CAPÍTULO 2: LA CENA

1428 Words
El aroma a romero y tierra mojada del jardín de la mansión Quiroga-Mendoza era el bálsamo perfecto después del agotador vapor antiséptico de la clínica. Para Alma, cruzar el umbral de la casa familiar era como quitarse una pesada armadura. Aquí, las batallas se libraban con miradas y palabras susurradas, no con bisturíes y protocolos. Sin embargo, esta noche, la armadura no se podía quitar del todo. Llegó directamente desde la UCI, con la fatiga pegada a los huesos y la adrenalina del altercado con Fabianna aún correteando por sus venas. Se había cambiado apresuradamente en su consultorio, pero nada podía ocultar el cansancio en sus ojos. —Alma, cariño —la voz de Laura, su madre, la envolvió antes de que pudiera cerrar la puerta. Laura se acercó, llevando aún el aroma tenue del desinfectante de la clínica en su ropa casual. Su mirada, aguda y siempre comprensiva, escudriñó el rostro de su hija—. ¿Todo bien? Fue una cirugía intensa. Y luego lo de la guardia... —Todo está bien, mamá —respondió Alma, besando su mejilla—. Solo un día largo. Laura no necesitó más. Apretó su mano brevemente, un gesto de solidaridad silenciosa entre dos mujeres que entendían la presión de aquel mundo. —Bueno, dentro te espera una jauría hambrienta. Valeria ha supervisado personalmente el cordero —dijo con una sonrisa cómplice, guiándola hacia el salón. La mansión era un remolino de vida y calor. Las risas de los primos menores se mezclaban con el murmullo de las conversaciones de los adultos y el leve choque de las copas. Antonio, su padre, estaba en su elemento junto a la chimenea, escuchando con una sonrisa a Álvaro Rojas, quien, con entusiasmo, diseccionaba en el aire algún punto de un artículo de cirugía cardiovascular. Marianna León, la esposa de Álvaro, observaba a su marido con una sonrisa de tolerancia amorosa, arreglándole el cuello de la camisa con un gesto cariñoso. En el centro de todo, como los pilares inquebrantables que eran, estaban Valeria y Marco. Ella, con una elegancia serena, distribuía instrucciones para la cena con la misma eficacia con la que dirigía un quirófano. Él, con una mano apoyada en el respaldo de su silla, observaba el ajetreo con una calma profunda, su mirada encontrando la de Valeria en pequeños intervalos, un intercambio silencioso que bastaba para coordinar toda la logística familiar. Su sola presencia calmaba la atmósfera, recordatorio vivo del legado de amor y estabilidad que habían construido. La paz de Alma duró poco. La puerta se abrió de nuevo y Fabianna entró. Llegaba directamente de hospitalización, y se veía impecable. Llevaba un vestido sencillo pero elegante, su cabello perfectamente recogido, y una sonrisa tensa pero profesional pegada a los labios. No había rastro de la fatiga de una guardia de doce horas, solo una determinación fría. Su mirada barrió la sala y se posó en Alma por una fracción de segundo antes de desviarse, buscando y encontrando a Mateo, que salía de la biblioteca. Alma contuvo el aliento. Lo vio acercarse a su esposa, ponerle una mano en la espalda en un gesto que pretendía ser casual y darle un beso rápido en la mejilla. Fabianna lo amaba. O, al menos, amaba el lugar que él representaba. Y él, a su manera, también la amaba. Alma vio la manera en que su mano se posó un momento sobre la de ella, un gesto pequeño, íntimo, de complicidad conyugal que le partió el corazón en dos. Era su esposa. La mujer con la que había elegido compartir su vida. El dolor fue tan agudo y repentino que Alma tuvo que desviar la mirada. —Oye, UCI, ¿sobreviviste? —La voz burlona de Lucía la salvó de ahogarse en sus pensamientos. Su prima se había sentado a la mesa frente a ella, ya con un vaso de vino en la mano. A su lado, Santiago la miraba con expresión impasible. —Apenas—respondió Alma, agradeciendo la distracción—. Tu paciente del 304 sigue estable, por si te interesa. —Me interesa más saber por qué le prohibiste a mi residente ajustar la dopamina—replicó Lucía, lanzando la bomba con una sonrisa pícara. Santiago no se inmutó.