Miércoles, 2 de octubre de 1647 Mirella estaba sentada con Enzo en el sótano, que él seguía usando aún como sustituto de la oficina. Frente a ella estaba un libro de cuentas, en el que iba anotando lo que él le dictaba a partir de los viejos documentos, chamuscados e hinchados. Era un trabajo penoso, que parecía no tener fin. Enzo sostenía un libro en la mano cuyos bordes en parte se combaban. Con cuidado, dio vuelta a la siguiente página, pese a ello se soltó un pequeño trozo de papel quemado. “Entrega: cien perche de brocado carmesí. Destinatario: sastrería Matteo Ri...” Arrugó la frente. “Podría haber sido ‛Rivera’.” Sostuvo la página contra la luz, como si eso la hiciera más legible. Mirella hundió la pluma en el tintero y se puso a escribir; luego volvió el libro dos páginas atrás.

