CAPITULO 3:LA PRIMERA JUGADA

1320 Words
La luz fría del monitor de signos vitales iluminaba el rostro sereno de Sebastián. Alma terminó de anotar sus observaciones en la tableta, una sensación de alivio calmando por fin los nervios de las largas doce horas de vigilancia en la UCI. El hombre estaba estable. Su corazón latía con fuerza, un milagro que ella había ayudado a preservar. —Todo en orden, Dra. Ruiz —dijo una enfermera al pasar—. Puede irse tranquila a descansar. Alma le devolvió la sonrisa, aunque "tranquilidad" era lo último que sentía. La cena de la noche anterior aún resonaba en ella, con la mirada desafiante de Fabianna y el peso del anuncio de su tío Marco. Revisó su agenda. Tenía una cirugía programada en tres horas: una valvuloplastia. Un procedimiento complejo, pero dentro de sus capacidades. Perfecto, pensó. Necesito sumergirme en el trabajo. Se dirigió a la sala de residentes para repasar los estudios de su paciente antes de intentar dormir un poco. Al abrir la puerta, se encontró con Fabianna saliendo. El aire se volvió gélido de inmediato. —Ruiz —saludó Fabianna con una frialdad cortante, sin detenerse. —Ventura—asintió Alma, intentando pasar de largo. Fabianna se giró ligeramente. —Ah, por cierto. La jefa de enfermerías de quirófano me pidió que te avisara. Reasignaron al equipo de perfusionistas senior a la cirugía de derivación del Dr. Quiroga. Una urgencia de último momento. Para tu valvuloplastia quedó el equipo de residentes. —Dio la noticia con una neutralidad perfecta, pero un destello de triunfo cruzándole la mirada—. Dice que no te preocupes, que son bastante competentes y que el Dr. Méndez estará supervisándolos remotamente desde el quirófano de Quiroga si surge algo. Alma sintió un pinchazo de inquietud. Era extraño, pero no sin precedentes. Los perfusionistas senior a veces supervisaban remoto cuando había confianza en los residentes. Asintió con reticencia. —Está bien. Gracias por avisar. Antes de que Alma pudiera cuestionar más, Fabianna ya se alejaba por el pasillo, sus tacones repiqueteando sobre el piso como una sentencia. Alma se sentó frente a la computadora y se sumergió en los estudios de su paciente. La fatiga era profunda, pero la concentración la mantuvo alerta. Cuando terminó, se fue a su consultorio, se recostó sobre el pequeño sofá y cayó en un sueño pesado. El sonido estridente de su teléfono la despertó de un salto. Había dormido apenas una hora. —¿Dra. Ruiz? —la voz de la jefa de enfermeras de quirófano sonaba tensa—. Disculpe que la moleste. ¿Podría pasar por el quirófano tres? Es para la valvuloplastia. —Sí, claro. ¿Pasa algo? —preguntó Alma, aún aturdida. —Es el equipo de perfusionistas… son los residentes. El Dr. Méndez no ha podido venir a supervisar porque la cirugía de Quiroga se complicó y requiere toda su atención. Los residentes se ven un poco… nerviosos. Y el paciente ya está sedado. Preferiría que usted estuviera aquí para supervisar personalmente. El pinchazo de inquietud regresó, convertido en una puñalada de puro pánico. Colgó y corrió hacia los vestuarios. Su mente no paraba. ¿Residentes? ¿Nerviosos? Fabianna había dicho "bastante competentes" con supervisión remota. Se vistió a toda velocidad, sus manos temblorosas apenas podían atar la bata. Al entrar al quirófano, la escena confirmó sus peores temores. El paciente, un señor mayor, ya estaba intubado y bajo anestesia general. Antonio, su padre, estaba en su puesto, pero su ceño estaba fruncido mientras observaba las pantallas de la máquina de circulación extracorpórea. Dos residentes jóvenes, pálidos y sudorosos, se movían alrededor de la máquina de bypass con la torpeza de la inexperiencia. Uno de ellos miraba fijamente un manual de procedimientos en una tableta. —¿Qué está pasando? —preguntó Alma, intentando que su voz sonara calmada. —Dra. Ruiz —dijo uno de los residentes, con