—Es cierto.Tu residente confundió microgramos con miligramos. Le salvé la vida. De nada, Emergencias. —Fue un error de trascripción en la hoja—replicó ella, pero una sonrisa jugueteaba en sus labios—. Pero admito que es lindo verte protegiendo a tus pacientes de los brutos de Urgencias. —Solo de los brutosinexpertos —aclaró él, y sus miradas se enredaron en un duelo de complicidad y desafío tan intenso que casi se podían oír chispas. En otro lado de la mesa, Luciano contaba una historia animada que hacía reír a su madre, Valeria. Pero su mirada, sin embargo, vagaba. Se posó en Renata, que entraba tímidamente a la sala con un mantel limpio para ayudar a Laura. Luciano se calló en seco, observándola mientras se mordía el labio, concentrada en no tropezar. Siempre la había visto como la niñita más chica de todos, la que había que proteger. Pero algo había cambiado. Ahora veía a la mujer en la que se había convertido, y la mezcla de protector instinto y un deseo que no sabía cómo nombrar lo dejaba paralizado. Renata sintió el peso de su mirada, alzó la vista y se sonrojó intensamente, casi dejando caer el mantel. Luciano desvió bruscamente la mirada, fingiendo un interés repentino en el centro de mesa. Sofía, la más joven, estaba en su mundo. Sentada al final de la mesa, lejos del bullicio, dibujaba discretamente en una servilleta el contorno de un corazón anatómico, perfectamente detallado, pero con arterias que se convertían en enredaderas de flores salvajes. A sus 24 años, a meses de graduarse, el título de médico le pesaba como una losa. Cada trazo del lápiz era un grito silencioso de su verdadera pasión, que reclamaba su lugar a gritos. La cena transcurrió entre platos exquisitos, risas genuinas y debates médicos que se mezclaban con chismes familiares. Alma participaba, reía en los momentos adecuados, pero sentía el peso de la mirada de Fabianna sobre ella, constante como un escalpelo, y el dolor sordo de ver a Mateo tan cerca y tan lejos. Fue cuando los postres estaban casi terminados cuando Marco, el patriarca, alzó su copa de vino tinto. El leve tintineo del cristal silenció las conversaciones de inmediato. Todos los ojos se volvieron hacia él, hacia el hombre que, junto a Valeria, era el corazón de la familia. —Querida familia —comenzó, su voz serena pero llena de una autoridad natural—. Es un honor ver cómo este legado, forjado a fuego y sutura, late en cada uno de ustedes. No por obligación, sino por elección y convicción. —Su mirada, llena de amor y orgullo, recorrió la mesa, posándose en su esposa, en su hermano Antonio, en su cuñada Laura, en sus hijos, sobrinos, en cada alma que formaba aquel clan—. El futuro no se hereda, se conquista. Con dedicación. Con talento. —Hizo una pausa, cargando el ambiente de una expectación palpable—. Por eso quiero brindar. —Alzó un poco más la copa, dirigiéndose directamente a Mateo, Fabianna y Alma—. Brindo por ustedes. Por nuestro futuro. Y por la competencia que lo fortalecerá. Porque en cuatro meses, uno de los tres cirujanos de nuestro nombre ocupará la plaza disponible como Cirujano Cardiovascular Asociado titular. Que gane el mejor. El silencio fue absoluto. El peso de las palabras de Marco se aplastó sobre la mesa como una losa. No era una oportunidad; era una prueba de fuego. La única plaza titular para la nueva generación. Alma contuvo la respiración. Al otro lado de la mesa, Fabianna sonrió, una sonrisa amplia y triunfal que no llegó a sus ojos, una máscara de ambición pura. Levantó su copa hacia Marco en un gesto de gratitud y absoluta seguridad. Luego, giró ligeramente la cabeza y su mirada se encontró con la de Alma. No había ambigüedad, ni disimulo. Solo un mensaje claro, frío y desafiante, tan cortante como lo había sido su tono en el quirófano. La partida ha comenzado. Y yo voy a ganar. Mateo, a su lado, bajó la mirada hacia su copa, su expresión un pozo de conflicto entre la lealtad a su esposa, la ambición profesional y la inquietud que la presencia de Alma siempre sembraba en él. La cena había terminado. El juego verdadero, apenas comenzaba.
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