debía reprocharse nada. Sin