voz quebrada—. La presión de la línea arterial no se mantiene estable. No… no estamos seguros de por qué. Intentamos contactar al Dr. Méndez, pero no responde. Está muy ocupado en la otra cirugía. Antonio intervino, su voz grave era un cable a tierra. —Alma, cuando comencé la anestesia, el Dr. Méndez estaba supuesto a estar supervisando desde la consola remota. Pero justo después de que el paciente fue intubado, recibieron una llamada de que la cirugía de Mateo tenía una hemorragia masiva. Méndez tuvo que dejar todo para ocuparse de eso. —¿Una hemorragia? —preguntó Alma, el pánico creciendo—. ¿En una cirugía electiva? ¿Cómo? —Un error en el conteo de compresas —explicó Antonio, su voz cargada de frustración—. El instrumentista novato que apoyaba a Laura hoy se descompensó por un mareo. En el trajín de atenderlo, hubo confusión. Laura pidió reconfirmar el conteo, pero para entonces el sangrado era evidente y necesitaban a Méndez para manejar la máquina de bypass en modo de recuperación de sangre. Fue un caos de segundos. El dato del instrumentista novato sonó en los oídos de Alma como una campana. Fabianna. Ella conocía a todo el personal. Sabía quién era inseguro, quién era propenso a los nervios. ¿Un comentario casual en el momento justo para desestabilizar a un m*****o clave del equipo? Era justo el tipo de jugada sucia, imposible de probar, que Fabianna haría. Era la jugada de alguien que conocía cada grieta del sistema desde dentro, porque había tenido que escalar desde el fondo. —¿Dónde está el equipo de respaldo? —preguntó Alma, conteniendo el pánico. —En la otra cirugía. —respondió Antonio—. Todos los perfusionistas certificados están ocupados. He llamado a todos, pero nadie puede venir. Alma se acercó a la máquina. Los números bailaban de forma peligrosa. Si no se estabilizaban, el paciente podría sufrir una embolia, un daño cerebral… la muerte. No podía empezar la cirugía. —No podemos comenzar —declaró, y su voz sonó extrañadamente calmada—. Necesitamos un perfusionista experto. Ahora. —No hay ninguno disponible en toda la clínica —dijo la jefa de enfermeras, con desesperación—. Todos están en procedimientos. El pánico, frío y absoluto, empezó a trepar por la espalda de Alma. El paciente estaba anestesiado, abierto sobre la mesa, su corazón esperando una intervención que no podían realizar. Cada segundo que pasaba era un riesgo mayor. Sangre. Estaban jugando con la vida de un hombre. Sudor. El de los residentes, frío y pegajoso, y el suyo propio, brotando en su frente bajo el gorro. Lágrimas. Las de la familia de ese señor si no lograba salvarlo. Fabianna no solo quería humillarla; quería destruirla. Y lo estaba logrando. Pero Alma no se rendiría. No por ella, sino por el paciente que dependía de ella. —¡Consigan a alguien! —ordenó, y esta vez el temblor en su voz fue evidente—. ¡Llamen a otra clínica! ¡A un hospital! ¡Lo que sea! Mientras la enfermera corría a hacer llamadas, Alma se quedó mirando al paciente. Su vida, su legado, su futuro… todo pendía de un hilo porque Fabianna había manipulado las piezas desde las sombras. De pronto, una idea desesperada cruzó su mente. Una única posibilidad. Arriesgada. Pero la única. Una sola persona acudió a su mente. La única que nunca seguía las reglas, la única que sabía cómo moverse en las sombras de la clínica y fuera de ella. La única que, a pesar de sus peleas, siempre había estado ahí. —Papá —dijo, dirigiéndose a Antonio—. Manténlo estable. Yo… voy a solucionar esto. Sin esperar respuesta, salió corriendo del quirófano, con la bata aún abierta. Tenía que encontrar a Lucía. Su prima, la rebelde, la que conocía todos los atajos. El reloj corría en su contra. Alma corrió desesperadamente hacia el servicio de Urgencias, con solo una esperanza: que su prima pudiera hacer lo imposible.
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